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¿Por qué nos cuesta disfrutar del tiempo libre?

La hiperproductividad convierte el descanso en culpa. Frenar, jugar y compartir también ayudan a recuperar claridad, energía y bienestar.


Existen muchas creencias en las que nos dicen que tener tiempo libre es sinónimo de “no estar haciendo nada”. Lejos de caer en absolutismos cerrados, me remonto a una frase que dice: “Si tengo 24 horas para talar un árbol, pasaría 23 horas afilando el hacha y una hora talando”. ¿A qué voy con todo esto? A que la preparación para el momento indicado es fundamental.

La autoexigencia nos lleva a pensar que “si no somos productivos, nada sirve”, cuando en realidad, para hacer frente a situaciones de mayor carga y responsabilidad, necesitamos claridad mental, perspectiva y descanso. Vivimos inmersos en la trampa de la hiperproductividad. En algún momento, sin tener claridad bien por qué, naturalizamos que estar agotados es señal de compromiso y que el descanso no es una necesidad biológica, sino un premio condicionado que solo se gana si tachamos todas las tareas pendientes. Esa carrera contra nosotros mismos, nos hace tocar un fondo difícil de salir: nunca somos suficientes. Y cuando por fin se abre un hueco en la agenda, aparece la culpa. Transformamos el tiempo libre en una lista encubierta de deberes o en una búsqueda frenética de optimización donde incluso el ocio tiene que "servir para algo".

Existen muchas creencias en las que nos dicen que tener tiempo libre es sinónimo de “no estar haciendo nada”.

La trampa de producir

Pero el hacha no se afila trabajando más rápido; se afila parando. Desactivar esa inercia de manera individual a veces parece imposible: la cabeza sigue rumiando pendientes y la comparación cotidiana nos empuja a no aflojar. ¿Cuándo y dónde leímos que empezó una carrera contra nosotros mismos? Se tiene que bajar el ritmo, pero no de forma individual y con aislamiento, sino desde lo grupal. Y ahí es donde el juego entra en la ecuación, no como un pasatiempo infantil o un recreo ingenuo, sino como una herramienta transformadora.

Jugar en grupo tiene una potencia que pocas actividades logran:

Chau al juicio y al control: en una dinámica lúdica no hay reportes que entregar ni apariencias que sostener. El juego nos iguala, nos saca del piloto automático y nos obliga a habitar el presente sin la presión de tener que ser "perfectos".

Solo divertirse y nada más: se juega por el placer de jugar, por la risa compartida y por el reto del momento. Esa gratuidad del juego rompe de raíz la lógica de la productividad vacía: nos demuestra en el cuerpo que podemos pasarla bien sin tener que demostrarle nada a nadie.

Vivimos inmersos en la trampa de la hiperproductividad.

Aprender a disfrutar

Fortalece los vínculos: la vorágine aísla; el juego conecta. Mirar al otro a los ojos, resolver un desafío absurdo o festejar un acierto en equipo genera una complicidad que disuelve la coraza del estrés.

Aprender a parar no es resignación ni falta de ambición: es inteligencia estratégica y cuidado elemental de la salud mental. Necesitamos habilitar espacios donde no tengamos que justificar cada minuto, donde el error sea motivo de risa y no de castigo, y donde el ocio vuelva a ser lo que siempre debió ser: un territorio libre de presiones para reconectar con el disfrute y recordar que nuestra valía nunca dependió únicamente de lo que producimos.

* Dani Crespo, experto en transformación de equipos a través del juego, la experiencia y las habilidades humanas.