Manuel Belgrano, el economista (y más)
El Manuel Belgrano economista y sus múltiples facetas: liberalismo, pragmatismo y un justo proteccionismo, en la pluma de Gustavo Capone.
Manuel Belgrano y su faceta de economista.
Tal vez pocos sepan que la biblioteca de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Córdoba lleva su nombre y que el día del graduado en Ciencias Económicas se festejó el 2 de junio, recordando aquel mismo día de 1794, fecha cuando Manuel Belgrano fue designado primer Secretario Perpetuo del Consulado de Buenos Aires.
El consulado era un espacio de absoluta relevancia en la importancia política de ese momento, y fundamental dentro de la estructura de los que tomaban decisiones determinantes, solo superado en la jerarquía de poder concreto por el virrey y las autoridades del cabildo.
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He aquí otra faceta del genial Belgrano: el economista. Podríamos sumarle otras actividades que Belgrano también realizó: abogado, militar, periodista, político, estadista, diplomático, escritor, intelectual, defensor del americanismo, admirador de Wolfgang Amadeus Mozart, gran jugador de ajedrez, lector de los primeros socialistas utópicos como Charles Fourier y Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon, abanderado de la Universidad de Salamanca y autorizado por el Papa Pio VI para tener exclusivo acceso a la “bibliografía prohibida”: los pensadores de la “ilustración” como Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Sieyès. Políglota y traductor (hablaba inglés, francés, italiano, latín y conocía dialectos nativos americanos como el guaraní y quichua), amante de la pintura y promotor de la Escuela de Dibujo (en la cual a su vez se inscribió como alumno), ferviente cristiano, propulsor de la educación pública (gratuita y obligatoria) y de la incorporación de la mujer al proceso educativo, fundador de la Escuela Náutica, precursor de la ecología y defensor del medio ambiente, propulsor de la Academia de Matemática.
Personaje único en la historia nacional; de los que además ponía el cuerpo a las situaciones complejas: participando activamente en las invasiones inglesas, miembro de la Primera Junta, General del Ejército del Norte, Jefe de la expedición al Paraguay, fundador de pueblos (Mandisoví y Curuzú Cuatiá), líder del éxodo jujeño, operador político en el Congreso de Tucumán. Inmortalizada su imagen al lado de mitos fundantes de argentinidad que llenaron las escuelas de la patria: “las damas de Ayohuma” o “el tambor de Tacuarí”; y ahí pegado, Belgrano. Tucumán, Salta, Vilcapugio, Ayohuma, guerra y batallas, y siempre Belgrano. Voz aflautada y convicción de hierro. El que donó sueldos para hacer escuelas. Millonario que murió pobre y solo. Amigo y confesor de San Martín. Padre, amante, injusta e inmerecidamente descalificado. El del retrato pintado por Carbonier. Creador de la Bandera Argentina. Ni después de muerto descansó; hasta le robaron los dientes.
Pero paralelamente a todo esto nombrado, y mucho más, también fue economista.
El economista (ahora sí)
Fue tan grande la incidencia de Manuel Belgrano (1770 -1820) en el proceso de la independencia argentina; y en paralelo, es tan fuerte la inigualable marca histórica que lo consagrará como el creador de la bandera nacional que todo lo otro generado por él pareciera que se convierte objetivamente en menor.
¿Algo más podríamos agregar? Sí. También es considerado el primer economista argentino. Será una vez designado primer secretario del Consulado de Buenos Aires desde donde empujará una serie de medidas marcadamente revolucionarias para la época y sobre todo, muy valientes, considerando que en ese tiempo todavía estábamos bajo la égida de la monarquía española y su cerrado régimen monopólico.
Fisiocracia, reforma agraria e industria nacional
Testigo directo de los sucesos revolucionarios europeos de 1789 y admirador de las ideas económicas de la época, se siente atraído por Adam Smith, padre del liberalismo, quien acababa de publicar “La Riqueza de las Naciones” (1776). Pero su máxima identificación fue con los “fisiócratas” como Francçois Quesnay (1694 – 1774), autor en 1758 de “Tableau Économique”; para muchos el pionero trabajo que intentó describir el funcionamiento de la economía de forma analítica y puede considerarse como la primera contribución importante al pensamiento económico.
Los fisiócratas potenciaban el desarrollo de la agricultura e identificaban gráficamente al Estado como un árbol, cuya raíz (lo sustancial) se referencia con el desarrollo agrícola, y su tronco y hojas (la consecuencia del desarrollo de raíz) con los beneficios y logros que la sociedad podía conquistar.
Inspirado en ese trabajo de Quesnay (“Tableau Économique”) y en sus conocimientos sobre derecho público, el pensamiento de Belgrano estará presente desde el primer momento en el incipiente periodismo rioplatense. Su actividad comenzó en el “Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata” que empezó a publicarse el 1 de abril de 1801 dirigido por Francisco Antonio Cabello y Mesa, contando entre sus columnistas, además de Belgrano, con el aporte de Juan José Castelli, Domingo de Azcuénaga y Julián de Leiva, alcanzando más de 200 suscriptores y llegando a publicar 110 números.
Belgrano también participó del periódico económico dirigido por Vieytes, “Semanario de Agricultura, Industria y Comercio” cuya circulación osciló entre 1802 y 1807, clausurado por los ingleses que acaban de invadir por segunda vez Buenos Aires. También su ideario económico se reflejó en el “Correo de Comercio,” siendo Belgrano quien a lo largo de sus 58 números promulgó incansablemente los ideales de la independencia y su posición económica sustentada en tres ejes conductivos: agricultura – industria – comercio. “La agricultura producía sobrantes que las artes (industrias) y el comercio transformaban y multiplicaban”. Fue uno de sus principios.
Por ese momento, la economía y el derecho no eran campos autónomos: “La abogacía se emancipó primero y evolucionó como facultad dentro de las universidades, pero la economía fue durante buen tiempo un capítulo dentro del derecho. Cuando el joven Manuel llegó a España, no había ninguna universidad que enseñara economía, la disciplina que abrazaría más adelante” (Diego Valenzuela y Mercedes Sanguineti, “Belgrano. La revolución de las ideas”. Sudamericana. 2013).
Liberalismo, pragmatismo y un justo proteccionismo
Como Secretario del Consulado siempre predicó a favor del libre comercio, pero eso no significó menospreciar el desarrollo de capacidades internas de la producción. Decía Belgrano: “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus estados a manufacturarse, y todo su empeño es conseguir, no sólo el darles nueva forma, sino en atraer las del extranjero, para ejecutar lo mismo y después vendérselas”. Todo un desafío para los imperialismos de su tiempo.
Otro punto fue el papel que Belgrano brindó al trabajo, haciendo eje en la importancia de la tarea manual como centro de la vida comunitaria. Ese pensamiento era muy progresista para su tiempo, ya que el trabajo era visto como algo que incumbía solamente a los esclavos. Por ende, defendió airadamente al hombre de trabajo y de campo, confrontando “sin medias tintas” con la tradición de nobles y clérigos, que consideraban incompatible con su dignidad el desempeño de trabajos manuales o artesanales, haciendo paralelamente un análisis sobre los inconvenientes que conspiraban contra el desarrollo de todo el ámbito agrícola, muchos de los cuales, hoy aún siguen siendo vigentes: baja retribución, precariedad de la vivienda rural, malos servicios, altos impuestos, inseguridad jurídica y social.
Faceta interesante de su posición liberal, es su justo pragmatismo político ante la coyuntura, así por ejemplo “en los finales del gobierno de Liniers le propuso el Virrey abrir el comercio a los ingleses en las costas del Río de la Plata para debilitar a Montevideo, atraer a las provincias de Perú y generar ingresos de aduana”. Dicha posición demuestra a la vez, su fina perspicacia del inteligente político que también supo ser.
Conclusión: su gran riqueza
El economista será una de las facetas más noble y ética de Belgrano. Lo tuvo todo. Fue rico y encumbrado. Su cargo era “perpetuo”, pero prefirió abandonar esa comodidad para sumarse a la lucha por las ideas de la libertad con las que siempre soñó, pero que nunca disfrutó. Sus pensamientos y acciones aportaron al crecimiento del nuevo mundo que llegaba. Contribuyó al bienestar general como pocos en nuestro país. Fue el primer economista, sin embargo, la crueldad de su tiempo le quitó todo y lo dejó solo. La historia, como siempre, regresó por sus fueros y repuso sus méritos injustamente vapuleados, convirtiéndolo nuevamente en el millonario propietario de un tesoro incalculable para los tiempos que corren: su ejemplo será siempre inmortal. Lejos del bronce y de su merecida valoración, honró su paso por la gestión pública. Nadie dudará jamás que Belgrano fue un argentino honesto, trabajador y digno. Tan sencillo como eso, aunque hoy, ante muchos casos visibles, ese ejemplo de Belgrano pareciera asombroso y lejano. “Ay, patria mía”, fueron sus últimas palabras.