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¿Quiénes fueron los meteorólogos del General San Martín?

La obsesión de San Martín por cruzar Los Andes y la sabiduría ancestral que le "leyó" el tiempo para una gesta inigualable.

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“Lo que no me deja dormir no es la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes”. Eso escribía José de San Martín a su confidente y amigo Tomás Guido tiempo antes de empezar el cruce andino, en una carta fechada en Mendoza, el 14 de junio de 1816.

San Martín, en aquel final de otoño desde El Plumerillo, miraba por su ventana el horizonte blanco de una montaña gigante completamente nevada. En su mente, su principal adversario, por ese entonces, no eran los realistas españoles. Tampoco su mayor preocupación eran las amenazas en el norte contra las cuales se debatía Güemes, ni la flota española que probablemente llegaría al Río de la Plata; menos aún, aunque muy necesario, su desvelo fue el escaso apoyo recibido desde Buenos Aires.

Él estaba concentrado en otra cosa: cómo sortear ese colosal macizo de piedra que representaba la cordillera de Los Andes con cinco mil soldados. Frente a su imaginación, observando la cordillera a través de esa ventana en el campamento mendocino, dos hipotéticos adversarios latentes lo consternaban: Uno; claramente predecible: la fortaleza del adversario español. Otro; su ejército atravesando las imponentes montañas andinas, sujetas a los impredecibles cambios de temperatura y a las virulentas sorpresivas mutaciones de las variables condiciones climatológicas de alta montaña. Viento, lluvia, niebla, escarcha, nieve, frio, aludes. Factores que solo se vencían si se detectaban anticipadamente con la necesaria experiencia y el conocimiento empírico de los que estaban acostumbrados a transitar cotidianamente la cordillera. ¿Con qué herramienta? Mayoritariamente, “leyendo” los distintos mensajes que enviaba la naturaleza.

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Mal tiempo cuando estornudan los chivatos

Los antecedentes científicos de la meteorología argentina se remontan a finales del siglo XIX. Hasta esa época, los pronósticos del tiempo se hacían básicamente “a ojo de buen cubero”. En realidad, existían verdaderos “sabios” pero nutridos en el terreno empírico. Los cálculos y estimaciones se sustentaban sobre la perspicacia, experiencia y habilidad de leer los signos del ambiente y del mismo cuerpo, para poder determinar comparativamente (y por aproximación) los posibles fenómenos que se avecinaban.

Como siempre, al mal tiempo, buena cara. El vuelo de las aves era revelador; si volaban bajo era porque llegaba la lluvia.; si volaban en banda, implicaba buen tiempo. Si aparecían sorpresivamente los sapos era porque el clima se estabilizaba. Si las hormigas caminaban en fila era porque cambiaba la estación o se avecinaban días muy inestables. Si las lagartijas ponían sus huevos en aberturas verticales habría una estabilidad temporal y de esa forma conservarían la temperatura; sin embargo, cuando lo hacían de forma horizontal, era señal de la presencia de aguaceros.

También esos empíricos meteorólogos observaban la forma de las nubes, la dirección del viento, los colores del cielo, el comportamiento de las estrellas, la formación de arcoíris. Un cielo rojo al atardecer era sinónimo de futuras buenas temperaturas. Y si el agua de lluvia caía en los charcos originando burbujas, era porque las tormentas serían largas e intensas.

Un recurso era observar la mayor o menor nitidez y luminosidad de los grupos de estrellas: “las tres Marías”, “la cruz del sur”, la visibilización (más tarde o más temprana) de las Pléyades de la constelación de Orión. Además, la flora era una fuente inagotable de referencias. Otro indicador de aquellos “expertos” era cuando el cuerpo actuaba como un verdadero barómetro biológico: los dolores de las articulaciones, las cefaleas, la percepción de distintos olores (el inconfundible “olor a lluvia”: ozono), los mareos, los estornudos, etc., algo nos estaban anunciando.

Estos métodos, basados en la observación detallada de la naturaleza, permitieron a nuestros “sabedores” anticipar el tiempo y adaptar sus actividades. Imaginemos cuánto más imprescindible eran cuando se trataba de organizar la partida de un ejército para cruzar Los Andes, estando aún muy lejos de los sistemas y métodos científicos modernos.

La meteorología en la historia argentina

Lo cierto fue que en la segunda mitad del siglo XIX, algunos países del hemisferio norte, experimentaron la necesidad de crear sus propias oficinas meteorológicas. Argentina fue pionera en América del Sur. La iniciativa surgió en tiempos de la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, cuando el Congreso de la Nación votó la Ley Nº 559, por la cual se creó la Oficina Meteorológica Argentina (OMA), predecesora del actual Servicio Meteorológico Nacional. Fue un 4 de octubre de 1872. Hasta ese momento solamente existían dos oficinas en el mundo: la Oficina Meteorológica de Hungría (1870) y la de Estados Unidos de América (1871).

El primer director de la Oficina Meteorológica Argentina fue el estadounidense Benjamín Apthorp Gould, un astrónomo brillante de fama internacional. La Oficina dependía del Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública. Las observaciones se realizaban tres veces por día. A las siete, a las dos de la tarde y a las nueve de la noche. Se medía la temperatura, la presión atmosférica, la dirección y la fuerza del viento, el caudal de lluvias y el grado de nubosidad. El termómetro, orientado al sur, estaba al aire libre, en un espacio abierto y lejos de obstáculos que impidiesen la circulación del aire. También se contaba con un psicrómetro, o termómetro mojado, que medía la humedad; un barómetro había sido ubicado cerca de una ventana, aunque alejado del sol y de las corrientes de aire, y también de una veleta, a unos tres metros de altura, que marcaba los puntos principales de la rosa náutica. Completaba el equipamiento un pluviómetro con una capacidad entre tres y cuatro litros.

Termómetros, barómetros y el multifacético Justo Estay

Volviendo al tiempo de San Martín en Mendoza y la preparación del ejército, expresaremos el celoso fanatismo del General por las estadísticas. Lo primero que hizo una vez gobernador fue realizar un relevamiento completo de la población y de las actas del cabildo. En ellas, muchas veces constaba el estado del tiempo de la reunión efectuada. También desde el primer día de gestión en Mendoza, ordenó redactar notas sobre la temperatura diaria y sus características, tanto en la ciudad, como en los ámbitos rurales y la montaña. Un pluviómetro casero en la puerta del Plumerillo y otro en el cabildo median, en un frasco de vidrio, los milímetros de las gotas de lluvia caídas. Vientos, días fríos, cálidos, puesta del sol, atardeceres, temblores, crecientes de los ríos, etc., todo debería quedar constatado. Partía de una sabida verdad: los meses de diciembre y enero son los más propicios para cruzar Los Andes.

Pero además el ejército contaba con una herramienta imprescindible. De última generación. Varios termómetros de Fahrenheit, propiedad del mismo San Martín. Y si bien los primeros termómetros ambientales, precursores de los actuales, fueron inventados por Galileo Galilei en 1592 (los llamados “termoscopios” que utilizaban la expansión de aire para indicar cambios de temperatura) no tenían una escala numérica precisa, será más tarde, alrededor de 1714, cuando el físico holandés de origen polaco, Daniel Gabriel Fahrenheit (1686 -1736) perfeccionó el diseño con la introducción del termómetro de mercurio, utilizando una escala que llevará su nombre.

Eran tiempos donde también se conocían los barómetros desde el siglo XVII, elemento que mide la presión atmosférica. El barómetro es una herramienta crucial en meteorología. Obviamente, el ejército sanmartiniano también contaba con ese adelanto y los registros se recogían diariamente, siendo el encargado máximo de supervisar esta tarea, el Secretario de la Intendencia de Guerra: José Ignacio Zenteno.

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Pero esa tecnología de última generación para ese tiempo (el termómetro de Fahrenheit o los barómetros inventados por Pascal y Torricelli) se enriquecían con la aguda mirada de los baqueanos, arrieros y troperos que tenían cientos de cruces cordilleranos por su particular oficio y a los cuales San Martín prestaba muchísima atención.

El más desatacado fue el multifacético chileno, Justo Estay. Conocedor de los secretos de los pasos, cerros y montañas de la cordillera. Fue baqueano y arriero, a su vez un gran espía y conocedor como nadie de “los mensajes que enviaba el viento de la montaña. Era el señor del tiempo”.

En Justo Estay, el General San Martín encontró facetas que serán trascendentes para el logro del objetivo final: conocía todos los recovecos y vericuetos de los secretos pasos de la cordillera; era hábil para camuflarse entre las tropas enemigas y brindar información detallada; pero también, fue un sabedor avezado de cuándo el tiempo brindaría “las ventanas” del buen clima para surcar sin riesgos las montañas de Los Andes.

Nació en el pueblo de Pocuro (el mismo pueblo donde luego vivirá Sarmiento), en la comuna de Calle Larga (Los Andes), alrededor de 1786 y habría muerto durante la expedición libertadora a Perú. Su conocimiento del terreno y su habilidad para obtener información de las tropas realistas lo convirtieron en una figura fundamental para el triunfo patriota en la Batalla de Chacabuco en 1817. A nadie escapa que una parte fundamental de la estrategia sanmartiniana fue la organización de una red de espionaje que le permitiera estar al tanto de los movimientos realistas en Chile. La famosa y exitosa “guerra de zapa”.

La práctica de las cabañuelas

Justo Estay fue además un sabio en materia de fauna y flora cordillerana. Nadie conocía más de bichos ni de yuyos de la montaña que él. Era también curandero, y especialista en “gualichos”. Versado en torniquetes y entablillar quebraduras. Fumador empedernido. Y bueno para el trago y las payadas, cuenta la leyenda. Con solo mirar el cielo sabía cómo amanecería el día siguiente. Viendo volar un pájaro decía si iba llover o no.

Junto con José Antonio Álvarez Condarco se animaron a realizar un pronóstico adelantado de lo que sería aquel enero de 1817. Acertaron en todo. El sistema aplicado fue una práctica milenaria, originaria de Babilonia y utilizada por los pueblos originarios de América. Consistía en predecir las condiciones climáticas de todo un año observando el comportamiento del clima durante los primeros días de enero, llamada “cabañuelas”.

El método más común para aplicar las cabañuelas divide los primeros 24 días de enero en dos ciclos. El primer ciclo: Cada uno de los primeros 12 días de enero representa un mes del año en orden consecutivo. Por ejemplo, el 1 de enero simboliza enero, el 2 de enero representa febrero, y así sucesivamente. El segundo ciclo: Los siguientes 12 días se interpretan en orden inverso, de diciembre a enero. Es decir, el día 13 es diciembre, el 14 es noviembre, 15 será octubre, y así. Por ende, al partir de estas observaciones, se buscaba identificar tendencias en el clima, como lluvias, vientos o días soleados, para inferir cómo será cada mes del año.

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Y bueno; creer o reventar. Con esa tradicional práctica ancestral, el grueso del ejército libertador partió un 17 de enero y al cabo de veinticinco días obtenía el resonante triunfo de Chacabuco. Se había conjugado todo lo que San Martín diagramó magistralmente. Un paso de Los Andes sin tantos sobresaltos, en comparación a los enormes riesgos que el desafío implicaba y una estrategia que unió el espionaje, la táctica, la astucia y el coraje que toda acción patriótica requiere. Fue un éxito. El tiempo había ayudado y no fue casualidad. El clima en América había cambiado abruptamente y se respiraban aires renovados.