Perdón, Indio... pero hoy no es un día hermoso
La noticia de la partida del Indio Solari dejó a millones de fanáticos incrédulos. En mi caso, soy uno de ellos.
El Indio Solari falleció a los 77 años de edad y dejó a miles de fanáticos desolados.
NAEste viernes 5 de junio de 2026 no es uno más en Argentina. Generalizar es odioso y, normalmente, uno tiende a estar en contra de caer en ese lugar. Pero, en este caso, me permito “caer en esa”. Quizás lo más correcto sería decir que “para mí, no es un día más”, pero el fallecimiento de una figura tan emblemática como la de Carlos Alberto el Indio Solari trasciende generaciones, estatus social y cualquier tipo de ideologías. Para bien y para mal.
Eran cerca de las 9:40 cuando me sonó el celular. Era mi hermano. “Parece que se murió el Indio”, decía su escueto mensaje. Ni siquiera me tomé el tiempo de responderle. Tomado desprevenido, me aparté a un costado de la vereda y entré a distintos portales de noticias. Nada. Ingreso a “X” y los rumores ya corrían. Indio, perdón por el atrevimiento, pero sólo los rumores ya fueron “todo un palo”. Tal vez me dirías que es “superlógico”, o no… pero, ¿cómo no sentirme así? Cuando se va una persona que marca tanto la vida de otros y que tiene una sombra tan alargada, el estupor emerge con la fuerza de un rayo.
Los inicios de un ricotero
No tuve la suerte de ver en vivo a los Redondos, tengo 36 años. De hecho, en 2001, cuando la mítica banda liderada por el Indio y Skay brindaban su último show en Córdoba yo ni siquiera era consciente de su existencia. No vengo de una familia ricotera. De hecho, ahora que lo pienso, ya no recuerdo cómo llegaron los Redondos a mi vida. Tal vez fue mi primo Leandro, fanático de la banda, o algún tema que sonó en la radio. Sí sé que el dúo Solari-Beilinson me acompañaron siempre desde mi adolescencia.
A partir de la secundaria, mis carpetas se llenaron de frases de temas ricoteros, garabatos de dudosa calidad en los que intentaba imitar al genial Rocambole, o dibujos del mítico “PR”, el emblemático logo del sello discográfico de Patricio Rey. En esa época, incluso, tenía mis cruzadas y eternos debates con mis amigos del colegio. Ellos, detractores a ultranza del Indio y Skay, yo acérrimo defensor de ellos. Por aquellos años, uno de mis mejores amigos liquidaba al Indio y Skay por su falta de “virtuosismo”. Claro, él -metalero de ley- gustaba de solos de guitarra ostentosos y gritos guturales. Yo, en cambio, disfrutaba de la siempre compleja prosa del Indio y de la sobriedad de Skay.
Mi entrada en el mundo ricotero fue fortuita y posiblemente explique en parte algo inexplicable: el fenómeno ricotero. Ese fenómeno que derriba cualquier barrera. Aún sin un aparato mediático y de marketing tradicional detrás. Porque Los Redondos llegaron a ser la banda más convocante del país sin hacer publicidad, sin contar con el apoyo de un sello discográfico. Sólo se nutrieron del boca a boca. De ese modo pasaron de presentarse en bares a realizar multitudinarias “misas” en estadios repletos.
El recuerdo del paso del Indio por Mendoza
Este rasgo convocante lo mantendría el Indio en su etapa como solista. Ya sea por estudio, trabajo o incluso cuestiones económicas, no había podido asistir a una “misa” hasta los 23 años. No me defino como una de esas personas que hacen locuras por fanatismo. Afortunadamente, el destino quiso que el Indio Solari y su nueva banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, desembarquen en Mendoza. Era la primera vez que el icónico músico pisaba tierras mendocinas. No me podía perder la oportunidad de ir. Para ello, hablé con un primo y nos mandamos.
Conseguir entrada fue complejo: hubo que acampar en las calles del centro mendocino. En aquella época el frio intenso. Recuerdo que una noche, mientras hacíamos fila, nevó incesantemente y la Plaza España. El único calor que había provenía del fuego de unos tachos dispuestos al costado de la vereda. Alrededor de ellos se agolpaba la multitud a calefaccionarse, compartir alguna bebida espirituosa y bailar al son de la canción de turno. No importaba el frío. Tampoco importaron los gases lacrimógenos que tiró la Policía al otro día cuando parecía que se desmadraría todo cuando circuló el rumor de no quedaban entradas. Pese a todo eso, conseguí la entrada. La mía y la de mi hermano menor, al que -a su tiempo- también le llegó la locura por los Redondos.
El día del recital, en el Autódromo Ángel Pena de San Martín, vi una multitud que nunca había visto antes. La “misa” no era sólo el recital en sí. Era la peregrinación previa, el asado con los amigos, encontrarse con gente de distintas edades y clases compartiendo un asado. En el medio de la muchedumbre hasta vi a un antiguo profesor, Mariano… quién lo diría, el siempre impecable docente, que siempre vestía de traje, estaba recostado sobre el baúl de un auto tomando una cerveza del pico y vendiendo Fernet. Eso era el Indio.
El parque Agnesi no tenía un solo lugar disponible, estaba completamente repleto. En mi vida creí que tanta gente podría congregarse en un solo lugar. Vi banderas de distintos clubes de fútbol, de provincias, y hasta de Uruguay. Es verdad, el ingreso fue caótico (como solía pasar en los recitales de los Redondos y del Indio), pero hay que ser realistas… controlar a semejante masa es poco menos que imposible. Con el tiempo, tuvieron que liberar las entradas.
“Hay 100.000”, “No, somos 120.000”, "Callate, dicen que somos 250.000”, eran las voces que se escuchaban durante esa noche, que se encendió por completo cuando empezó a sonar Luzbelito y las sirenas y que para agregarle épica tuvo el acompañamiento especial de una llovizna incesante que comenzó prácticamente al mismo tiempo en el que el Indio cantaba Pabellón Séptimo. Ese 14 de septiembre de 2013 queda grabado en mi retina. Sólo una vez volvía (en persona) tanta gente reunida en un solo lugar: un año después en el mismo lugar y… en un nuevo recital del Indio. En esta misa, en 2014, ya comenzaban a notarse los estragos de su enfermedad, ese mal de Parkinson que oficializaría algunos años después durante un recital y que lo acompañaría hasta el final de sus días.
Del ocaso a la inmortalidad
Los años fueron pasando, la enfermedad iría avanzando y el Indio comenzaría de a poco a alejarse de los escenarios. Las misas cada vez serían más espaciadas hasta que finalmente dijo basta y se recluyó en su hogar, donde seguía pendiente de su banda y de lo que pasaba en el país y el mundo.
Pero incluso en su ocaso tuvo tiempo para una última genialidad. En etapa pospandemia, allá por el 2021, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado brindaron un show que se transmitió gratis por su canal de YouTube. Era sin público, y ya sin el Indio en el escenario. Sin embargo, en un momento dado, el icónico cantante apareció en una pantalla para presentar un nuevo tema. Uno que tiene un tono nostálgico y cargado de melancolía: Encuentro con un ángel amateur. “Un ángel sonso, amateur, me condenó al paraíso. Solo me falta saber la fecha y el lugar, y allí iré cantando”, entona el Indio. Hoy, puede leerse como una carta de despedida. Ese fue el gran canto del cisne de un músico que hoy pasó a la inmortalidad.
Justamente anoche, en una juntada, aquel amigo que durante nuestra adolescencia despotricaba contra el Indio y los Redondos, de la nada y casi tomándome desprevenido lanzó una frase que hoy me resuena con más fuerza. "El Indio es el músico más grande de la Argentina, nadie tuvo su impacto", dijo. Palabras más, palabras menos. Hoy, en cierto punto, siento que hasta puede haber sido premonitorio su comentario. Al final, hasta el más acérrimo detractor del Indio se rendiría ante él.
Este viernes nos dejó una de las figuras más grandes en la historia de la cultura popular de Argentina que, con sus aciertos y errores, contribuyó a forjar la identidad de millones de personas que lo siguieron a lo largo de su carrera.
Con el paso de los minutos miles de fanáticos desolados y huérfanos se apostaron en las inmediaciones de la casa en la que el Indio pasó sus últimos días para mostrar sus respetos a un músico que siempre fue contestatario, frontal y que, a su manera, nunca tuvo reparos en expresar lo que pensaba. Le gustara a quien le gustara.
En lo personal, esta vez me voy a tomar el atrevimiento de contradecirte: nuevamente, perdón por el atrevimiento, Indio, pero… maldición, esta vez, no es un día hermoso.



