La soledad del director de escuela ante un sistema cada vez más exigido
Los directores de escuela enfrentan más demandas, conflictos y burocracia, mientras intentan sostener la tarea pedagógica en medio del desgaste diario.
Cada mañana, antes de que suene el timbre en la escuela, ya hubo problemas.
Archivo.Cada mañana, antes de que suene el timbre en la escuela, ya hubo problemas. Un docente que faltó y no tiene reemplazo. Un padre que pide una reunión urgente. Un alumno atravesado por situaciones de violencia. Un trámite administrativo que vence ese mismo día. Un pedido del ministerio (con suerte uno solo). Otro del municipio. Otro de supervisión. Y todavía falta empezar las clases.
Ser director de escuela en la Argentina se convirtió, hace tiempo, en mucho más que conducir un proyecto de educación. Hoy implica gestionar conflictos sociales, contener emocionalmente a estudiantes y familias, resolver emergencias edilicias, responder demandas burocráticas crecientes y sostener, aun así, el funcionamiento pedagógico cotidiano. Todo dentro de un sistema educativo exigido, con recursos limitados y bajo una presión constante.
La figura del director de escuela cambió mucho
Antes asociada principalmente a la autoridad pedagógica y administrativa, ahora se parece más a la de un coordinador social multitarea. La escuela dejó de ser únicamente el lugar donde se enseñan aprendizajes fundacionales. Se transformó en comedor, espacio de escucha, refugio emocional, centro de vacunación, ámbito de prevención de consumos problemáticos, escenario de debates sociales y, muchas veces, el primer lugar donde aparecen las consecuencias de la crisis económica.
Y en el medio de todo eso está el director.
El sociólogo británico Stephen Ball describió hace años cómo las instituciones educativas funcionan atravesadas por distintos niveles de poder y tensión. Por un lado, un nivel macropolítico, donde el Estado burocrático impone normas, indicadores, procedimientos y formas legítimas de entender la educación. Por otro, un nivel micropolítico, el de la vida cotidiana escolar, donde conviven alianzas, disputas internas, negociaciones y conflictos por la conducción y el sentido de la tarea educativa. En ese escenario, el directivo queda literalmente “entre dos fuegos”. Debe responder simultáneamente a organismos estatales de control, supervisiones, normativas y exigencias administrativas, mientras intenta contener las demandas —muchas veces urgentes y contradictorias— de docentes, familias y estudiantes. Es un lugar de mediación permanente, donde cualquier decisión puede generar tensiones hacia arriba y hacia abajo de la estructura institucional.
“Lo pedagógico sigue siendo importante, pero gran parte del tiempo se va apagando incendios”, reconoce una directora de una escuela secundaria del conurbano bonaerense. La frase se repite en distintos niveles y provincias. El día laboral rara vez termina cuando finaliza el horario escolar. Los grupos de WhatsApp siguen activos hasta la noche. Los conflictos también. Pero hay otro aspecto del cargo del que poco se habla: la profunda soledad de quien conduce una escuela. El director suele quedar en el centro de todas las tensiones. Cuando algo funciona, pocas veces se nota; cuando algo falla, la responsabilidad cae rápidamente sobre su figura. Muchos describen una sensación constante de estar siendo observados, cuestionados o directamente atacados. A veces por familias que descargan en la escuela frustraciones sociales más amplias. Otras veces por sectores internos que interpretan cualquier decisión como una toma de partido.
El margen para equivocarse parece mínimo
En ese clima aparece una forma silenciosa de desgaste: la falta de empatía hacia quienes ocupan roles de conducción. Existe cierta idea instalada de que el director “tiene que poder con todo”, como si escuchar problemas durante diez horas diarias, mediar conflictos permanentes y sostener emocionalmente a otros no tuviera consecuencias personales. Paradójicamente, quienes más hablan de cuidado y contención muchas veces olvidan aplicarlo hacia los equipos directivos. Hay una dureza cotidiana en algunos vínculos: mensajes agresivos, cuestionamientos públicos, sospechas permanentes y críticas inmediatas ante cualquier decisión. La empatía suele circular hacia todos los actores del sistema educativo, excepto hacia quienes deben sostenerlo diariamente desde la conducción.
El director queda entonces atrapado entre múltiples expectativas: las familias esperan respuestas rápidas; los docentes reclaman apoyo y condiciones de trabajo; las autoridades exigen resultados y cumplimiento administrativo; y los estudiantes necesitan escucha y acompañamiento. Pero pocas veces alguien pregunta cómo está quien debe absorber todas esas demandas al mismo tiempo. La sobrecarga burocrática agrava todavía más el panorama. Formularios, estadísticas, informes, actas, plataformas digitales, relevamientos permanentes y comunicaciones oficiales ocupan horas que podrían destinarse al trabajo pedagógico. En muchas escuelas, los equipos directivos sienten que pasan más tiempo frente a una computadora que recorriendo aulas.
A eso se suma un fenómeno cada vez más visible: el agotamiento emocional. Directores que duermen mal, que viven pendientes del teléfono, que sienten culpa cuando no llegan a resolver todo. Algunos hablan directamente de burnout educativo. Sin embargo, pocas veces ese malestar aparece en el debate público. Pareciera existir una expectativa implícita de fortaleza permanente. Existe además una paradoja silenciosa: cuanto más vulnerable es la comunidad educativa, más tareas recaen sobre la escuela y sobre quienes la conducen. En barrios atravesados por la pobreza, la institución escolar suele ser el único Estado presente de manera cotidiana. Y eso convierte al director en una referencia permanente para problemas que exceden ampliamente lo escolar.
Pese a todo, decenas de equipos directivos sostienen diariamente el funcionamiento de las escuelas argentinas. Lo hacen articulando con docentes, escuchando estudiantes, buscando recursos donde no los hay y tratando de garantizar algo esencial: que la escuela siga siendo un espacio posible. El desafío no pasa solamente por reconocer el esfuerzo individual de quienes dirigen. También implica discutir qué se le pide hoy a la escuela y hasta dónde puede responder sin un acompañamiento real del Estado, de la sociedad y de las familias. Porque mientras se multiplican las demandas, hay una pregunta que permanece abierta: ¿cuánto más puede soportar una escuela y un director cuando se le exige resolver, además de enseñar, casi todos los problemas que la sociedad no logra contener por otros medios?
Esta es la difícil tarea de ser director/rector de escuela en Argentina. Mi admiración más sentida a quienes siguen teniendo la vocación de ser directivos de escuelas en estos momentos tan tortuosos.
* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.