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Parcialmente nublado, sin cambios bruscos de temperatura

No solo el pronóstico del clima le pifia, la vida también, a veces, nos da un chubasco inesperado


La mujer iba pasando por la vereda, más ocupada en su celular que en el entorno que la rodeaba; para nada preocupada por las hojas de los árboles que, secas de otoño, tapizaban la vereda y crujían a su paso, como presagiando un desenlace cruel. Pero de todos modos y a pesar de su tradicional despiste, al pasar frente a la ventana del café de la esquina, la vio.

Ella estaba allí, adentro, en la mesa que daba a la calle, tomando un tecito tranquilamente, sola y como abstraída de la realidad. El primer impulso de la caminante, además del de repulsión interna, fue seguir su rumbo como si nada; pero no pudo con su genio, y volvió sobre sus pasos: entró al café y se le sentó en la mesa, de frente, sin saludar ni pedir permiso, atrayendo instantáneamente la atención de la otra mujer, a la que directamente increpó:

-¿Sabés quien soy yo?

-No.

-Soy a la que le intestaste robar la pareja, pero verás que no te salió, sigo con él, a pesar de tus intentos miserables de romper nuestra relación.

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Las hojas de los árboles, secas de otoño, tapizaban la vereda y crujían a su paso (Imagen.

La mujer que hasta hacía solo unos pocos segundos estaba preocupada por su simple té, se reacomodó en la silla, observó preventivamente que no hubiera objetos punzantes en el entorno (porque al final nunca se sabe) y con más pena que gloria respondió:

-Yo no te intenté robar nada. Cuando lo conocí, no sabía que tenía pareja.

-¡Pero seguiste con él después de enterarte!

-Si. Para ese entonces ya estaba profundamente enamorada. ¿Qué podía hacer?

-Dejar de destruir parejas ajenas, eso podrías haber hecho.

-Te repito, no destruí nada, y la verdad es que a vos recién te conozco, no te ofrecí nunca amor eterno ni fidelidad, a diferencia de él, al que tengo entendido que, aunque te engañó, perdonaste de todos modos…

-Claro que lo perdoné, si es mi amor, no lo iba a dejar para que vos lo aprovecharas…

-También era mi amor, mirá que cosa. Y yo no quería aprovecharlo, solo pasar la vida con él.

Había entrado al café hacía tan solo unos pocos minutos, pero estaba ya más incómoda que tranquila, y quizá arrepintiéndose de haber ingresado a ese recinto; pero ya era tarde, y su compañera de amores le siguió contestando:

-Si a él, que te había ofrecido amor y fidelidad y no te cumplió, lo perdonaste, ¿por qué te la agarrás conmigo? Yo soy solo otra víctima más de sus caricias.

-Es que…

-Es que te resulta más fácil enojarte con quien no conocés, ¿no es cierto? Perdonás al responsable y acusás a otra de sus víctimas. Lamento cada día haberlo perdido, pero en el fondo me alivia el no tener que estar pensando que me hace lo mismo que te hizo a vos, qué querés que te diga. Es muy triste este desamor que siento, pero no es el peor de los mundos. Peor sería, creo, porque la verdad es que no lo sé, estar angustiada cada vez que se pasa un par de horas sin aparecer por los lugares comunes, o cuando pone un like en la foto de alguna mujer, o cuando el whatsapp le aparece activo a las tres de la mañana. Qué querés que te diga. En mi tristeza, creo que entre nosotras dos, yo soy la que tengo el mal menor. Y eso que lo extraño…

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Se le sentó en la mesa, atrayendo instantáneamente la atención de la otra mujer, a la que directamente increpó.

La recién llegada miró por la ventana. Al parecer, hacía ya un rato que observaba pasar la vida por la calle, pero no se había dado ni cuenta, hasta este momento. Las hojas seguían cayendo de los árboles al compás del vientito, mientras en una radio de fondo se escuchaba que el tiempo seguiría parcialmente nublado sin cambios bruscos de temperatura.

Se paró en silencio y salió a la vereda, para continuar su camino desde donde lo había dejado hacía tan solo unos pocos minutos atrás. Nunca se habría imaginado que el pronóstico podría estar tan, pero tan equivocado.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez