Mala racha: cuando lo cotidiano deja de responder
Pequeños tropiezos, fallas e imprevistos alteran la rutina y erosionan la sensación de control sobre la vida diaria, le llamamos una mala racha.
La mala racha, no es solo una serie de eventos desafortunados.
Archivo.Hay días —y a veces temporadas enteras— en que la realidad parece desajustarse apenas, pero lo suficiente como para que todo falle. No se trata de grandes catástrofes ni de tragedias evidentes: es algo más sutil, más insistente. Una serie de pequeños tropiezos, desfasajes, interrupciones. El mundo sigue funcionando, pero no para uno. O, más precisamente, no con uno. La mala racha no es un acontecimiento; es una atmósfera.
Es algo muy sutil
Se anuncia en detalles mínimos: el colectivo que no pasa, el mensaje que no llega, la transferencia que “figura” pero no impacta, la conversación que se tuerce por una palabra mal dicha. Nada de eso, por separado, justificaría la sensación de desorden. Pero en conjunto configuran una lógica opaca, como si una maquinaria invisible operara en contra de la continuidad de lo cotidiano. Podría dar un ejemplo personal, casi en cadena. Íbamos a irnos de vacaciones con mi pareja y, luego de comprar los pasajes, sus jefes no le dieron permiso. Lo que era un verano se desplazó rápidamente hacia un otoño-invierno improvisado. Cuando finalmente pudimos viajar, tuvo que volver tres días antes. Me quedé solo. El último día, a pocas horas de regresar, un dolor cervical insoportable me llevó a ir a la guardia del sanatorio. Al llegar a Buenos Aires, reviso la aplicación del banco: habían usado mi tarjeta de débito en el Movistar Arena y aparecían múltiples viajes en Uber. La obra social figuraba paga, pero el sistema no lo reconocía. Al salir de resolver eso, recibo un llamado de mi pareja: “me acaban de echar”. Al día siguiente, el lavasecarropas dejó de funcionar.
La mala racha no es un acontecimiento; es una atmósfera
En esos momentos, lo que se quiebra no es la realidad sino la confianza en su previsibilidad. La vida diaria descansa —más de lo que se admite— en la ilusión de que las cosas responderán según cierta regularidad. Que si uno hace A, seguirá B. La mala racha introduce una falla en esa cadena. No hay proporcionalidad. No hay correspondencia. Hay, en cambio, una serie de micro-acontecimientos que erosionan la idea de que el mundo es legible. Desde una perspectiva clínica, esto no es menor. Porque el sujeto no solo se orienta por grandes significaciones, sino por el tejido fino de lo cotidiano. Es ahí donde se sostiene la sensación de estar “en casa” en el mundo. Cuando ese tejido se deshilacha, aparece una inquietud difícil de nombrar: algo no anda, pero no se sabe bien qué.
Sigmund Freud hablaba de la compulsión a la repetición; Lacan, del tropiezo con lo real. La mala racha podría pensarse como una conjunción de ambas: una repetición sin sentido aparente, donde lo real irrumpe no como trauma espectacular, sino como obstáculo reiterado. No es el gran golpe, es el golpeteo constante. Lo interesante —y lo inquietante— es que esta serie de fallas tiende a ser leída retrospectivamente como destino. “Estoy en una mala racha”, se dice, como si se tratara de una propiedad del tiempo o de una marca personal. Pero esa lectura, si bien organiza la experiencia, también la fija. Porque transforma lo contingente en necesario.
Ahora bien, ¿qué hace un sujeto frente a esto?
Algunos redoblan el control: revisan, anticipan, calculan. Intentan restituir la previsibilidad perdida mediante una hiper-vigilancia. Otros, por el contrario, se entregan a la inercia: si todo sale mal, entonces nada depende de mí. En ambos casos, la mala racha logra su efecto principal: desplazar al sujeto de su posición, ya sea hacia el exceso de control o hacia la renuncia. Pero hay otra vía, menos evidente. Consiste en introducir una pequeña torsión en la lectura: no preguntarse por qué todo sale mal, sino qué de esa serie insiste. Qué se repite más allá de las circunstancias. No para atribuir culpas o reproches, sino para ubicar un punto de implicación subjetiva. Porque incluso en la contingencia más pura, el sujeto lee, recorta, enlaza.
La mala racha, no es solo una serie de eventos desafortunados
Es también un modo de narrarlos. Y en ese relato —en cómo se anudan esos pequeños fracasos cotidianos— se juega algo decisivo: la posibilidad de que lo que hoy aparece como una secuencia cerrada, casi fatal, pueda reabrirse como contingencia. Como algo que, justamente por no tener un sentido garantizado, puede dejar de repetirse del mismo modo.
Quizás no se trate de que las cosas empiecen a salir bien de inmediato. Pero sí de que dejen de leerse como necesariamente mal. Ahí, en ese mínimo desplazamiento, la mala racha pierde su consistencia. Y lo cotidiano —con sus fallas, sí— vuelve a ser habitable.
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta. Todos los miércoles a partir del 8 de abril a las 18 hs, en la Alianza Francesa de Buenos Aires (Sede Palermo Billinghurst 1926, Caba) conjuntamente con Cynthia Wila y Silvana Zaccaro se presentarán en la Escuela Clínica de Psicoanálisis.


