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Mutaciones del sujeto en tiempos de la Inteligencia Artificial

La Inteligencia Artificial revive temores que ya surgieron con la Revolución Industrial: perder trabajo, identidad y relevancia social.


La irrupción de la Revolución Industrial y el avance contemporáneo de la Inteligencia Artificial parecen pertenecer a mundos distintos. Sin embargo, ambas comparten algo decisivo: producen un temblor profundo en la manera en que el ser humano se piensa a sí mismo y en la forma en que imagina su futuro. No son solamente transformaciones técnicas. Son cambios de época que despiertan fascinación, incertidumbre y, sobre todo, miedo.

Cada gran revolución tecnológica confronta a las sociedades con una experiencia difícil de tramitar: la sensación de que aquello que durante décadas organizó la vida puede desaparecer de manera abrupta. Durante la Revolución Industrial, miles de trabajadores vieron cómo las máquinas comenzaban a realizar tareas que antes dependían exclusivamente de la habilidad humana. El artesano, que había construido su identidad alrededor de un oficio aprendido y transmitido generacionalmente, descubría de pronto que una máquina podía producir más rápido, más barato y en mayor cantidad. No era solamente una pérdida económica. Era también una herida subjetiva. Porque detrás de cada oficio desaparecido había una manera de vivir y de otorgarle sentido a la propia existencia.

Con la revolución industrial llegaron las máquinas

Ese mismo clima parece reaparecer hoy frente al desarrollo de la Inteligencia Artificial, aunque trasladado desde el terreno manual hacia el territorio intelectual y simbólico. Si durante la Revolución Industrial el miedo era perder el trabajo físico frente a la máquina, en la actualidad la inquietud alcanza profesiones que históricamente parecían protegidas por la inteligencia humana: docentes, periodistas, diseñadores, abogados, programadores, traductores, escritores o incluso profesionales de la salud comienzan a preguntarse hasta qué punto ciertas tareas podrán ser realizadas por sistemas algorítmicos con mayor velocidad y menor costo.

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Cada gran revolución tecnológica confronta a las sociedades con una experiencia difícil de tramitar.

Y allí aparece una de las emociones más características de los cambios de época: el temor a volverse innecesario. La angustia no surge únicamente de la posibilidad concreta de perder un empleo, sino de algo más profundo que es la sospecha de que aquello que daba identidad y reconocimiento social podría dejar de tener valor. Tanto en el siglo XIX como en el presente, la tecnología produce una experiencia de desorientación porque altera las coordenadas conocidas del mundo laboral y obliga a las personas a redefinirse permanentemente.

La tecnología produce desorientación

Por eso, las reacciones frente a estos procesos suelen oscilar entre el entusiasmo y la resistencia. La Revolución Industrial prometía progreso, riqueza y modernización, pero también generó temor, rechazo y violencia social. En Inglaterra apareció entonces el llamado Movimiento Ludita, integrado principalmente por obreros textiles y artesanos que destruían máquinas industriales porque percibían que aquellas innovaciones amenazaban directamente su existencia y sus oficios podían llegar a desaparecer. Lejos de ser simples enemigos irracionales de la tecnología, los luditas expresaban el miedo de trabajadores que observaban cómo un sistema económico nuevo comenzaba a volver prescindible el saber que durante generaciones había definido su identidad.

El nombre del movimiento proviene de una figura casi legendaria: Ned Ludd. Según la tradición, habría sido un joven obrero que destruyó un telar en un acto de rebeldía años antes del surgimiento del movimiento. No se sabe con certeza si realmente existió o si fue un personaje mítico construido colectivamente, pero su nombre se transformó en símbolo de resistencia. Muchos panfletos y amenazas enviados por los luditas aparecían firmados por “General Ludd” o “Rey Ludd”, como si se tratara del líder invisible de una rebelión obrera contra el avance descontrolado de las máquinas.

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La Revolución Industrial prometía progreso, riqueza y modernización, pero también generó temor, rechazo y violencia social.

Ned Ludd, un personaje mítico

Lo interesante es que el miedo ludita no era solamente económico. Había también una percepción muy clara de pérdida subjetiva. Lo que desaparecía no era únicamente una fuente de trabajo, sino una forma de vida. Con cada oficio que se volvía obsoleto, también se erosionaban comunidades y modos de transmisión cultural. Por eso el ludismo expresa algo que reaparece en todas las grandes transformaciones tecnológicas: el temor a que el progreso avance más rápido que la capacidad humana de adaptarse a él.

Y precisamente allí el paralelo con la Inteligencia Artificial resulta notable. Hoy muchas personas sienten que el problema no es únicamente perder empleo, sino perder relevancia. Profesiones que parecían asociadas a capacidades específicamente humanas comienzan a verse amenazadas por sistemas capaces de escribir textos, producir imágenes, programar, traducir o resolver tareas complejas en segundos. Del mismo modo que el artesano industrial veía cómo la máquina degradaba su saber, numerosos trabajadores contemporáneos experimentan la inquietud de que años de formación y experiencia puedan quedar súbitamente devaluados.

Existe además otra coincidencia importante

Los luditas fueron acusados de “enemigos del progreso”, del mismo modo que hoy muchas críticas hacia la Inteligencia Artificial son rápidamente descalificadas como miedo irracional al futuro. Sin embargo, en ambos casos las resistencias expresan legítimos interrogantes ¿quién se beneficia realmente de estas transformaciones? ¿quién paga el costo subjetivo y social del cambio?

Fue precisamente Max Weber quien advirtió que la modernidad industrial podía terminar encerrando al sujeto en una “jaula de hierro”, una estructura dominada por la racionalidad técnica o el cálculo permanente. En “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, Weber observaba que el progreso económico y tecnológico no necesariamente conducía a una mayor libertad humana. Por el contrario, el individuo podía quedar atrapado dentro de sistemas impersonales que organizaban la vida según criterios de productividad y control.

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Hoy muchas personas sienten que el problema no es únicamente perder empleo, sino perder relevancia.

La fábrica industrial fue una de las expresiones más visibles de esa racionalización moderna. Pero la Inteligencia Artificial parece radicalizar hoy aquel diagnóstico weberiano bajo formas mucho más sofisticadas e invisibles. Ya no se trata solamente de disciplinar cuerpos dentro de una fábrica, sino también de organizar decisiones, consumos, vínculos, deseos y modos de pensar mediante algoritmos que funcionan de manera automática y permanente. Allí donde la Revolución Industrial sometía al sujeto al ritmo de la máquina, la Inteligencia Artificial amenaza con someterlo al ritmo del cálculo incesante.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre ambos momentos históricos. La máquina industrial reemplazaba principalmente fuerza física. La Inteligencia Artificial parece avanzar sobre capacidades ligadas al lenguaje y a la producción simbólica. Eso vuelve el impacto subjetivo todavía más intenso. Cuando una máquina realizaba esfuerzo mecánico, el hombre conservaba la certeza de que pensar y crear seguía siendo un atributo exclusivamente humano. Hoy esa frontera se vuelve menos clara y, precisamente por eso, el miedo resulta más profundo.

La Inteligencia Artificial avanza sobre las capacidades

Desde una lectura vinculada al Psicoanálisis, podría decirse que ambas revoluciones enfrentan al sujeto con una pérdida de centralidad. Primero el hombre dejó de sentirse indispensable como fuerza productiva física; ahora comienza a preguntarse si también ciertas funciones intelectuales podrían dejar de pertenecerle exclusivamente.

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La Inteligencia Artificial parece avanzar sobre capacidades ligadas al lenguaje y a la producción simbólica.

La cuestión más importante tal vez no sea determinar qué profesiones desaparecerán, sino comprender que cada revolución tecnológica obliga a reorganizar el valor de lo humano. La Revolución Industrial transformó radicalmente el trabajo y dio origen al sujeto moderno organizado alrededor de la productividad y la eficiencia. La Inteligencia Artificial podría estar produciendo otra transformación aún más profunda: un mundo donde las personas ya no serán valoradas solamente por ejecutar tareas, sino por aquello singular que ninguna automatización puede reproducir completamente.

Tal vez por eso el miedo contemporáneo frente a la Inteligencia Artificial no sea únicamente miedo a la tecnología. En el fondo, es el mismo temor que atravesó a los obreros y artesanos de comienzos del siglo XIX: la sensación de que un mundo conocido se desvanece antes de que el nuevo termine de nacer, y la incertidumbre respecto de cuál será, allí, el lugar del ser humano.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.