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Argentina sin Messi: el fin de una era y el desafío que empieza el 6 de octubre

La despedida de Lionel Messi no marcará solamente el final de una carrera extraordinaria con la Selección. También obligará a Argentina a reconstruir liderazgos, identidad y jerarquías en una etapa en la que ya no estará su figura central.

Lionel Messi y una despedida que excede a un futbolista: el 6 de octubre comenzará para la Selección Argentina una etapa completamente nueva.

Lionel Messi y una despedida que excede a un futbolista: el 6 de octubre comenzará para la Selección Argentina una etapa completamente nueva.

EFE

Ya tiene fecha. Y quizás sea eso lo que termine de convertir en real algo que, aun después del anuncio de su retiro, todavía parecía lejano. Lionel Messi jugará por última vez con la camiseta de la Selección Argentina el próximo 6 de octubre, ante Benín, en el Monumental, y esa confirmación transforma una despedida que hasta hace poco parecía abstracta en un hito concreto.

Será su último partido frente al público argentino y, al mismo tiempo, el cierre de una historia de más de veinte años que modificó para siempre la relación del país con su Selección. Pero ese día ocurrirá algo todavía más grande que el retiro del mejor futbolista argentino de todos los tiempos: el 6 de octubre terminará una era y comenzará para la Selección un desafío que durante dos décadas casi no tuvo que imaginar, descubrir qué será Argentina cuando Messi ya no esté.

Porque Messi no deja solamente vacante un lugar dentro de los once. Deja varios. Argentina deberá encontrar otro capitán, otros líderes, nuevas referencias futbolísticas, alguien que tome la pelota cuando las papas quemen, jugadores capaces de absorber una presión que durante años cayó casi exclusivamente sobre él y hasta una nueva manera de intimidar a los rivales.

Por eso, quizás la pregunta esté mal formulada desde el comienzo. No se trata de saber quién reemplazará a Messi, sino de descubrir cuántos futbolistas harán falta para reemplazar todo lo que Messi representaba.

Una certeza que duró más de veinte años

Durante más de dos décadas Argentina cambió entrenadores, dirigentes, compañeros, sistemas de juego y generaciones completas de futbolistas. Vivió eliminaciones dolorosas, finales perdidas, renuncias, reconstrucciones y una de las etapas más exitosas de su historia, pero hubo una certeza que atravesó prácticamente todo ese tiempo: cuando empezaba el partido, Messi estaba adentro de la cancha.

Primero como aquel chico extraordinario que todavía buscaba hacerse un lugar. Después como la gran estrella mundial sobre la que recaía una exigencia muchas veces desmedida. Más tarde como capitán. Y finalmente como el líder de un equipo que encontró alrededor suyo la estructura futbolística y emocional necesaria para convertirse en campeón mundial.

Su retiro termina con esa certeza. Argentina seguirá teniendo grandes jugadores, seguirá contando con campeones del mundo y continuará entrando a cualquier cancha con una camiseta que pesa y con una historia que todos conocen. Pero ya no estará Messi, y eso también cambiará inevitablemente la manera en que la miren los rivales.

La generación campeona deberá aprender a reorganizar sus liderazgos cuando Messi ya no sea el centro futbolístico y emocional del equipo.

La generación campeona deberá aprender a reorganizar sus liderazgos cuando Messi ya no sea el centro futbolístico y emocional del equipo.

El aura de Messi que también jugaba

Hay cosas que ninguna estadística puede medir. Durante años, cualquier entrenador que enfrentaba a Argentina empezaba a preparar su partido pensando qué hacer con Messi: quién lo tomaba, dónde hacerlo, cuánto arriesgar y qué espacios conceder para intentar quitarle los suyos.

Pero había algo más. Muchos de los futbolistas que enfrentaron a Argentina durante estos años crecieron viendo jugar a Messi, lo admiraron de chicos, copiaron movimientos, tuvieron su camiseta, lo eligieron en videojuegos y alguna vez soñaron con compartir una cancha con él. Después tuvieron que marcarlo.

Ese respeto también juega. Messi podía pasar varios minutos sin intervenir y, sin embargo, obligaba al rival a recordar permanentemente que estaba ahí. Alcanzaba un control, una aceleración, un pase filtrado o un tiro libre para cambiar el partido. Argentina jugó durante años con once futbolistas y también con el aura de tener a Messi entre esos once.

Después del 6 de octubre, eso desaparecerá. La Selección seguirá siendo respetada, pero será respetada de otra manera.

¿Quién aparece cuando las papas queman?

Después está el liderazgo, quizás uno de los desafíos más complejos de todos. Elegir un capitán será sencillo; bastará con entregar una cinta. Mucho más difícil será reemplazar todo lo que durante estos años quedó concentrado alrededor del número 10.

Dibu Martínez tiene personalidad, carácter y una enorme ascendencia sobre el grupo. Cristian Romero transmite autoridad competitiva desde la defensa. Rodrigo De Paul fue durante años uno de los motores emocionales de esta generación. Lautaro Martínez acumuló recorrido, goles y presencia dentro del plantel.

Pero existe otro liderazgo, quizás todavía más difícil de construir: el que aparece cuando el partido se rompe, el que pide la pelota cuando nadie la quiere y el que consigue que diez compañeros crean que todavía se puede.

Ahí aparecen Julián Álvarez, Enzo Fernández y Alexis Mac Allister, futbolistas que dejaron hace tiempo de ser proyectos y que deberán ocupar un lugar cada vez más grande en la Selección que viene. Julián puede convertirse en una referencia ofensiva, Enzo puede asumir mayor conducción, Mac Allister puede transformarse todavía más en el futbolista que ordena el juego, Cuti puede mandar desde atrás y Dibu puede sostener emocionalmente al equipo.

Y detrás aparecen futbolistas de otra generación, con nombres como Nico Paz o Franco Mastantuono, que deberán crecer dentro de una Selección que ya no contará con Messi como referencia cotidiana. Quizás ahí esté una de las mayores transformaciones: la Argentina post-Messi puede dejar de tener un líder absoluto y, al mismo tiempo, necesitar más líderes que nunca.

Porque Messi no deja un vacío. Deja muchos.

La otra gran incógnita: Lionel Scaloni

Como si la salida de Messi no alcanzara para marcar un cambio de época, existe además otro interrogante que sobrevuela este cierre de ciclo: la continuidad de Lionel Scaloni. Y ese dato vuelve todavía más profunda la transición.

Scaloni no fue simplemente el entrenador que dirigió a Messi durante el tramo final de su carrera internacional. Fue quien consiguió construir alrededor suyo el ecosistema que Argentina había buscado durante años: un equipo que dejó de esperar que Messi solucionara todos los problemas para empezar a ayudarlo a resolverlos.

Esa fue una de las grandes transformaciones de la Scaloneta. Durante buena parte de su carrera internacional, Argentina pareció preguntarse qué debía hacer Messi por la Selección. Scaloni consiguió invertir esa lógica y construyó una Selección que también entendió qué debía hacer por su capitán.

Scaloni construyó una Selección que dejó de depender exclusivamente de Messi, pero ahora podría afrontar el desafío más complejo: reconstruirla sin él.

Scaloni construyó una Selección que dejó de depender exclusivamente de Messi, pero ahora podría afrontar el desafío más complejo: reconstruirla sin él.

Si continúa, tendrá delante uno de los mayores desafíos de todo su ciclo: desmontar progresivamente una estructura cuyo centro de gravedad fue durante años el mejor jugador del mundo y construir otra sin él. Y si no continúa, la ruptura será todavía mayor, porque entonces Argentina no sólo perderá al futbolista alrededor del cual se ordenó durante veinte años, sino que también deberá redefinir el proyecto que consiguió convertir aquella dependencia en un equipo campeón.

Messi, Maradona y la ausencia que viene

Hay además una dimensión que excede cualquier análisis táctico. Argentina pasó buena parte de los últimos veinte años discutiendo a Messi contra Maradona, en una comparación generacional, futbolística y hasta emocional que atravesó sobremesas, estadios, programas de televisión y conversaciones interminables.

Hubo quienes se negaron durante años a aceptar que alguien pudiera sentarse en la misma mesa que Diego. A Messi se le reclamó sentir la camiseta, ganar una Copa América, ganar un Mundial, conducir al equipo y aparecer en los momentos decisivos. Cada vez que cumplía una exigencia aparecía la siguiente.

Hasta que llegó Qatar y buena parte de aquella discusión empezó a perder sentido. Lio ya no necesitó ser Maradona porque había construido su propia historia. Para muchos quedó a su altura, para otros incluso lo superó y otros seguirán eligiendo a Diego. Probablemente nunca haya unanimidad, y tampoco hace falta.

Lo extraordinario es que Argentina finalmente había aprendido a convivir con los dos: Diego y Lionel, dos maneras diferentes de explicar nuestra relación con el fútbol.

Ahora aparece una realidad que varias generaciones nunca experimentaron de esta manera: ya no estará ninguno.

Los que vieron a Maradona tuvieron después a Messi. Los que no alcanzaron a ver a Maradona crecieron directamente con Messi. Hay chicos que prácticamente no conocen una Selección Argentina sin el número 10 como capitán y hay adultos que empezaron a verlo jugar cuando todavía eran jóvenes y hoy llevan a sus propios hijos a la cancha.

Por eso la despedida dolerá de maneras distintas. Porque Messi no solamente acompañó a la Selección durante veinte años: acompañó veinte años de nuestras vidas.

La pregunta que cambia para siempre

Durante mucho tiempo Argentina se preguntó qué podía darle Messi a la Selección. Después se preguntó cuándo conseguiría darle un título, más tarde si alguna vez podría darle un Mundial y, cuando finalmente consiguió todo, empezamos a preguntarnos cuánto tiempo más podía seguir.

El 6 de octubre todas esas preguntas quedarán atrás y aparecerá una nueva, probablemente la más difícil de todas: ¿qué será Argentina sin Messi?

No necesariamente será peor. Podrá volver a ser campeona, podrá producir otra generación extraordinaria, podrá encontrar nuevos líderes, nuevos entrenadores y futbolistas capaces de escribir sus propias historias. Pero será otra.

Porque por primera vez en más de veinte años Argentina tendrá que entrar a una cancha sabiendo que ya no existirá la posibilidad de buscar al número 10. Tendrá que aprender a buscar respuestas en otros lugares: quizás en Dibu, quizás en Cuti, quizás en Julián, Enzo o Alexis, quizás en algún chico que hoy todavía está empezando a construir su historia con la camiseta argentina o quizás en todos ellos juntos. Ese será el verdadero desafío.

Durante veinte años Argentina intentó construir una Selección capaz de estar a la altura de Lionel Messi. Pero, después del 6 de octubre, tendrá que descubrir cómo seguir estando a la altura de su propia historia cuando Messi ya no esté.