Estrés crónico: cuando vivir en alerta deja de ser normal y empieza a enfermar
El estrés puede ser una herramienta útil en momentos puntuales, pero cuando se vuelve permanente altera el equilibrio del organismo y deja huellas en la salud física, emocional e inmunológica.
En la vida diaria, el estrés suele aparecer disfrazado de cansancio, insomnio, irritabilidad o dificultad para concentrarse. A veces se lo naturaliza tanto que deja de percibirse como un problema y pasa a formar parte del modo habitual de vivir.
Sin embargo, detrás de esa sensación persistente de estar “a mil”, de no poder bajar nunca la guardia o de sentir que todo desborda, hay un proceso complejo que compromete mucho más que el estado de ánimo. Para la licenciada en psicología Cyntia Ramírez, matrícula 048991, el tema ya no puede pensarse como un malestar aislado ni circunstancial. “Muchas personas ya no atraviesan episodios de estrés: viven instaladas en ese estado de alerta”, dijo a MDZ. Y advirtió que esa permanencia, lejos de ser inocua, se volvió una de las marcas más visibles de la vida contemporánea.
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Cuando el cuerpo no logra salir del modo alerta
Lejos de tratarse solo de una reacción emocional, el estrés es una respuesta que surge del vínculo entre la persona y las exigencias de su entorno. No depende únicamente de lo que pasa afuera, ni tampoco solo del organismo: interviene la manera en que cada uno evalúa lo que le ocurre y las estrategias que ha podido desarrollar para responder.
En ese punto, entran en juego los llamados estilos de afrontamiento, es decir, las respuestas cognitivas y conductuales con las que intentamos resolver o soportar las demandas que sentimos como excesivas. “El estrés no se explica solamente por lo que sucede, sino también por cómo una persona aprendió a enfrentarlo”, explicó Cyntia Ramírez a MDZ. Algunas estrategias pueden ser útiles y adaptativas. Otras, en cambio, como la hipervigilancia, la necesidad permanente de control o la evitación, terminan sosteniendo la activación y haciendo más difícil recuperar el equilibrio.
Desde la perspectiva psiconeuroinmunoendocrina, conocida como modelo PNIE, esa respuesta involucra una red de sistemas que actúan de manera interconectada: el psicológico, el nervioso, el endocrino y el inmunológico. La idea de separar mente y cuerpo, en este marco, pierde sentido. Cuando una situación es percibida como amenazante o muy demandante, el organismo activa mecanismos biológicos destinados a responder rápido: aumenta el estado de alerta, moviliza energía y libera sustancias como cortisol, adrenalina y noradrenalina.
El eje hipotálamo-hipófisis-adrenal es uno de los principales responsables de esta reacción. En una dosis acotada, esa respuesta es sumamente beneficiosa. Permite enfocarse, tomar decisiones, reaccionar frente a un desafío y adaptarse a circunstancias exigentes. “El estrés no debe ser demonizado, porque también cumple una función adaptativa y necesaria para la vida”, señaló la psicóloga.
El punto en que lo útil se vuelve dañino
El problema empieza cuando esa activación deja de ser pasajera. Si el sistema permanece encendido durante demasiado tiempo, el organismo pierde capacidad para volver a su estado basal. Lo que en un primer momento fue una respuesta útil se transforma en desgaste. Ahí aparece el estrés crónico, también llamado distrés.
En esos casos, los mecanismos de regulación comienzan a fallar y el cortisol puede mantenerse elevado de forma sostenida. Ese exceso no pasa inadvertido: impacta en múltiples funciones del cuerpo. Puede inhibir hormonas vinculadas al crecimiento y a la recuperación celular, alterar la conducta sexual al afectar hormonas reproductivas, elevar la glucosa en sangre y favorecer procesos como la resistencia a la insulina. También modifica la regulación emocional, deteriora el descanso y debilita las defensas. “Cuando el organismo no logra apagar esa respuesta, el costo empieza a verse en distintos niveles: físico, cognitivo, emocional e inmunológico”, remarcó CyntiaRamírez.
En la práctica, esto se traduce en síntomas muy frecuentes y a menudo subestimados. Cefalea tensional, contracturas, infecciones repetidas, caída del cabello, agotamiento persistente, problemas de memoria, dificultad para disfrutar, cambios de humor, adormecimiento de extremidades, sensación de nudo en la garganta, sudoración excesiva, alteraciones del apetito y trastornos del sueño forman parte del cuadro posible.
A eso se suma un fenómeno que muchas personas reconocen recién cuando pasan por una etapa intensa y acotada: después de terminar un proyecto muy exigente o de atravesar una situación límite, aparecen resfríos, gripe o una necesidad imperiosa de dormir. Se trata de una reacción frecuente tras períodos de estrés agudo; cuando la activación se vuelve crónica, en cambio, ese desgaste deja de aparecer solo al final y puede instalarse de forma más persistente.
No es casual. Durante el período de máxima activación, el cuerpo modula e incluso inhibe ciertas respuestas inmunológicas; cuando finalmente intenta recuperar el equilibrio, esa exigencia previa se hace visible. “A veces el cuerpo recién muestra la factura cuando la situación termina”, sintetizó la especialista.
Estrés y enfermedades crónicas: una relación que se retroalimenta
La alteración sostenida de estos sistemas también modifica el equilibrio de las citoquinas, moléculas que regulan la inflamación. Como consecuencia, pueden coexistir respuestas proinflamatorias y antiinflamatorias que favorecen estados de inmunosupresión. Este desequilibrio crea un terreno biológico propicio para el desarrollo o la exacerbación de padecimientos crónicos como gastritis, colon irritable, psoriasis o artritis reumatoidea. Cyntia Ramírez explicó a MDZ que este vínculo no es teórico: “En mi investigación de grado observé que las personas con padecimientos orgánicos crónicos presentan mayor percepción de estrés y una calidad de vida significativamente más afectada”. El hallazgo refuerza una idea clave: el estrés y las enfermedades crónicas no avanzan por carriles separados, sino que pueden potenciarse entre sí y profundizar el deterioro de la salud.
Frente a este escenario, la salida no pasa por eliminar por completo el estrés —algo imposible y contraproducente—, sino por intervenir antes de que se vuelva un modo de vida. El abordaje terapéutico con profesionales formados en tratamientos basados en evidencia, como la terapia cognitivo-conductual y el análisis funcional de la conducta, puede ayudar a identificar qué patrones sostienen la activación y qué recursos más adaptativos pueden construirse.
A eso se suman hábitos que funcionan como amortiguadores: vínculos sociales de calidad, actividad física placentera que aumente la conciencia corporal, prácticas como yoga o pilates, y herramientas de regulación emocional como mindfulness, meditación u oración. “Comprender cómo funciona el estrés ya es una forma de empezar a intervenir”, afirmó Cyntia Ramírez. La conclusión, en definitiva, es tan simple como urgente: sentir estrés es parte de la vida, pero vivir atrapados en él no debería convertirse en la norma.