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Del Cabildo al Congreso de Tucumán: así fue el camino de la Revolución de Mayo hasta la Independencia

El camino de la Revolución de Mayo a la Declaración de Independencia en 1816, un recorrido de seis años de guerras y transformaciones.

El Cabildo Abierto de Mayo de 1810 formó el Primer Gobierno Patrio, pero Argentina tardó otros seis años en conseguir su Independencia.

El Cabildo Abierto de Mayo de 1810 formó el Primer Gobierno Patrio, pero Argentina tardó otros seis años en conseguir su Independencia.

La Declaración de la Independencia del 9 de julio de 1816 fue el resultado de un proceso político, militar e institucional iniciado con la Revolución de Mayo de 1810. Durante seis años, las Provincias Unidas del Río de la Plata enfrentaron conflictos internos, campañas militares y profundas transformaciones que modificaron para siempre el destino del antiguo Virreinato.

La proclamación realizada en el Congreso de Tucumán no constituyó una decisión aislada. Fue la culminación de una serie de acontecimientos que comenzaron cuando el Cabildo Abierto del 25 de mayo de 1810 destituyó al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y dio origen a la Primera Junta. A partir de entonces, el nuevo gobierno inició un camino lleno de incertidumbres, marcado por la necesidad de consolidar su autoridad sobre un territorio extenso y enfrentar la resistencia de las fuerzas realistas.

La Revolución de Mayo y el inicio del proceso revolucionario

El nacimiento de la Primera Junta representó un cambio político de enorme trascendencia. Encabezada por Cornelio Saavedra y con Mariano Moreno y Juan José Paso como secretarios, asumió el gobierno invocando la ausencia de una autoridad legítima en España, luego de que Napoleón Bonaparte obligara a abdicar al rey Fernando VII y colocara a su hermano José Bonaparte en el trono.

En ese contexto surgió el principio de la retroversión de la soberanía, según el cual, ante la ausencia del monarca legítimo, la autoridad regresaba al pueblo, que podía designar sus propios gobernantes hasta el restablecimiento de la Corona. Esa doctrina permitió justificar jurídicamente la creación de la Primera Junta sin declarar aún la ruptura formal con España.

Sin embargo, desde sus primeros días el nuevo gobierno comprendió que la revolución debía sostenerse también en el plano militar. El reconocimiento de las ciudades del antiguo Virreinato no estaba garantizado y numerosas autoridades permanecían fieles al Consejo de Regencia establecido en Cádiz.

Las primeras campañas militares

Con ese escenario, la Primera Junta organizó expediciones destinadas a consolidar el control del territorio.

Uno de los principales objetivos fue el Alto Perú, considerado estratégico tanto por su riqueza minera como por su importancia militar. Bajo el mando de Antonio González Balcarce y con Juan José Castelli como representante político, las tropas revolucionarias obtuvieron una primera victoria en Suipacha y ocuparon Potosí. Sin embargo, el avance terminó abruptamente con la derrota de Huaqui, en junio de 1811, que devolvió el control de la región a las fuerzas realistas.

Al mismo tiempo, Manuel Belgrano encabezó la campaña hacia Paraguay. La expedición enfrentó importantes limitaciones logísticas y concluyó con las derrotas de Paraguarí y Tacuarí. Aunque el objetivo militar no fue alcanzado, pocos meses después Paraguay inició su propio proceso emancipador, siguiendo un camino político independiente del de Buenos Aires.

Mientras tanto, en la Banda Oriental comenzaba a consolidarse el liderazgo de José Gervasio Artigas. Su triunfo en la Batalla de Las Piedras fortaleció el movimiento revolucionario en ese territorio y dio origen a un proyecto político federal que, con el paso de los años, profundizaría sus diferencias con el centralismo impulsado desde Buenos Aires.

Las primeras diferencias políticas

Las dificultades militares coincidieron con fuertes tensiones dentro del propio gobierno revolucionario. Dos sectores comenzaron a diferenciarse: uno, encabezado por Cornelio Saavedra, proponía una conducción más gradual; el otro, identificado con Mariano Moreno, impulsaba cambios políticos más profundos y rápidos.

La muerte de Moreno, ocurrida durante una misión diplomática en alta mar en 1811, no puso fin a esas diferencias. Por el contrario, las disputas continuaron mientras la revolución enfrentaba crecientes desafíos militares.

Ese mismo año comenzó a funcionar la Junta Grande, integrada por representantes enviados desde distintas ciudades del interior. La incorporación de nuevos diputados buscó ampliar la representación política del gobierno, aunque también hizo más compleja la toma de decisiones y profundizó los enfrentamientos internos.

Las derrotas militares, especialmente la sufrida en Huaqui, debilitaron el prestigio de la Junta Grande y precipitaron un nuevo cambio institucional. El 23 de septiembre de 1811 fue reemplazada por el Primer Triunvirato, integrado por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso.

Aunque el gobierno mantenía una conducción colegiada, gran parte de las decisiones quedó concentrada en Bernardino Rivadavia, secretario del Triunvirato. La nueva administración procuró fortalecer el poder central de Buenos Aires, reorganizar el ejército y conducir con mayor firmeza el proceso revolucionario. Sin embargo, esa orientación también incrementó las tensiones con varias provincias, que reclamaban una mayor participación política.

El Éxodo Jujeño y el cambio del rumbo militar

En 1812, el avance del ejército realista desde el Alto Perú obligó a Manuel Belgrano a adoptar una de las decisiones más trascendentes de toda la guerra. Ordenó evacuar completamente San Salvador de Jujuy y retirar junto al Ejército del Norte a la población, el ganado, los alimentos y todos los recursos que pudieran ser utilizados por el enemigo.

La medida, conocida como Éxodo Jujeño, implicó enormes sacrificios para la población civil. También estableció una estrategia de tierra arrasada destinada a impedir el abastecimiento de las tropas españolas.

A pesar del costo humano y económico, aquella decisión modificó el desarrollo de la campaña militar y preparó el escenario para uno de los triunfos más importantes de la Revolución.

1812: el año que cambió el rumbo de la Revolución

Mientras el Ejército del Norte intentaba contener el avance realista, un nuevo protagonista llegaba a Buenos Aires dispuesto a modificar el curso de la guerra. El 9 de marzo de 1812 arribó José de San Martín, después de más de dos décadas de carrera militar en el ejército español. Su experiencia adquirida durante las campañas contra las tropas napoleónicas le permitió introducir métodos modernos de organización, disciplina y estrategia que pronto tendrían un impacto decisivo en las Provincias Unidas.

Pocos días después de su llegada fue autorizada la creación del Regimiento de Granaderos a Caballo. Bajo su conducción, la nueva unidad se convirtió rápidamente en una de las fuerzas mejor preparadas del ejército revolucionario y sentó las bases para las campañas que años más tarde transformarían la historia de Sudamérica.

Mientras tanto, el norte seguía siendo el principal escenario del conflicto. Tras el Éxodo Jujeño, Manuel Belgrano recibió la orden de continuar la retirada hasta Córdoba. Sin embargo, consideró que abandonar Tucumán significaba dejar el camino libre a las tropas realistas y decidió desobedecer las instrucciones del gobierno.

El 24 de septiembre de 1812, el Ejército del Norte obtuvo una victoria decisiva en la Batalla de Tucumán. El triunfo frenó el avance español, fortaleció el prestigio de Belgrano y demostró que las fuerzas revolucionarias todavía podían imponerse en el campo de batalla. Además, consolidó a Tucumán como un punto estratégico que cuatro años después sería elegido para albergar el Congreso donde se declararía la Independencia.

La Revolución del 8 de Octubre y el Segundo Triunvirato

Los acontecimientos militares coincidieron con un nuevo cambio político en Buenos Aires. Diversos sectores revolucionarios cuestionaban la falta de definiciones del Primer Triunvirato y reclamaban un rumbo más decidido frente a España.

La Logia Lautaro, integrada entre otros por José de San Martín y Carlos María de Alvear, junto con la Sociedad Patriótica, impulsó el movimiento que el 8 de octubre de 1812 provocó la caída del gobierno.

El Segundo Triunvirato quedó integrado por Nicolás Rodríguez Peña, Antonio Álvarez Jonte y Juan José Paso, con el compromiso de convocar una Asamblea General que definiera el futuro institucional de las Provincias Unidas.

La Asamblea del Año XIII

En enero de 1813 comenzó a sesionar la Asamblea General Constituyente, conocida posteriormente como Asamblea del Año XIII. Aunque no declaró la Independencia ni sancionó una Constitución, aprobó una serie de medidas que marcaron un profundo cambio institucional.

Entre sus principales decisiones estuvieron la creación del Escudo Nacional, la adopción del Himno Nacional, la acuñación de moneda propia, la eliminación de los títulos de nobleza, la supresión de los instrumentos de tortura, la libertad de vientres y la abolición del tributo indígena y de la mita en los territorios bajo control revolucionario.

Estas reformas demostraban que el proceso iniciado en 1810 avanzaba hacia la construcción de una identidad política propia, aun cuando todavía persistiera la referencia formal al rey Fernando VII.

La Asamblea tampoco logró resolver las diferencias entre los distintos proyectos políticos. Las tensiones con los representantes vinculados a José Gervasio Artigas impidieron una mayor integración de las provincias del litoral y profundizaron la distancia entre las posiciones federalistas y el centralismo impulsado desde Buenos Aires.

Triunfos y derrotas en el campo de batalla

Mientras la Asamblea desarrollaba sus sesiones, la guerra continuaba.

El 20 de febrero de 1813, Manuel Belgrano obtuvo una contundente victoria en la Batalla de Salta, consolidando el prestigio alcanzado meses antes en Tucumán. Tras la rendición de las fuerzas españolas, permitió que los oficiales derrotados recuperaran su libertad bajo juramento de no volver a combatir contra las Provincias Unidas.

Sin embargo, el intento de recuperar el Alto Perú terminó nuevamente en fracaso. Las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, ocurridas durante ese mismo año, frustraron las aspiraciones revolucionarias sobre ese territorio y obligaron a replantear la estrategia militar.

En adelante, el objetivo principal dejó de ser avanzar hacia el norte para concentrarse en impedir nuevas invasiones realistas.

Ese mismo año, José de San Martín obtuvo su primera victoria en territorio americano durante el Combate de San Lorenzo. Aunque el enfrentamiento tuvo una escala reducida, confirmó la eficacia del recientemente creado Regimiento de Granaderos a Caballo y consolidó la figura del futuro Libertador.

El Directorio y una nueva estrategia militar

En 1814 la Asamblea decidió reemplazar el sistema de gobierno colegiado por una autoridad unipersonal. Así nació el Directorio y Gervasio Antonio de Posadas se convirtió en el primer Director Supremo de las Provincias Unidas.

El cambio buscaba agilizar la conducción política y militar en un momento particularmente complejo para la revolución.

Ese mismo año, José de San Martín reemplazó a Manuel Belgrano al frente del Ejército del Norte. Tras analizar la situación comprendió que insistir en nuevas campañas hacia el Alto Perú significaría repetir derrotas anteriores.

Fue entonces cuando comenzó a consolidar una estrategia completamente diferente.

Su proyecto consistía en organizar un ejército en Cuyo, cruzar la Cordillera de los Andes, liberar Chile y, desde allí, lanzar una expedición naval hacia Lima, principal centro del poder español en América del Sur.

Conocido posteriormente como el Plan Continental, ese proyecto transformaría la guerra por la independencia y convertiría a San Martín en uno de sus principales protagonistas.

El regreso de Fernando VII modificó el escenario

Mientras tanto, los acontecimientos europeos alteraban profundamente la situación política americana.

La derrota de Napoleón permitió el regreso de Fernando VII al trono español en 1814. El monarca restableció el absolutismo y anuló las reformas impulsadas durante la ocupación francesa.

La consecuencia para las Provincias Unidas fue inmediata. Desaparecía la posibilidad de seguir gobernando invocando la autoridad del rey cautivo. La ruptura definitiva con España comenzaba a presentarse como una decisión inevitable.

1815: la crisis que aceleró la decisión

Cinco años después del inicio de la Revolución de Mayo, las Provincias Unidas atravesaban uno de los momentos más complejos de todo el proceso revolucionario. Las dificultades económicas, las disputas políticas, las derrotas militares y el nuevo escenario internacional evidenciaban la necesidad de adoptar una definición institucional definitiva.

El golpe más duro llegó el 29 de noviembre de 1815 con la derrota del Ejército del Norte en la Batalla de Sipe Sipe, también conocida como Viluma. El revés significó la pérdida definitiva del Alto Perú y obligó a modificar nuevamente la estrategia militar. Desde entonces, la prioridad pasó a ser la defensa del territorio frente a posibles invasiones españolas.

La crisis también alcanzó al gobierno. Carlos María de Alvear, que había asumido como Director Supremo ese mismo año, renunció pocos meses después tras enfrentar una fuerte oposición política y militar. Su caída reflejó la fragilidad institucional que caracterizaba a las Provincias Unidas en un contexto de guerra permanente.

Mientras tanto, José Gervasio Artigas consolidaba la Liga de los Pueblos Libres, integrada por varias provincias del litoral que defendían un modelo federal y cuestionaban el predominio político y económico de Buenos Aires. Las diferencias entre ambos proyectos impedirían que esos territorios participaran posteriormente del Congreso de Tucumán.

San Martín y la necesidad de declarar la Independencia

Lejos de los enfrentamientos políticos de Buenos Aires, José de San Martín desarrollaba en Mendoza una tarea decisiva. Como gobernador intendente de Cuyo organizó talleres de armas, fundiciones, hospitales, depósitos de víveres y centros de entrenamiento para conformar el futuro Ejército de los Andes.

La preparación de esa fuerza militar requería no sólo recursos materiales, sino también una definición política. San Martín comprendía que una expedición destinada a liberar Chile y avanzar posteriormente hacia Perú debía ser emprendida por un Estado soberano y no por un gobierno que aún mantenía formalmente vínculos con la monarquía española.

En paralelo, el Congreso de Viena modificaba el equilibrio internacional tras la derrota definitiva de Napoleón. Las principales potencias europeas impulsaban la restauración de las monarquías y rechazaban los movimientos revolucionarios, un escenario que hacía cada vez más urgente la conformación de un Estado independiente con capacidad de buscar reconocimiento diplomático.

El Congreso de Tucumán

Durante los últimos meses de 1815 comenzaron las elecciones para designar a los diputados que integrarían un Congreso General. Finalmente, se decidió que las sesiones se realizarían en San Miguel de Tucumán, una ciudad ubicada estratégicamente entre Buenos Aires y el frente norte, además de representar un punto de encuentro para buena parte de las provincias participantes.

El Congreso inició sus deliberaciones el 24 de marzo de 1816 con representantes de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, San Juan, San Luis, Tucumán, Salta, Jujuy, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja y los territorios altoperuanos que aún permanecían vinculados a las Provincias Unidas.

No participaron la Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes ni Misiones, alineadas políticamente con el proyecto federal encabezado por Artigas.

Entre los principales objetivos del Congreso figuraban tres cuestiones centrales: declarar la independencia, organizar un gobierno estable y definir la futura forma del Estado.

Poco después del inicio de las sesiones fue designado Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón, quien brindó respaldo político y material al proyecto militar impulsado por San Martín, fortaleciendo la preparación del Ejército de los Andes.

El 9 de julio de 1816: el nacimiento de un nuevo Estado

El 9 de julio de 1816 los diputados reunidos en Tucumán aprobaron la Declaración de la Independencia, poniendo fin a un proceso iniciado seis años antes con la Revolución de Mayo.

La decisión representó la ruptura formal con la monarquía española y el nacimiento de un nuevo Estado en Sudamérica. No resolvió de inmediato las guerras, las diferencias entre proyectos políticos ni los desafíos institucionales que continuaban atravesando las Provincias Unidas, pero estableció un principio fundamental: desde ese momento el territorio dejaba de reconocer cualquier vínculo de subordinación con la Corona española.

La declaración fue el resultado de una compleja sucesión de acontecimientos que incluyó campañas militares en el Alto Perú, Paraguay y la Banda Oriental; victorias decisivas como Tucumán, Salta y San Lorenzo; derrotas que modificaron el rumbo de la guerra; cambios permanentes de gobierno; el surgimiento de nuevos liderazgos militares y políticos; y un escenario internacional que terminó haciendo inevitable la proclamación de la independencia.

Comprender ese recorrido permite dimensionar que el Congreso de Tucumán no marcó el inicio del proceso revolucionario, sino la culminación de una etapa iniciada en mayo de 1810. Durante esos seis años, las Provincias Unidas construyeron las bases políticas, militares e institucionales que hicieron posible la declaración del 9 de julio y abrieron una nueva etapa en la historia de la región.