Lionel Scaloni, ante la decisión más difícil: irse cuando todavía nadie quiere que se vaya
La despedida de Messi, el retiro de algunos referentes y la salida de Walter Samuel anuncian el final de una época. Después de cuatro títulos y dos finales mundiales consecutivas, el entrenador debe decidir si conduce una reconstrucción completa o cierra su etapa antes de que la gratitud se convierta en inercia.
Lionel Scaloni tiene contrato con la Asociación del Fútbol Argentino hasta el 30 de diciembre de 2026.
EFELionel Scaloni no debería irse de la Selección argentina porque perdió una final del mundo. Debería pensar en irse porque, incluso después de alcanzar otra final, el equipo que construyó ya empezó a despedirse.
El entrenador anticipó que cumplirá su contrato hasta diciembre y luego, probablemente, se aleje. No fue una reacción impulsiva frente a la derrota contra España. Sus palabras dejaron ver el cansancio acumulado, la dimensión emocional del recorrido y, sobre todo, la conciencia de que aquello que viene será muy diferente de todo lo anterior.
Scaloni tiene por delante una decisión que muy pocos entrenadores pueden tomar: elegir cuándo terminar un ciclo sin que los resultados lo obliguen a hacerlo.
La costumbre del fútbol indica lo contrario. Los técnicos permanecen hasta que pierden, los equipos se desgastan hasta que se vuelven irreconocibles y los dirigentes actúan cuando la crisis ya no puede disimularse. Casi nadie se va a tiempo porque casi nadie consigue detectar el final mientras todavía recibe aplausos.
Scaloni puede hacerlo.
Un ciclo que no necesita otra copa para ser extraordinario
La derrota ante España no convierte al proceso en menos exitoso. Argentina ganó las Copas América de 2021 y 2024, la Finalissima de 2022 y el Mundial de Qatar. Cuatro títulos consecutivos y un posterior subcampeonato mundial describen una era que no necesita una última vuelta olímpica para ser validada.
El legado tampoco se limita a las copas. El cuerpo técnico reconstruyó la relación entre la Selección y la gente, formó un grupo reconocible, recuperó el sentido de pertenencia y encontró un funcionamiento colectivo alrededor del mejor jugador de la historia.
También consiguió algo particularmente difícil: que la Selección dejara de ser observada únicamente a través de Lionel Messi sin disminuir su importancia. Messi fue el centro futbolístico y emocional, pero el equipo no se transformó en una colección de futbolistas esperando que su capitán resolviera cada partido.
Ese equilibrio fue uno de los grandes méritos de Scaloni. Pero el retiro de Messi altera necesariamente la naturaleza del proyecto.
No se trata de buscar otro número diez. No existe. Hay que reconstruir las jerarquías internas, redistribuir responsabilidades, encontrar nuevas formas de atacar y crear un liderazgo que no parezca una imitación del anterior. La ausencia de Messi modifica al equipo dentro de la cancha, pero también al vestuario, a los rivales, a la gente y hasta a la manera en que el mundo observa a la Selección Argentina.
No se van solamente algunos nombres
Nicolás Otamendi también anunció su retiro. Walter Samuel dejará el cuerpo técnico para comenzar su camino como entrenador principal. Otros referentes de la etapa más exitosa llegarían con una edad avanzada al Mundial de 2030 y difícilmente puedan sostener durante cuatro años el mismo protagonismo.
La renovación, por lo tanto, no consistirá en reemplazar dos o tres apellidos. Habrá que construir otra Selección.
Seguirán futbolistas de enorme jerarquía. Emiliano "Dibu" Martínez, Cristian Romero, ¿Rodrigo De Paul?, Alexis Mac Allister, Enzo Fernández, Julián Álvarez y Lautaro Martínez, entre otros, ofrecen una base capaz de mantener a Argentina entre las principales selecciones del mundo. El próximo entrenador no recibirá tierra arrasada.
Pero heredará algo más complejo: un equipo obligado a emanciparse de su época más gloriosa.
También encontrará una AFA atravesada por disputas políticas, cuestionamientos judiciales y una conducción que genera controversias muy lejos de los resultados de la Selección. Scaloni logró durante años que el equipo funcionara como una isla dentro del fútbol argentino. No hay garantías de que ese aislamiento pueda sostenerse en una etapa de menor estabilidad deportiva y mayor necesidad de renovación.
El argumento más fuerte para que Scaloni continúe
Existe una razón evidente para pedirle que se quede: Scaloni podría ser la persona más capacitada para conducir la transición.
Conoce a los jugadores, maneja los códigos internos y conserva una autoridad que ningún reemplazante recibiría de inmediato. Además, ya demostró que puede incorporar futbolistas, modificar sistemas y tomar decisiones difíciles sin destruir la convivencia del grupo.
Cambiar de entrenador agregaría incertidumbre en el mismo momento en que la Selección pierde a Messi, Otamendi y una parte importante de su estructura. La continuidad de Scaloni podría garantizar que la renovación no se transforme en una ruptura descontrolada.
Es un argumento atendible. Probablemente sea el mejor.
Pero esa continuidad solo tendría sentido si el entrenador está dispuesto a comprometerse con un proyecto completamente nuevo de cuatro años. No alcanzaría con renovar el contrato para dirigir algunos amistosos, probar futbolistas y postergar la decisión hasta la primera derrota importante.
Scaloni debería quedarse únicamente si conserva la energía para reconstruir su cuerpo técnico, discutir nuevas jerarquías y aceptar que la comparación con el equipo campeón acompañará cada convocatoria. Tendría que empezar otra vez sin tratar de reproducir un grupo que ya no existe.
Sus propias declaraciones después de la final sugieren que no está seguro de querer hacerlo. Y esa duda, lejos de ser una debilidad, puede ser una señal de lucidez.
Irse también puede ser una forma de cuidar
La salida de Scaloni no tendría que interpretarse como una renuncia frente al desafío ni como una maniobra destinada a proteger sus estadísticas. Su lugar en la historia de la Selección no depende de lo que ocurra durante los próximos cuatro años.
Se trataría de reconocer que no todos los procesos exitosos deben prolongarse hasta convertirse en otra cosa.
El entrenador asumió en 2018 como una solución provisional, sin antecedentes que justificaran semejante responsabilidad y rodeado de desconfianza. Ocho años después, puede irse habiendo construido una de las mejores selecciones argentinas de todos los tiempos. No hay fracaso en ese recorrido. Tampoco existe una obligación moral de comenzar nuevamente desde cero.
Incluso una salida podría permitirle regresar en el futuro. No para recuperar la Scaloneta ni para reunir a quienes protagonizaron esta etapa, sino para enfrentar otro desafío, con nuevos futbolistas y después de haber tomado distancia de una experiencia extraordinariamente intensa.
El fútbol suele expulsar a sus entrenadores cuando ya nadie quiere verlos. Scaloni tiene la posibilidad mucho menos frecuente de marcharse cuando todavía todos desean que continúe.
Tal vez su última gran decisión al frente de esta Selección no sea elegir quién reemplazará a Messi, sino comprender que ha llegado el momento de que alguien empiece a construir el equipo que vendrá después de ambos.


