La muerte de Mariano Acha: una historia de venganzas que marcó a la Argentina
Mariano Acha fue ejecutado tras rendirse bajo una promesa de vida: su muerte refleja las guerras, venganzas y divisiones que marcaron al país.
Le han jurado que respetarán su vida, pero Acha no se hace muchas ilusiones.
Archivo.El general Mariano Acha marcha escoltado por los hombres del gobernador Benavídez hacia un destino incierto. Le han jurado que respetarán su vida, pero Acha no se hace muchas ilusiones. Bien sabe cómo son las guerras entre hermanos. Le han prometido que verá al general Ángel Pacheco, al que conoce desde hace tiempo. Fueron camaradas y hasta se diría que cultivaron cierta amistad, pero hacía trece años que no se veían por esos caminos de la vida y las lealtades, cuando Acha y Bernardo Escribano capturaron al gobernador Manuel Dorrego...
El comienzo de una guerra entre hermanos
En diciembre de 1828, el ejército que retornaba de la campaña del Brasil entró a Buenos Aires exigiendo la renuncia del gobernador. Lo que ellos habían ganado con las armas, el gobierno lo había rifado con la diplomacia. No era culpa de Dorrego, pero no todos lo veían así... El gobernador huyó a la campaña en busca de la protección de Juan Manuel de Rosas, pero fueron alcanzados en Navarro y derrotados por los decembristas. Apenas pudieron escapar con lo puesto. Rosas lo instó a huir a Santa Fe en busca de Estanislao López, mas Dorrego no le hizo caso. Se alejó de Rosas y se fue a Salto en busca del apoyo de Ángel Pacheco. Allí fue donde Acha y Escribano lo apresaron. Atado de pies y manos, lo enviaron al cuartel de Juan Lavalle. Sabían que Lavalle lo tenía a Dorrego entre ceja y ceja desde la derrota de Guayabos, en tierra oriental, casi quince años antes. ¡Con qué poca cordura había actuado Dorrego entonces! Los habían hecho caer en la trampa tendida por Fructuoso Rivera y sus charrúas. Lavalle, que por entonces era cadete, apenas pudo huir a uña de caballo y juró vengarse de Dorrego por la vergüenza de dar grupas ante esos salvajes. ¿Sabían Escribano y Acha la suerte que le esperaba al exgobernador? Hasta ese entonces, a las figuras notables se les había respetado la vida. Muchos habían pasado un tiempo en alguna prisión o los habían obligado a exiliarse. Todos pensaron entonces que esa sería su suerte, pero Lavalle firmó la condena a muerte y asumió la responsabilidad del hecho, a pesar de las muchas voces que le habían hablado al oído o escrito cartas «como estas, que se deben quemar».

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Mariano Acha y la captura de Manuel Dorrego
Las diferencias de cómo conducir los destinos del país habían comenzado apenas horas después del 25 de mayo de 1810 y, treinta años más tarde, eran aún tema de debates y disputas con sables y cañones... ¿Dónde debía residir el poder en esas vastas soledades? Muchos porteños querían seguir siendo la cabeza de las Provincias Unidas y no soportaban la competencia comercial de Montevideo y Santa Fe. En vez de combatir a los godos, el gobierno de Buenos Aires prefirió distraer sus fuerzas atacando al puerto santafesino. No lo hizo una vez, sino en cuatro oportunidades. Entonces, Mariano Acha era un jovencito. Se había alistado a los 17 años y pasó gran parte de su juventud luchando junto al coronel Rauch contra la indiada, aunque también había sido parte de las tropas porteñas durante la invasión de López y Ramírez y la derrota de Rondeau en campos de Cepeda. Apenas duró un minuto la acción... Tras la muerte de Dorrego, Acha se unió a las tropas unitarias del general Paz y participó en la batalla de La Tablada, donde presenció cómo el general Deheza quintaba a los prisioneros para ejecutar a uno de cada cinco de esos desgraciados que habían seguido a Quiroga y Aldao. Las guerras habían degenerado y, cuando el caballo de Paz fue boleado, Acha se dirigió a Bolivia. Entonces pensaba que todo había acabado para él. El país sin Paz sería dominio de caciques y renegados. Con la caída de Paz moría la Argentina unitaria. Por diez años anduvo de aquí para allá, hasta que, en 1839, estando Acha en Tucumán, fue convocado para unirse a la Liga del Norte y se sometió a las órdenes de Lamadrid. Puesto al mando de un regimiento, marchó a Santiago del Estero para someter al «indio» Ibarra, pero no le fue fácil la tarea y, al final, con las tropas que le quedaban, se enfrentó al fraile Aldao (el cura apóstata y mujeriego que había servido a las órdenes de San Martín y gobernaba Mendoza con mano de hierro). Aldao lo volvió a derrotar en Machigasta. Humillado, Acha volvió a Tucumán, donde Lamadrid lo puso al mando de su vanguardia, que debía avanzar hacia Cuyo.
La batalla de Angaco y una victoria extraordinaria
Con 600 hombres llegó a San Juan, dispuesto a aguantar a pie firme la embestida de 2.000 soldados federales. Se atrincheró en una acequia en Angaco, posicionó sus cañones y esperó el ataque federal. Sabía que Nazario Benavídez tenía sus discrepancias con Aldao y los dos no se ponían de acuerdo sobre quién era el que llevaba la voz de mando. Al final, Benavídez atacó con su caballería sanjuanina a la infantería de Acha, que resistió el embate arengando a sus hombres sobre el ominoso destino que los esperaba en caso de caer prisioneros... Cuando la caballería fue diezmada por los fusileros de Acha, Aldao lanzó sus tropas en un ataque desesperado, intentando rodear la posición de los unitarios. Por unos minutos, todo fue polvo y espanto; después cayó sobre el campo un silencio atronador. Al precipitarse la polvareda, se vieron sobre Angaco más de mil cadáveres dispersos en el campo. Se había librado la batalla más cruenta de esta guerra civil. El fraile huyó espantado, mientras que Benavídez rearmaba a sus tropas. Acha fue a San Juan a celebrar con los hombres que le restaban. Lo de ellos había sido una proeza. El general Paz alabó su gesta y Esteban Echeverría le dedicó esos versos que cuentan cómo:
«Acha y un puñado de valientes
sobre el cuyano ejército se lanzó.
Lo aterra y deslumbra como un rayo,
armado con su lanza y su coraje».
Mientras corría el vino de mano en mano y todo era festejo y risas en San Juan, Benavídez preparaba su venganza. En horas reunió a los dispersos y se lanzó sobre la ciudad como un buitre. Acha y sus hombres se aprestaron a defenderse y luchar casa por casa, vendiendo cara su vida. Después de horas de ser hostigados, sin agua, ni alimentos, ni balas, Acha no tuvo más remedio que rendirse bajo la promesa de que habrían de respetar su vida. Eso le prometieron y lo remitieron encadenado a reunirse con Ángel Pacheco, el general rosista a quien Acha había apresado trece años antes, cuando se fusiló a Dorrego. No llegaron a verse. En el camino, un chasqui de Aldao comunicó la feroz noticia: a Acha había que fusilarlo por la espalda, como a un traidor. El trámite fue rápido, apenas un padrenuestro en voz baja. No hizo falta taparle los ojos. Después de ser degollado prolijamente, su cabeza quedó expuesta en la Posta de la Cabra, no muy lejos de Angaco.
La promesa de vida que terminó en una ejecución
Así termina un capítulo de esta historia de desencuentros, de perspectivas distintas en un país que no encontraba su rumbo, sembrado de cadáveres pudriéndose al sol, de cabezas cercenadas, de venganzas rumiadas por años, de amores brutos y ojos cansados de contemplar el horror con tanta asiduidad que se convertía en una monótona destrucción de la esperanza.
* Omar López Mato. Médico oftalmólogo e historiador argentino.


