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Violencia escolar: la prevención empieza en los vínculos

Escuchar, acompañar e intervenir a tiempo son claves para abordar el malestar adolescente y fortalecer la convivencia escolar.

Mucho se ha escrito y reflexionado sobre los distintos episodios de violencia escolar en Argentina

Mucho se ha escrito y reflexionado sobre los distintos episodios de violencia escolar en Argentina

Archivo.

Mucho se ha escrito y reflexionado sobre los distintos episodios de violencia escolar en Argentina que volvieron a ocupar el centro de la escena pública. Estos hechos, cada vez más visibles, invitan a revisar no solo lo que ocurre dentro de la escuela, sino también los modos en que estamos acompañando a las nuevas generaciones.

Se trata de situaciones complejas que requieren ser abordadas desde múltiples dimensiones. Por un lado, están las instituciones educativas. La violencia escolar no es un fenómeno exclusivamente local, pero en Argentina los episodios muestran una tendencia en aumento. Cada nuevo caso deja de ser solo un dato estadístico para convertirse en una ruptura que reabre preguntas incómodas sobre prevención, convivencia y responsabilidad social en torno a la escuela. Cuando la violencia alcanza niveles extremos, incluso con desenlaces fatales, obliga a detenerse y preguntarse qué está ocurriendo en nuestras instituciones y en nuestros modos de convivir. Estos episodios rara vez irrumpen de manera repentina: suelen estar precedidos por señales como hostigamiento sostenido, aislamiento, exclusión, burlas, cambios en la conducta o un malestar emocional que no encuentra canales de expresión.

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Se trata de situaciones complejas que requieren ser abordadas desde múltiples dimensiones.

Se trata de situaciones complejas que requieren ser abordadas desde múltiples dimensiones.

En este contexto, la prevención deja de ser una idea abstracta y se vuelve una práctica cotidiana: escuchar, observar con atención e intervenir a tiempo. Desde el plano público, resulta indispensable fortalecer políticas que permitan que la escuela sea, verdaderamente, un entorno seguro. Pero hay otro eje que no puede quedar al margen: la adolescencia.

La adolescencia se construye en un entorno muy distinto

Un entorno más inmediato, más expuesto y con límites difusos entre lo público y lo privado, donde la tecnología amplía posibilidades, pero también tensiona los vínculos. La búsqueda de identidad y pertenencia se da, así, en condiciones nuevas, que también impactan en los modos de expresar el malestar y de pedir ayuda. En ese proceso, los vínculos con pares, adultos e instituciones son centrales. Y la presencia adulta no puede limitarse a supervisar: requiere disponibilidad, escucha y capacidad de intervenir. En este punto, la familia ocupa un lugar clave. Volver a lo esencial implica reconectar con los hijos: saber qué están atravesando, qué les preocupa, qué los angustia y qué lugar ocupan en sus grupos de pertenencia. Implica acompañar, escuchar e intervenir cuando es necesario. Pero, sobre todo, implica construir vínculo.

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Volver a lo esencial implica reconectar con los hijos: saber qué están atravesando, qué les preocupa, qué los angustia y qué lugar ocupan en sus grupos de pertenencia.

Volver a lo esencial implica reconectar con los hijos: saber qué están atravesando, qué les preocupa, qué los angustia y qué lugar ocupan en sus grupos de pertenencia.

La adolescencia es una etapa de exploración y ensayo

Los jóvenes prueban identidades, desafían límites y buscan su lugar en el mundo. Para hacerlo, necesitan adultos disponibles: figuras que ofrezcan sostén, orientación y una base segura a la cual volver cuando algo duele, confunde o desborda. Esto también supone incomodarse: interrumpir el aislamiento, abrir espacios de conversación, sostener momentos de encuentro familiar, aunque parezcan pequeños o cotidianos. Construir un vínculo lo suficientemente confiable como para que los hijos sepan que pueden acudir, incluso cuando las cosas se ponen difíciles. Ofrecer espacios de cohesión familiar, de diálogo y de escucha genuina no es un gesto menor. Es, muchas veces, una de las formas más potentes de prevención.

Los episodios de violencia que hoy conmueven no son hechos aislados, sino la expresión visible de problemáticas más profundas que entrelazan la salud mental, los desafíos del sistema educativo y una cultura en la que lo digital gana cada vez más terreno sobre la conexión humana directa. Frente a esto, ninguna solución será simple ni inmediata. Pero sí hay un punto de partida claro: las respuestas comienzan en los vínculos. Y es en esos gestos cotidianos —escuchar, preguntar, estar disponibles— donde, muchas veces, empieza el cambio. Porque la prevención no se juega solo en las políticas o en las instituciones, sino también en los vínculos que construimos y sostenemos todos los días.

* Lic. Paz Magnanini. Psicóloga. Profesora de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.