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La pareja no nació por amor: historia de un vínculo en revisión

Durante siglos nos hicieron creer que la pareja era natural, eterna y obligatoria. Que el amor debía durar para siempre, que el deseo no podía cambiar, que separarse era fracasar y que salirse del molde era un síntoma de egoísmo o inmadurez. Pero la pareja no nació por amor ni para hacernos felices: nació para sobrevivir. Entender esta historia no es mirar el pasado con nostalgia, sino revisar críticamente los mandatos que todavía organizan —y muchas veces asfixian— nuestra forma de vincularnos.

La pareja, un concepto con origen difuso.

La "pareja", un concepto con origen difuso.

Foto: Shutterstock

Hubo un tiempo en el que nadie se preguntaba si estaba enamorado. Nadie se cuestionaba si ese vínculo lo hacía feliz, si se sentía visto, deseado o comprendido. Las personas se unían porque era necesario. Para sobrevivir. Para no morir solas. Para protegerse del frío, del hambre, de otros grupos humanos y, sobre todo, de la incertidumbre.

La pareja romántica, amorosa, sexual, exclusiva y supuestamente eterna no es natural ni universal. Es una construcción histórica. Cambiante. Cultural. Y, como toda construcción humana, responde a necesidades concretas de cada época.

Para dejar de lado exigencias, presiones y mandatos sobre lo que tenemos que ser y hacer, es necesario entender cómo nació la pareja, para qué servía, cómo fue transformándose y por qué hoy está nuevamente en revisión. Porque muchas de las frustraciones, culpas y conflictos vinculares actuales no tienen que ver con fallas individuales, sino con modelos heredados que ya no encajan con nuestra forma contemporánea de amar, desear y vincularnos.

Cuando juntarse era una cuestión de supervivencia

Desde una mirada antropológica, los primeros vínculos estables entre seres humanos no surgieron por amor romántico. Surgieron por necesidad. La alianza entre un hombre y una mujer —y más tarde entre grupos familiares— garantizaba algo fundamental: sobrevivir.

Compartir alimento, proteger a las crías humanas —extraordinariamente dependientes durante años—, dividir tareas y defenderse de amenazas externas eran razones más que suficientes para sostener un vínculo. Nadie hablaba de elección personal. Mucho menos de felicidad.

La antropóloga Helen Fisher explica que el enamoramiento, tal como lo conocemos hoy, es un fenómeno neurobiológico que apareció mucho después que las alianzas reproductivas. Primero fue la necesidad; luego, el afecto; muchísimo más tarde, el ideal del amor.

Claude Lévi-Strauss, por su parte, mostró cómo las primeras formas de pareja estaban ligadas al intercambio entre clanes: las mujeres funcionaban como moneda de alianza, asegurando la paz, la cooperación y la continuidad del grupo. No eran sujetos de elección, sino objetos de intercambio. El vínculo no pertenecía a los individuos. Pertenecía a la comunidad.

El matrimonio: un contrato, no una historia de amor

Durante siglos, la pareja quedó institucionalizada en una figura central: el matrimonio. Pero sería un error leerlo con los ojos del presente. El matrimonio fue, ante todo, un contrato económico, político y social. Un acuerdo entre familias. Una forma de ordenar herencias, propiedades, apellidos y descendencia. El amor no solo no era necesario: muchas veces era visto como un riesgo.

Casarse por amor podía desorganizar el orden social. El deseo era peligroso. La religión —especialmente el cristianismo— terminó de sellar esta institución, dotándola de un carácter sagrado. "Hasta que la muerte nos separe" no hablaba de romanticismo, sino de obediencia, permanencia y control. El cuerpo femenino, en particular, quedó estrictamente regulado: el matrimonio garantizaba la legitimidad de los hijos y la fidelidad de la mujer. La sexualidad se transformó en un asunto moral.

Apellidos, esposas y pertenencia

En ese mismo proceso histórico se consolida una práctica que hoy todavía resuena: la mujer pierde su apellido al casarse. Deja de ser quien era para convertirse en "la esposa de". El apellido del hombre no era solo un nombre: era un signo de pertenencia. La mujer pasaba a formar parte de la familia del marido, muchas veces perdiendo incluso el vínculo simbólico con su linaje de origen.

La palabra esposa resulta especialmente inquietante. Comparte raíz con las esposas que inmovilizan a los presos. No es una metáfora casual. La esposa era, en muchos sentidos, una mujer atada a un destino del que no podía escapar. "La señora de" completa el cuadro: una identidad definida por pertenecer a otro. Pierre Bourdieu llamó a esto dominación simbólica: formas de poder tan naturalizadas que dejan de percibirse como violencia.

El amor romántico: una invención reciente

Recién a partir del siglo XVIII y XIX comienza a instalarse con fuerza una idea revolucionaria: casarse por amor. La literatura, el romanticismo, la novela burguesa y más tarde el cine construyeron un ideal poderoso: dos personas que se eligen libremente, se aman, se desean y prometen hacerlo para siempre. El problema no fue el amor. El problema fue pedirle al amor que sostuviera funciones para las que nunca estuvo preparado. De pronto, una sola persona debía ser:

  • Amante
  • Compañero/a
  • Padre o madre
  • Sostén emocional
  • Cómplice
  • Deseo permanente

Y todo eso, para siempre. La frustración estaba garantizada.

Matrimonio, sexo y doble moral

Durante mucho tiempo, el matrimonio fue el espacio de la procreación, no del placer. El deseo sexual —especialmente el masculino— encontraba otros caminos. Amantes, prostitutas, dobles vidas. La esposa quedaba asociada a la maternidad, al cuidado, a lo puro. Sigmund Freud observó esta escisión con claridad: el deseo se inhibe allí donde aparece el ideal de madre.

El resultado fue una estructura hipócrita: matrimonios sagrados sostenidos por infidelidades sistemáticas. No era una falla moral individual. Era un sistema diseñado para que eso ocurriera.

El siglo XXI: cuando todo se empieza a mover

Algunos datos ayudan a dimensionar este cambio. En Argentina, más del 40% de los matrimonios termina en divorcio, y la edad promedio del primer casamiento se retrasó más de una década en comparación con generaciones anteriores. A su vez, crecen sostenidamente los hogares unipersonales y las parejas que eligen no convivir.

Estos números no hablan de un supuesto rechazo al amor, sino de "una transformación profunda en la manera de pensar el compromiso, la autonomía y el deseo". En las últimas décadas, algo profundo comenzó a cambiar. Las mujeres ingresaron masivamente al mundo laboral. Ganaron autonomía económica. Accedieron a derechos. La sexualidad dejó de estar exclusivamente ligada a la reproducción y comenzó, lentamente, a ser pensada también como territorio de deseo, placer y elección.

El apellido del marido empezó a perder sentido. Muchas mujeres dejaron de adoptarlo. Los hijos comenzaron a llevar doble apellido. La identidad ya no se diluye completamente en el otro, ni en la institución. Al mismo tiempo, emergen —o se visibilizan— nuevas formas de vínculo:

  • Las parejas heterosexuales no tradicionales, que cuestionan la división clásica de roles, la obligatoriedad del matrimonio o la convivencia como destino inevitable.
  • Las parejas homosexuales, históricamente invisibilizadas, que no solo ampliaron derechos sino que también pusieron en crisis el modelo único de familia y de pareja.
  • Los vínculos abiertos, donde el acuerdo no pasa por la exclusividad sexual sino por la honestidad, la comunicación y el consentimiento.
  • El poliamor, que propone la posibilidad de amar a más de una persona de manera simultánea, cuestionando la idea de que el amor verdadero solo puede dirigirse a un único objeto.
  • Las relaciones sin convivencia, donde el compromiso no se mide por compartir un techo sino por la calidad del encuentro.

Algunos pensarán que se trata de modas o excesos de época. Sin embargo, no es así. Se trata de intentos —más o menos logrados— de responder a una pregunta clave: ¿cómo vincularnos sin perdernos?

¿Sigue sirviendo la palabra pareja?

En el consultorio aparece cada vez con más fuerza una incomodidad: las palabras ya no alcanzan. "Esposos" suena viejo. "Pareja" empieza a quedar chica. Porque pareja implica par. Dos. Cierre. Exclusividad.

Hoy muchos vínculos se construyen desde otro lugar: elección, honestidad, acuerdos explícitos, posibilidad de cambio. No se promete eternidad. Se promete verdad.

Del hasta que la muerte nos separe al mientras tenga sentido

Quizás el mayor cambio no sea la forma del vínculo, sino su fundamento. Antes, el mandato era quedarse. Hoy, el desafío es elegir. Elegir quedarse mientras tenga sentido. Elegir irse sin traicionar. Elegir hablar antes de engañar. Elegir acuerdos que no sean universales, sino singulares. No es más fácil. Es más honesto.

La historia de las parejas no es una línea recta hacia el progreso ni una decadencia moral, como a veces se la quiere presentar. Es una serie de intentos humanos por resolver siempre el mismo dilema: cómo no estar solos sin dejar de ser quienes somos.

Durante mucho tiempo se nos enseñó que amar era quedarse a cualquier precio, soportar, callar, adaptarse. Hoy, lentamente, empieza a abrirse otra posibilidad: la de elegir conscientemente cómo y con quién vincularnos.

Tal vez la pregunta ya no sea cómo sostener una pareja para siempre, sino cómo construir vínculos donde quepan el deseo, la libertad, el cuidado y la responsabilidad afectiva. Y quizás ahí, en lugar de promesas eternas, empiece algo mucho más desafiante: relaciones basadas en la verdad, la elección y el consentimiento.

Mauricio J. Strugo. Psicologo y Sexólogo Clínico MN 41436. Autor del libro: ¿Padres o Pareja la oportunidad de crecimiento al transformarse en familia. Creador del Podcast: HDP Hora de Pensar. Instagram: @elpsicologoysexologo.