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La incomodidad como mensaje: cuando la vida sigue, pero ya no coincide

Entre Sigmund Freud, Jacques Lacan y Annie Ernaux, la incomodidad aparece como señal: un desajuste entre deseo y vida. No pide borrarse, pide leerse.

La incomodidad es ese momento en que la vida pierde su evidencia.

La incomodidad es ese momento en que la vida pierde su evidencia.

Archivo.

Hace algunos días atrás, el periodista Luis Novaresio preguntaba desde sus redes acerca del tema de la incomodidad. Me encantó su propuesta la que me hizo reflexionar acerca de los desajustes cotidianos de cada uno de nosotros. La incomodidad no es un accidente sino un mensaje.

No llega como catástrofe: algo no encaja, aprieta, sobra o falta

No es todavía angustia ni dolor, pero tampoco es tranquilidad. Es un estado intermedio que permite seguir funcionando mientras algo, en silencio, insiste. La incomodidad es el modo contemporáneo de nombrar un desajuste sin dramatizarlo, una forma socialmente aceptable de decir algo, en la propia vida. No grita pero tampoco calla. Es una señal mínima persistente. Sigmund Freud mostró que el malestar no es una patología individual, sino una condición estructural de la vida en cultura.

Motta
La incomodidad es el modo contemporáneo de nombrar un desajuste sin dramatizarlo.

La incomodidad es el modo contemporáneo de nombrar un desajuste sin dramatizarlo.

En su ensayo, “El malestar en la cultura”, señala que toda organización social exige una renuncia pulsional, es decir que siempre queda algo que no puede ser completamente sublimado, ni civilizado, ni transformado en ideal. Ese resto para mucho de nosotros se presenta como un síntoma. En varias ocasiones adopta la forma de una insatisfacción difusa, una incomodidad sin nombre preciso. Y en este sentido se la puede leer como una modalidad contemporánea del malestar estructural. De este modo, la incomodidad puede pensarse como una versión civilizada de una señal: no irrumpe con la fuerza de la angustia, pero tampoco deja al sujeto en paz.

Para Jacques Lacan la incomodidad aparece como problema topológico. Un sujeto se encuentra mal ubicado respecto a su deseo y el deseo del otro. Cuando escuchamos a alguien decir “estoy incómodo” suele estar diciendo, sin saberlo, estoy sosteniendo una posición que ya no me representa y que ocupa un lugar que responde más a los otros que a su propio deseo. Los imperativos contemporáneos no sólo prohíben sino que ordenar gozar. Ordena estar bien, estar cómodo, estar satisfecho. Por ello y en este contexto, la incomodidad es vivida como fracaso personal. La incomodidad no es un simple estado de ánimo. Es un indicador y una marca del desajuste entre el deseo y aquello por lo que uno llega a sufrir.

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La incomodidad no es un simple estado de ánimo.

La incomodidad no es un simple estado de ánimo.

La incomodidad no es un simple estado de ánimo

Annie Ernaux en una oportunidad escribió que sentía que su vida no coincidía con su vida. Tal vez la incomodidad no sea otra cosa que esa no-coincidencia. Leer ese estado del ser es cuando la existencia sigue, pero ya no coincide consigo misma. Por otro lado, Borges sugirió que el mundo puede volverse, de pronto, ligeramente irreal. La incomodidad es ese momento en que la vida pierde su evidencia: cuando lo familiar deja de serlo y el sujeto ya no se reconoce del todo en lo que hace. En un tiempo donde la promesa de comodidad es permanente, la incomodidad resulta uno de los últimos lugares donde todavía puede escucharse algo del sujeto.

No pide ser eliminada de inmediato sino que pide ser leída. Porque muchas veces no es el sillón lo que incomoda, sino la posición singular desde la cual uno ha decidido, o ha aceptado, sentarse en él.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta. Pueden ver su programa Megapsinepolis por YouTube

IG @carlosgustavomotta