Es francés, lo cautivó el Malbec argentino y ahora apuesta por otra cepa nacional
Con más de 30 años trabajando en Argentina, Hervé Fabre logró convertirse en uno de los mejores winemakers del mundo.
Hervé Fabre es uno de los enólogos más reconocidos del mundo y uno de los extranjeros pioneros en el Malbec argentino.
Marcos Garcia / MDZCuando hace más de tres décadas Hervé Fabre decidió que quería empezar a hacer vinos, Argentina y Mendoza no fueron su primera opción. Con un camino ya recorrido como comerciante vitivinícola, el sur de su Francia natal, España y Chile eran sus prioridades, sin embargo, en el medio se cruzó el Malbec, uno completamente distinto al que había probado y su destino cambió.
La sorpresa que le dio el varietal, sumado a la calidez de la gente, lo llevó a decidir instalarse en el país, más precisamente en Vistalba, donde de la mano de su socio y amigo Pierre Montmayou creó Fabre Montmayou, la primera bodega boutique y una de las pioneras en la producción del Malbec en la alta gama.
Hoy, con una sólida trayectoria que forjó de la mano de la cepa insignia de los argentinos, que incluso lo llevó a se reconocido en varias oportunidades como el mejor winemaker de vinos tintos del mundo, ha logrado extender su legado con el proyecto que resiste a la presión inmobiliaria en Vistalba y otros proyectos como Alta Yarí y otra bodega en Francia.
Durante su entrevista con MDZ Online, Fabre habló sobre su llegada al país, la evolución del Malbec y el presente de la industria, marcado por la caída global del consumo. Además, adelantó sobre sus más recientes proyectos y la gran apuesta por otro varietal muy identificado con Argentina: el Torrontés.
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-Están impulsando varios proyectos nuevos. Arranquemos por lo más reciente: el lanzamiento de su espumante.
-Sí, es un espumante. No es el primero que hacemos en Argentina, pero habíamos dejado de producir y ahora retomamos el proyecto. Lo vamos a presentar próximamente en Buenos Aires.
-¿Cómo es este vino?
-Es un corte clásico de Chardonnay y Pinot Noir. Como francés, es difícil escapar a ese estilo. Tiene mayoría de Chardonnay y un 40% de Pinot Noir, elaborado con método tradicional.
Vamos a hacer dos versiones: una con 18 meses sobre lías y otra que saldrá en un año y medio, con 36 meses. Es una experiencia: sabemos que vamos a ganar en calidad y complejidad, pero cuánto, todavía está por verse.
-También están trabajando fuerte con Malbec y Torrontés. ¿En qué están enfocados?
-Con Malbec, trabajamos en nuestra finca en Gualtallary. Es una propiedad muy grande que nos permite hacer microvinificaciones y probar cosas nuevas. Tener esa diversidad es muy interesante para experimentar.
Con el Torrontés, creo que estamos en una etapa similar a la que tuvo el Malbec en su momento. Es una variedad conocida, pero pocas bodegas han apostado por un Torrontés de alta gama. Empezamos hace tres o cuatro años y estamos muy contentos. Buscamos un estilo diferente, con mejor acidez y frescura, gracias a la altura. Es menos rentable, porque produce menos, pero es más interesante.
-Usted llegó en 1992 a Argentina, cuando el Malbec daba sus primeros pasos. Viniendo de Francia, ¿qué encontró y cómo vio su evolución?
-En ese momento, el Malbec en Francia no era muy reconocido. Es una variedad que se adapta mejor a climas continentales que oceánicos. Por eso me sorprendió mucho lo que encontré en Argentina. Fue un descubrimiento importante para mí.
-Y eso lo llevó a instalarse en el país…
-Sí, junto a un amigo de infancia decidimos crear una bodega en Vistalba.
-¿Cómo fue su camino hasta convertirse en enólogo?
-Mi primera actividad era como negociante de vinos en Burdeos, siempre con el complejo de no tener viñedos. En Burdeos es difícil encontrar un viñedo de alta calidad, porque son carísimos. Así que empecé a buscar alternativas en otras regiones: el sur de Francia, España, Chile. Pero Argentina me convenció, tanto por el potencial del Malbec como por la gente. Por eso decidí instalarme acá hace más de 30 años.
-¿Cómo era vender vino argentino en ese entonces y cómo es hoy?
-Hace 30 años era muy difícil, porque el vino argentino no se conocía. Incluso se lo confundía con el chileno, que estaba mucho más avanzado en exportación.
Hoy, de alguna manera, vuelve a ser difícil. Es un ciclo. Antes éramos pocos vendiendo Malbec de cierto nivel, y ni siquiera era un varietal reconocido.
-Hoy se habla de una crisis de consumo a nivel mundial. ¿Cómo la ve?
-Es un fenómeno global, no solo argentino. Después de la pandemia cambiaron los hábitos de consumo, y también influye el poder adquisitivo. En muchos países la gente reduce su consumo o elige vinos más económicos. ¿Cómo hacemos? Todavía estamos buscando la fórmula. Hay que viajar, abrir mercados, adaptarse. No es fácil.
-¿Qué los motiva a seguir en este contexto?
-La calidad del vino argentino es buena, ese no es el problema. Pero hay que adaptarse. El Malbec tuvo su momento de auge y ahora está en una meseta. No va a desaparecer, pero otros varietales vuelven a ganar espacio.
También hay que pensar en estilos de consumo: vinos con un poco menos de alcohol, por ejemplo. No desalcoholizados, porque eso no es vino, pero sí bajar uno o dos grados puede ser importante en algunos mercados.
-El International Wine Challenge lo reconoció varias veces como mejor winemaker. ¿Qué significa para usted?
-Es un orgullo, pero sobre todo es un reconocimiento al equipo. Un gran vino se hace en el viñedo y con buenos profesionales. Es un trabajo colectivo.
-Para cerrar: ¿cómo es dirigir proyectos en Argentina y Francia al mismo tiempo?
-En realidad, es más fácil que trabajar en países del mismo hemisferio. Acá tenemos seis meses de diferencia entre cosechas, lo que permite estar en ambas.
Después, lo importante es tener equipos de confianza. Y en la parte comercial, estés donde estés, hay que moverse igual.