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Nicolás Ucha perdió un brazo en un accidente, volvió a empezar y hoy impulsa el fútbol inclusivo

Nicolás Ucha reconstruyó su vida tras un accidente brutal y transformó su historia en un ejemplo de esfuerzo y superación.


La vida de Nicolás Ucha cambió para siempre en cuestión de segundos. Tenía una rutina organizada, un trabajo estable, una familia formada y una pasión intacta por el deporte. Pero un accidente en la autopista, cuando volvía de Córdoba para pasar Semana Santa con los suyos, lo enfrentó de golpe con otro destino.

Lo que siguió fue una pelea larga: internaciones, rehabilitación, dolor, adaptación y aprendizaje. En ese camino, el sostén de su mujer, sus hijos, sus padres y sus amigos fue decisivo. Con el tiempo, además de volver a trabajar y manejar, Nicolás transformó esa experiencia en motor para seguir ligado al fútbol y abrir espacios de inclusión.

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Entrevista Nicolas Ucha

-¿Qué pasó en ese viaje que te cambió la vida para siempre?

-Yo estaba trabajando en una obra en Córdoba para una empresa familiar. Hacía un mes y medio que estaba allá y justo se juntaban los feriados de Semana Santa, así que aproveché para volver y pasar esos días con mi familia. La idea era venir, almorzar el domingo de Pascua con todos y después volverme. Lo tenía todo organizado, todo planificado, como era mi forma de vivir en ese momento. Venía con el trabajo ordenado, con mi familia, con mi rutina, con todo bastante encaminado. Pero en la autopista 9, a la altura de Morrison, pasó lo inesperado. Veníamos por el carril rápido y un camión iba con el acoplado vacío. Nosotros no llegamos a pasar y quedamos trabados abajo. Ahí cambió todo. Fue un segundo que me cambió la vida para siempre. Es una marca que va a quedar para el resto de la vida, no solo para mí, sino también para toda mi familia.

-¿Qué recordás de ese momento y de las horas posteriores al accidente?

-La verdad es que yo no recuerdo nada del accidente en sí. No tengo memoria del momento del impacto ni del sufrimiento de esas primeras horas. Todo eso me lo fueron contando después. Y cuando te lo cuentan, entendés realmente la gravedad de lo que pasó. Los bomberos voluntarios de Morrison fueron fundamentales. Tengo cicatrices en la cabeza, en la cara, y gran parte de lo que hoy puedo contar tiene que ver con el trabajo que hicieron ellos para sacarme y mantenerme con vida. Llegué al hospital muy mal. Tenía hemorragia en el brazo, hemorragia en la cabeza, el pulmón perforado. Prácticamente llegué agonizando. Me contaron que casi pedía que me salvaran por mi familia, por mi nene, por Vero, por mis amigos. Son detalles muy fuertes que uno después va reconstruyendo de a poco, cuando te los cuentan médicos, familiares o gente que estuvo ahí. Yo siempre digo que los que más sufrieron fueron los de alrededor, porque yo de ese momento no tengo conciencia real.

-¿En qué momento entendiste la dimensión de la lesión y la amputación?

-Eso también lo fui entendiendo con el tiempo. Como me dijo el médico, ellos prácticamente terminaron de cortar nada más, porque el brazo había quedado apenas sostenido por la piel y el hueso estaba molido. Yo pregunté si había alguna posibilidad, si había chance de salvarlo, pero me dijeron que no, que estaba todo destruido. Escuchar eso fue durísimo, aunque en ese momento uno está peleando por sobrevivir y recién después puede dimensionar lo que significa. Primero estuve internado en Córdoba y no me podían trasladar hasta que me estabilizaran. Estuve aproximadamente un mes hasta que lograron hacerlo y recién ahí me trajeron al Italiano, en Buenos Aires, donde seguí internado otros 25 días. Fue una etapa muy dura, no solo por lo físico sino también por todo lo que implicaba empezar a asumir que mi vida iba a ser distinta y que iba a tener que aprender a vivir de otra manera.

A mi hija le cambié los pañales con una sola mano

A mi hija le cambié los pañales con una sola mano.

-¿Quiénes fueron tu sostén en ese proceso de recuperación?

-Sin dudas, mi familia y mis amigos. Siempre nombro a Vero, a mis viejos, a mis hijos, a mis amigos, porque fueron los que estuvieron ahí de verdad. Vero estaba al lado de la camilla, junto con mi viejo, todos los días. Se instalaron en Córdoba durante todo el tiempo que estuve internado y después también vinieron conmigo en el avión sanitario a Buenos Aires. Mis amigos iban los fines de semana. Toda esa red de afecto estuvo presente todo el tiempo. Yo tal vez no era del todo consciente por la medicación, por el estado en el que estaba, por todo lo que estaba atravesando, pero esas cosas llegan igual. Inconscientemente, uno siente ese apoyo. Después me contaban que me hablaban, que me ponían canciones de Quilmes, y yo soñaba que estaba en la cancha con mis amigos y con mi familia. Todo eso me ayudó. Por eso digo que los que más sufrieron fueron ellos, porque me sostuvieron incluso en momentos en los que yo no podía sostenerme solo.

-¿Cuándo sentiste que hiciste el click para empezar a salir adelante?

-Creo que uno de los momentos clave fue cuando mi viejo, ya en Buenos Aires, me mostró las fotos de cómo había quedado la camioneta. Yo le dije que sí, que quería verlas. Y cuando vi el estado en el que había quedado, pensé: “¿Cómo salí vivo de acá?”. Ahí hubo un click. Fue como un puntapié inicial. No te sé explicar bien por qué, pero ver eso me hizo tomar verdadera dimensión de que estaba vivo y de que, a pesar de todo, tenía una oportunidad. Después vino lo otro: el apoyo de los míos, las ganas de volver, la cabeza tratando de acomodarse a una nueva realidad. No fue fácil, para nada. No es que un día te levantás y ya está. Es un proceso. Pero sí creo que ese momento fue muy importante para empezar a mirar para adelante. A partir de ahí empecé a entender que había sobrevivido por algo y que tenía que hacer el esfuerzo para reconstruirme.

-¿Cómo fue volver al trabajo, manejar y recuperar una vida cotidiana?

-Yo quería volver a trabajar enseguida. A los tres meses ya tenía ganas de retomar, porque había hecho una rehabilitación muy buena y sentía esa necesidad de volver a sentirme útil, de reencontrarme con mi rutina. Pero había protocolos que cumplir porque el accidente había sido laboral, así que tuve que completar un año de rehabilitación antes de volver formalmente. Igual, apenas me dieron el alta, a la semana ya le dije a mi viejo que me llevara a la empresa. Necesitaba estar ahí. Con manejar me pasó algo parecido. A mí me encanta manejar, siempre me gustó mucho. Los primeros años manejé autos con caja manual y después pasé al automático. Fui recuperando de a poco esa autonomía. También con el registro fue todo gradual: primero me lo renovaban cada un año, después cada dos, después cada tres, hasta volver al plazo normal. Fue un proceso largo, con adaptación, con pruebas, con miedos y con esfuerzo, pero pude volver a tener una vida completamente normal. Y eso para mí fue muy importante.

-¿Qué lugar ocupó el fútbol en tu nueva vida y cómo llegaste al deporte adaptado?

-El fútbol siempre fue una parte central de mi vida. Yo siempre digo que mi vida era una pelota. Dormía con la pelota, me despertaba con la pelota, iba al colegio a jugar a la pelota y salía del colegio pensando en volver a jugar. Era una pasión total. Después del accidente seguía estando eso adentro, pero había que encontrar la manera. Seis años después, en un control, una médica fisiatra me preguntó por qué no me metía en el fútbol para amputados. Yo me reí y le dije que seguro me iba a mandar al arco. Y así fue. Me explicó que los amputados de miembro superior son los que atajan y me pasó el contacto de Damián Pulgar. Lo busqué, lo encontré, hablé con él y me invitó a entrenar. Cuando me dijo “venite y vemos si te gusta”, yo ya estaba convencido. Fui y me compré botines. En ese momento estaba pasado de peso, no estaba en mi mejor estado físico, pero eso me cambió la cabeza. Volví a competir, llegué a jugar a nivel nacional y también en la Selección. Después me alejé por diferencias con la Federación, pero incluso de eso traté de sacar un aprendizaje.

De todo lo malo siempre algo bueno queda

De todo lo malo siempre algo bueno queda

-¿Qué te dejó toda esta experiencia y qué le dirías hoy al Nicolás de antes del accidente?

-Le diría que se prepare para algo muy duro, pero también que se quede tranquilo, porque de todo lo feo y de todo lo malo va a sacar algo bueno. Le diría que va a salir adelante, aunque al principio no lo vea. Que es un proceso largo, de mucho esfuerzo, de mucha paciencia y de no bajar los brazos. También le diría que trate de no agarrársela con los seres queridos, porque son los que siempre están ahí y muchas veces terminan recibiendo los golpes del dolor, de la bronca o de la impotencia. Esta experiencia me dejó muchas enseñanzas. Me dejó claro que los seres queridos ayudan muchísimo, pero que la última palabra siempre la tiene uno. También me enseñó a valorar más las bases: la familia, los afectos, la gente que está de verdad. Y me permitió transformar algo doloroso en algo útil para otros. Después de salir del fútbol para amputados fundé el Departamento de Discapacidad en Quilmes, me involucré en el deporte inclusivo y hoy trabajo para abrir espacios y generar oportunidades. Eso también es una manera de salir adelante.