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La historia de Delfina Estoco: 13 años de esfuerzo hasta cumplir el sueño de llegar a la Selección argentina

Tras 13 años de arduo entrenamiento, la joven gimnasta Delfina Estoco se prepara para representar a Argentina en Río de Janeiro.


Hay una edad en la que todas las nenas hacen piruetas en el living.

Algunas las hacen arriba del sillón. Otras saltan desde la cama de los padres. Todas creen, durante unos segundos, que vuelan.

Después crecen.

Y dejan.

Delfina Estoco no dejó.

Delfina Estoco 2019

Delfina Estoco en 2019 en uno de sus primeros Sudamericanos.

Los inicios en su barrio y la llegada al gimnasio Akro

A los cinco años empezó en un gimnasio de su barrio. Uno de esos lugares con olor a goma eva caliente y colchonetas usadas donde los padres miran desde afuera creyendo que es apenas una actividad más. Como inglés. Como baile. Como pintura.

Pero a veces, muy de vez en cuando, en alguno de esos gimnasios aparece una criatura rara. Una chica que no se cansa nunca. Que repite un movimiento cien veces sin aburrirse. Que se cae y vuelve a subir. Y vuelve. Y vuelve.

Delfina llegó en Akro a los seis años. Y nunca se fue.

Doce años después sigue entrando al mismo gimnasio, aunque ahora ya no es una nena haciendo mortales porque sí. Ahora entrena cuatro horas y media por día de lunes a viernes. Los sábados hace doble turno. Tres horas más.

Casi 30 semanales más que un oficinista promedio de medio tiempo.

Y aun así habla bajito.

Como si todavía no entendiera demasiado lo que le está pasando.

Hace unas semanas la llamaron para una concentración con diez gimnastas de todo el país. Solamente cinco iban a quedar seleccionadas para representar a la Argentina.

Quedó ella.

“Aún no caigo”, dice. Y uno le cree.

Porque las personas que realmente consiguen algo grande casi nunca tienen tiempo para entenderlo.

Están demasiado ocupadas entrenando.

agustina alvarez y delfina stocco

Agustina Álvarez, la entrenador de Delfina Estoco.

La gimnasia tiene algo cruel: exige todo y devuelve poco ruido. No hay tapas gigantes. No hay programas deportivos debatiendo una pirueta. No hay multitudes esperando a la salida.

Hay frío en invierno. Hay vendas. Hay kinesiólogos. Hay ampollas. Hay padres haciendo cuentas.

Porque además la gimnasia es cara. Muy cara.

Los aparatos cuestan fortunas. Los viajes también. El cuerpo necesita mantenimiento constante, como un auto de Fórmula 1.

Delfina habla del “entrenamiento invisible”. Una frase que parece salida de una película japonesa.

Pero existe.

Comer bien.

Dormir bien.

Ir al psicólogo.

Al kinesiólogo.

Al osteópata.

Todo para sostener un cuerpo que tiene que girar en el aire sin romperse.

Delfi Stocco

Delfi Estoco sueñas con llegar al Mundial de Países Bajos.

“La Federación ayuda en todo lo que puede, pero mucho sale de mis papás”, cuenta.

Y ahí aparece otra historia. La de los padres argentinos que hipotecan tranquilidad para sostener sueños ajenos. Los que manejan de noche después de entrenamientos eternos. Los que aprenden palabras técnicas que jamás pensaron usar. Los que dicen “vemos cómo hacemos” aunque no sepan cómo.

Después está Patricia Jardel.

En todas las historias importantes aparece alguien así. Una persona que detecta algo antes que el resto. Que insiste. Que acompaña durante años aunque nadie mire.

“Gran parte de esto es gracias a ella”, dice Delfina sobre la dueña de Akro.

Y probablemente tenga razón.

Porque el deporte argentino está lleno de medallas invisibles. Entrenadores que sostienen carreras enteras desde gimnasios chiquitos mientras el país mira para otro lado.

El año pasado Delfina terminó la escuela.

Este año tomó una decisión que da miedo incluso a los adultos: apostar todo.

“Decidí enfocarme directamente en la gimnasia.”

Hay una edad donde todos dicen que hay que perseguir los sueños.

Pero cuando alguien realmente lo hace, asusta.

Ahora se imagina en Río de Janeiro representando al país. Y después sueña un poco más lejos: Rotterdam. La Copa del Mundo de Holanda.

Lo dice tranquila.

Como quien todavía no entiende que una nena que hacía piruetas en un gimnasio de barrio está a punto de ponerse la camiseta argentina frente al mundo.