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Manuel Belgrano y José de San Martín: los forjadores de la Independencia argentina

Belgrano y San Martín: los artífices que forjaron la Independencia argentina, desde 1810 hasta la histórica declaración.


La Declaración de la Independencia del 9 de julio de 1816 fue el resultado de un largo proceso político y militar en el que sobresalieron dos figuras fundamentales: Manuel Belgrano y José de San Martín.

Aunque nunca combatieron juntos en una gran campaña ni compartieron un mismo proyecto táctico, ambos comprendieron que la Revolución iniciada en 1810 sólo sobreviviría si era capaz de consolidar un Estado soberano y derrotar militarmente al Imperio español. Uno fue un abogado convertido en general por necesidad; el otro, un militar profesional formado en Europa que diseñó una estrategia continental. Sus caminos fueron distintos, pero terminaron convergiendo en un mismo objetivo: hacer posible la Independencia.

Manuel Belgrano: un revolucionario que aprendió a ser militar

Cuando estalló la Revolución de Mayo, Manuel Belgrano era uno de los intelectuales más respetados del Río de la Plata. Había estudiado Derecho en España, ejercía como secretario del Consulado de Buenos Aires y promovía reformas económicas, educativas y científicas inspiradas en las ideas ilustradas.

Sin embargo, la Revolución cambió por completo su destino.

La Primera Junta le encomendó dirigir expediciones militares pese a que carecía de formación castrense. Aceptó la responsabilidad convencido de que la defensa de la Revolución exigía asumir tareas para las que nadie estaba completamente preparado.

Su primera misión fue la campaña al Paraguay. Aunque terminó en derrota, dejó una enseñanza importante: la Revolución no podía imponerse únicamente por las armas, sino que debía construir legitimidad política en cada territorio.

Posteriormente asumió la conducción del Ejército del Norte, donde enfrentó el desafío más difícil de su carrera.

La Bandera, el Éxodo Jujeño y las victorias decisivas

En febrero de 1812, mientras reorganizaba sus tropas en Rosario, Belgrano creó la bandera celeste y blanca para distinguir a las fuerzas patriotas. Aún sin autorización formal del gobierno, comprendió la importancia de dotar a la Revolución de símbolos propios que fortalecieran la identidad de sus soldados.

Pocos meses después protagonizó uno de los episodios más trascendentes de la guerra: el Éxodo Jujeño.

Frente al avance del ejército realista, ordenó evacuar completamente la ciudad de San Salvador de Jujuy y aplicar una política de tierra arrasada. La medida implicó enormes sacrificios para la población civil, pero privó al enemigo de alimentos, animales y recursos.

Esa decisión permitió reorganizar al Ejército del Norte y obtener dos victorias que cambiaron el rumbo de la guerra.

La Batalla de Tucumán (24 de septiembre de 1812) detuvo el avance español cuando todo parecía perdido. Cinco meses después, la Batalla de Salta (20 de febrero de 1813) consolidó la recuperación patriota y elevó la moral revolucionaria en todo el territorio.

Aunque posteriormente sufriría las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, Belgrano había demostrado que el ejército revolucionario podía vencer a fuerzas veteranas del Imperio español.

Belgrano, un dirigente político además de militar

Reducir a Belgrano al papel de general sería un error.

Durante todo el proceso revolucionario fue también un dirigente político de enorme influencia.

En 1816 regresó de una misión diplomática por Europa y expuso ante el Congreso de Tucumán un diagnóstico contundente: el retorno de Fernando VII y la restauración absolutista hacían imposible cualquier reconciliación con España.

Su intervención reforzó la necesidad de declarar la Independencia.

También propuso establecer una monarquía constitucional encabezada por un descendiente de los incas, con capital en Cuzco. Aunque la iniciativa no prosperó, buscaba fortalecer la legitimidad americana y facilitar el reconocimiento internacional del nuevo Estado.

José de San Martín: el militar que pensó la Independencia continental

Mientras Belgrano construía la Revolución desde el Río de la Plata, José de San Martín llegaba a Buenos Aires con una experiencia completamente distinta.

Había servido durante más de veinte años en el ejército español y combatido contra las tropas napoleónicas. Su formación profesional le permitió comprender rápidamente las fortalezas y debilidades de los ejércitos revolucionarios.

Apenas desembarcó en marzo de 1812 creó el Regimiento de Granaderos a Caballo, una unidad organizada con criterios modernos de disciplina, entrenamiento y conducción.

Su bautismo de fuego ocurrió el 3 de febrero de 1813, en el Combate de San Lorenzo, una acción breve pero simbólica que confirmó la eficacia del nuevo cuerpo militar.

El encuentro con Belgrano y el nacimiento del Plan Continental

Después de las derrotas del Ejército del Norte en 1813, San Martín reemplazó a Belgrano en la conducción de esa fuerza.

El histórico encuentro entre ambos generales, tradicionalmente ubicado en la Posta de Yatasto —aunque parte de la historiografía sostiene que ocurrió en la cercana Posta de Algarrobos— simboliza el traspaso de una responsabilidad clave.

San Martín analizó rápidamente la situación y llegó a una conclusión que transformaría la estrategia revolucionaria.

Atacar repetidamente el Alto Perú significaba desgastar hombres y recursos sin resolver el problema principal.

La verdadera fortaleza española estaba en Lima.

Por eso diseñó el Plan Continental:

  • organizar un ejército en Cuyo;
  • cruzar la Cordillera de los Andes;
  • liberar Chile;
  • formar una escuadra naval;
  • atacar el Virreinato del Perú desde el océano Pacífico.

Era una estrategia de largo plazo que modificaba completamente el enfoque militar de la Revolución.

San Martín y la necesidad de declarar la Independencia

Mientras preparaba el Ejército de los Andes en Mendoza, San Martín insistió repetidamente ante el Directorio sobre la urgencia de declarar la Independencia.

Su razonamiento era claro.

No podía iniciar una campaña destinada a liberar otros territorios americanos en nombre de un gobierno que todavía no hubiera proclamado formalmente su soberanía.

Por eso apoyó decididamente la convocatoria al Congreso de Tucumán.

La declaración del 9 de julio otorgó legitimidad política a la expedición que cruzaría los Andes apenas seis meses después.

Dos liderazgos diferentes, un mismo objetivo

Belgrano y San Martín representaban perfiles muy distintos.

Belgrano era un intelectual, economista y abogado que aprendió el oficio militar en plena guerra.

San Martín era un militar profesional que comprendía la política como una herramienta indispensable para alcanzar objetivos estratégicos.

También diferían en sus estilos personales.

Belgrano privilegiaba la persuasión, la formación cívica y el compromiso moral.

San Martín destacaba por su disciplina, su planificación y su extraordinaria capacidad organizativa.

Sin embargo, ambos compartían principios fundamentales:

  • subordinaban los intereses personales al bien común;
  • concebían la guerra como un instrumento para lograr la independencia política;
  • entendían que sin instituciones sólidas la Revolución estaba condenada al fracaso.

Un legado inseparable

La historia suele presentar a Belgrano y San Martín como héroes individuales.

Sin embargo, el proceso independentista demuestra que sus aportes fueron complementarios.

Belgrano sostuvo la Revolución cuando parecía desmoronarse, organizó la resistencia en el norte y fortaleció la identidad política del movimiento emancipador.

San Martín transformó esa resistencia en un proyecto continental capaz de derrotar definitivamente al poder español en Sudamérica.

El Congreso de Tucumán declaró la Independencia gracias al trabajo de los diputados, pero esa decisión difícilmente habría sido posible sin las campañas militares de Belgrano, la resistencia de Güemes y la estrategia concebida por San Martín.