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Ludopatía adolescente: cuando el juego deja de ser diversión y se convierte en un problema

Especialistas advierten que el riesgo no está en apostar, sino en usar el juego para regular emociones y escapar del malestar.


Hablar de ludopatía no debería confundirse con cualquier práctica de juego. No todo lo que implica apostar dinero es, en sí mismo, un problema. Existe una diferencia central entre el juego social —ese que aparece en un prode familiar, una apuesta entre amigos o una dinámica recreativa— y el juego problemático, donde la conducta deja de ser recreativa para convertirse en necesidad.

La diferencia entre juego y problema

El punto de inflexión no está en el monto de dinero, sino en el sentido que adquiere la apuesta. Cuando el juego deja de ser una experiencia compartida y empieza a funcionar como una herramienta para regular emociones, se enciende la alarma. La pregunta clave no es cuánto se apuesta, sino para qué se apuesta.

Hablar de ludopatía no debería confundirse con cualquier práctica de juego.

El cerebro adolescente y la trampa de la recompensa

Durante la adolescencia, el cerebro atraviesa una etapa de profunda reorganización. Es un momento donde las emociones son intensas, la búsqueda de novedad es constante y el sistema de recompensa responde con mayor sensibilidad. Sin embargo, las áreas encargadas del control de impulsos y la evaluación de consecuencias todavía están en desarrollo. En ese contexto, las apuestas online se vuelven especialmente riesgosas. El sistema de recompensa cerebral se activa no solo con el resultado, sino con la expectativa de ganar. Ese mecanismo, basado en el refuerzo intermitente —ganar a veces, perder otras— genera un patrón de conducta que puede volverse adictivo, similar al que ocurre con el uso compulsivo de redes sociales.

Señales de alerta y cambios en la conducta

El problema no se detecta en una apuesta aislada, sino en la relación que el adolescente establece con el juego. Preocupaciones aparecen cuando la conducta se vuelve repetitiva, obsesiva o empieza a ocupar un lugar central en su vida cotidiana. Algunas señales relevantes incluyen la necesidad creciente de apostar, la irritabilidad cuando no puede hacerlo, el ocultamiento de información o el intento de recuperar pérdidas. También es importante observar el impacto en otras áreas: estudio, amistades, deporte o vínculos familiares. La señal más clara de alerta es cuando aparece la sensación de “no poder dejar de apostar”, momento en el que la conducta deja de ser elección y comienza a volverse compulsión.

El problema no se detecta en una apuesta aislada, sino en la relación que el adolescente establece con el juego.

El rol de los adultos en la prevención

La respuesta no pasa únicamente por la prohibición. La prevención más efectiva se construye fortaleciendo habilidades emocionales y cognitivas: tolerancia a la frustración, control de impulsos, pensamiento crítico y capacidad de espera. En este proceso, el rol de la familia y la escuela es central. Muchas veces, sin advertirlo, los adultos resuelven problemas que los adolescentes deberían atravesar para aprender a enfrentarlos. Esa sobre-resolución limita el desarrollo de herramientas fundamentales para la vida adulta.

La clave está en la presencia, la escucha y el acompañamiento sin juicio. Detrás de cada conducta de apuesta puede haber aburrimiento, ansiedad, necesidad de pertenencia o búsqueda de reconocimiento. Comprender eso permite abrir el diálogo y construir prevención desde el vínculo, no desde la imposición.

* Lic. Erica Miretti. Psicóloga , docente Neuropsicoeducadora. Espacio Consciente Pediátrico.

* Lic. Fabiana D’Acunto. Psicóloga , docente.