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Un cuento chino: cuando la vida no tiene sentido... y, sin embargo, algo está diciendo

Un cuento chino abre una reflexión sobre el control, el dolor y esas irrupciones que con el tiempo pueden transformar la vida.


Probablemente más de alguno ha sentido alguna vez que “le cayó una vaca del cielo”. Así, sin aviso. Destruyendo planes, desordenando certezas, dejando en el suelo todo lo que parecía más o menos bajo control. La vida tiene esa capacidad: sorprende, descoloca y, a ratos, desarma. Nos deja medio perdidos, sin herramientas, resistiéndonos —a veces con porfía— a lo que ya está ocurriendo.

Vivimos en una cultura que quiere entenderlo todo de inmediato. Explicarlo, anticiparlo, manejarlo. Nos cuesta convivir con lo que no encaja, con lo que irrumpe sin lógica, con lo que parece absurdo. Sin embargo, muchas de las experiencias más importantes —y, curiosamente, también las más difíciles— no tienen sentido cuando ocurren. Solo después, con el paso del tiempo, empiezan a acomodarse como piezas de un rompecabezas más grande.

Ahí es donde Un cuento chino, esa película argentina espectacular, pega fuerte. Un tipo estructurado, solitario, casi obsesivo con el control, ve cómo su mundo se desordena cuando aparece un joven chino que carga con una historia imposible: perdió a su pareja porque una vaca cayó del cielo. No hay idioma en común. No hay lógica. No hay explicación. Solo un encuentro absurdo que incomoda, irrita y rompe esquemas… pero que, con el tiempo, termina transformando la vida de ambos.

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Un cuento chino, esa película argentina espectacular, pega fuerte.

Algo de eso tiene la vida real

Irrumpe, interrumpe, obliga a soltar. Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿por qué me está pasando esto? Tal vez la pregunta más interesante sea otra: ¿para qué puede servir esto más adelante? Porque una cosa es la explicación, y otra muy distinta es el sentido. No todo tiene una razón clara en el momento, pero eso no significa que sea inútil o vacío. Como planteaba Víktor Frankl, incluso en el sufrimiento puede haber un sentido, aunque no lo veamos de inmediato.

El problema es que hoy tenemos poca tolerancia a la incertidumbre. Queremos que la vida siga un guion ordenado, pero la realidad se parece más a un río que, cuando crece, se sale de cauce. Y en ese desborde, intentar controlar todo suele empeorar las cosas. Con el tiempo, eso sí, algo empieza a acomodarse. Lo que parecía una pieza suelta encuentra su lugar. Lo absurdo empieza a tener cierto peso. Carl Jung hablaba de esas coincidencias cargadas de sentido que no responden a una lógica evidente, pero que terminan siendo decisivas.

Nada de esto significa que todo esté predeterminado

La vida no viene escrita en piedra. Hay margen, hay decisiones, hay libertad. Y ahí aparece un punto incómodo: no todo lo que pasa es bueno, ni todo dolor tiene la misma raíz. Hay golpes que vienen sin aviso —accidentes, enfermedades, pérdidas— y otros que son consecuencia de decisiones humanas: injusticias, abusos, violencia. No es lo mismo. Pero en ambos casos surge la misma pregunta de fondo: ¿cómo atravesar lo que duele sin quebrarse por dentro?

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Aparece un joven chino que carga con una historia imposible: perdió a su pareja porque una vaca cayó del cielo.

Quizás una de las cosas más interesantes es que el dolor, bien atravesado, puede transformar. No porque sea bueno en sí mismo, sino porque obliga a mirar distinto, a soltar certezas, a revisar prioridades. En esa línea, el pensador Henri Nouwen planteaba que la vulnerabilidad, lejos de ser solo una debilidad, puede convertirse en un espacio de encuentro más honesto con uno mismo y con los demás.

Por eso, más que obsesionarse con entender todo, tal vez se trata de aprender a leer la vida. Darse tiempo. Mirar la propia historia con cierta distancia. Detectar qué cosas, incluso las incómodas, terminaron abriendo caminos. Porque no todo lo que pasa tiene el mismo peso. La diferencia está en cómo se lo vive. Cuando uno se cierra, el dolor se endurece. Cuando uno se abre —aunque sea de a poco— algo empieza a acomodarse.

Tal vez ahí está la clave.

No en tener todas las respuestas.No en controlar cada detalle. Sino en aceptar que incluso lo que hoy parece un sinsentido… puede terminar siendo una de las piezas más importantes de la propia historia.

Trini Ried Goycoolea. Periodista y escritora, especialista en vínculos.