Por qué la escolarización desde los dos años cambia el futuro de una sociedad
La evidencia científica muestra que la escolarización temprana reduce desigualdades y mejora las oportunidades futuras de los niños.
La discusión sobre la escolarización temprana estuvo atravesada por prejuicios ideológicos y falsas dicotomías.
Archivo.Durante décadas, la discusión sobre la escolarización temprana estuvo atravesada por prejuicios ideológicos y falsas dicotomías, inclusive por la llamada crianza respetuosa tan difundida en redes sociales.
Para algunos sectores, especialmente desde posiciones de liberalismo extremo, la educación en la primera infancia debe quedar exclusivamente librada a la decisión privada de las familias y al mercado. El Estado, según esa mirada, no debería intervenir ni hacer obligatoria la escolarización temprana, ni siquiera subsidiarla de manera fuerte. Sin embargo, la evidencia científica acumulada en los últimos años demuestra exactamente lo contrario: cuanto antes comienza la educación de calidad, mayores son las oportunidades futuras de los niños y más beneficios obtiene toda la sociedad.
La primera infancia no es una etapa preparatoria
Es el momento donde se forman las bases cognitivas, emocionales y sociales que acompañarán a una persona durante toda su vida. Allí se desarrolla el lenguaje, la capacidad de autocontrol, la empatía, la confianza, la sociabilidad y hasta las habilidades para resolver conflictos. Retrasar el acceso a experiencias educativas de calidad significa, muchas veces, consolidar desigualdades que luego serán mucho más difíciles y costosas de revertir. Una de las investigaciones más importantes sobre este tema fue realizada por los economistas Raj Chetty, John Friedman y otros investigadores de Harvard y del National Bureau of Economic Research en el famoso estudio “How Does Your Kindergarten Classroom Affect Your Earnings? Evidence from Project STAR”. Allí siguieron durante décadas a más de 11.500 niños escolarizados tempranamente en Tennessee, observando cómo la calidad educativa en los primeros años impactaba directamente en su vida adulta.
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Los resultados son contundentes
Los niños que tuvieron mejores experiencias educativas en la primera infancia obtuvieron mayores ingresos económicos en la adultez, mayores tasas de acceso universitario, mejores niveles de ahorro, más posibilidades de adquirir vivienda y mejores indicadores de estabilidad social. Pero quizás el hallazgo más importante es otro: muchas de estas mejoras no se explican solamente por el aumento del rendimiento académico. Los investigadores descubrieron que las experiencias educativas tempranas fortalecen las llamadas “habilidades no cognitivas”: la perseverancia, el esfuerzo, la iniciativa, la capacidad de convivir y la disminución de conductas disruptivas. Es decir, la escolarización temprana no solo mejora notas; forma mejores ciudadanos.
Aquí aparece un punto central del debate contemporáneo: la educación inicial no es únicamente un beneficio individual, sino un bien social. Cuando un niño desarrolla conductas prosociales desde pequeño, toda la comunidad se beneficia. Hay menos violencia, menos abandono escolar, menos criminalidad y más cooperación social. El propio estudio Project STAR encontró que los alumnos que se escolarizaron a temprana edad tuvieron más probabilidades de terminar la secundaria y acceder a estudios superiores.
Por eso, reducir la discusión a la “libertad de elección” de los padres resulta insuficiente. Una sociedad no puede desentenderse de aquello que afecta directamente al bien común. El liberalismo extremo suele concebir la educación únicamente como una decisión privada y un consumo familiar. Pero la realidad muestra que la educación temprana produce externalidades positivas para toda la comunidad y el bien común de la sociedad. Un niño bien estimulado y acompañado desde los dos años no solo tendrá mejores oportunidades personales: también será, probablemente, un adulto más integrado, más feliz y más capaz de convivir socialmente.
La educación temprana produce el bien común
La paradoja es evidente. Los mismos sectores que luego reclaman seguridad, productividad económica y reducción de la pobreza muchas veces se oponen a las políticas públicas más eficaces para lograrlo. Y las investigaciones muestran que pocas inversiones son tan rentables socialmente como la educación inicial. El economista James Heckman, premio Nobel, sostiene desde hace años que cada dólar invertido en primera infancia retorna multiplicado en menores gastos futuros en asistencia social, cárceles y fracaso escolar.
Además, la escolarización temprana es una herramienta decisiva para combatir la desigualdad. Los hogares con mayores recursos ya ofrecen espontáneamente estímulos culturales, lingüísticos y emocionales desde edades muy tempranas. El problema aparece cuando los niños de sectores vulnerables no acceden a esas oportunidades. Allí el jardín maternal y el nivel inicial cumplen una función irremplazable de igualación social, compensando las desigualdades de origen. Negarse a universalizar o subsidiar fuertemente estos espacios termina consolidando una sociedad donde el destino de un niño queda determinado desde la cuna. Es una política no de igualdad formal sino de equidad educativa, dándoles más a los que menos tienen.
No se trata de “depositar” niños en instituciones
La clave está en la calidad educativa, el acompañamiento afectivo y efectivo, la formación docente y la articulación con las familias. Escolarizar tempranamente no significa reemplazar a los padres, sino complementar y enriquecer el desarrollo infantil en una etapa decisiva. La verdadera libertad no consiste en abandonar a cada familia a sus posibilidades económicas desiguales, sino en garantizar que todos los niños, independientemente de su origen social, tengan oportunidades reales para desarrollar sus talentos. Cuando el Estado asegura educación temprana de calidad, no limita la libertad: la hace posible. En este punto resulta fundamental que el Estado sea garante de la educación y subsidiario para que todos tengan acceso.
Las sociedades más inteligentes entendieron hace tiempo que la primera infancia no puede esperar. Porque cada año perdido en la vida de un niño es una oportunidad que difícilmente vuelva. Y porque detrás de cada política de educación inicial hay algo mucho más profundo que una discusión pedagógica: hay una idea de qué sociedad queremos construir.
La obligatoriedad de la educación o al menos la opción posible para todos, debería ser desde los 2 años de edad.
* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.