La historia de Malvinas contada a través de relatos conmovedores en el Museo
El Museo Nacional Malvinas e Islas del Atlántico Sur es un espacio pensado para que los visitantes puedan conocer su historia y su geografía.
MDZ recorrió el Museo de Malvinas
Tatiana Colangelo / MDZHace ya dos años que su Director, el VGM Coronel (R) Esteban Vilgré Lamadrid, trabaja arduamente junto a su equipo de museólogas y todo el personal del museo para lograr una experiencia didáctica y enriquecedora, que permita conocer la historia de las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur desde la época colonial, la posterior usurpación británica y la guerra ocurrida en 1982. Todo esto sin olvidar su belleza geográfica.
Mira el recorrido por el Museo Malvinas
Con la cámara de MDZ vinimos a entrevistar a Esteban, y aprovechamos esa oportunidad y su amabilidad para pedirle que nos muestre cuatro lugares clave del Museo Malvinas y sus historias, aquí el relato en sus palabras:
La Maqueta
Bueno, este es el primer piso del museo, es el sector que muestra la etapa argentina después de 1810. Y un poco lo que busca esta maqueta es mostrarle al público que no es como dicen los británicos que Puerto Luis, que es donde estaba Vernet, era un lugar donde simplemente se reabastecían los buques loberos o balleneros, sino que era un lugar institucional. El gobierno de la provincia de Buenos Aires lo designa a Vernet como gobernador. Había una comandancia, había cañones, se cobraban impuestos.
De hecho, hubo dos barcos americanos que fueron retenidos y se les sacó la carga por no haber pagado impuestos. A raíz de eso es que nos atacan después los americanos, la Lexington. O sea, vos acá ves casas, galpones, un fuerte, un mástil, una bandera. Acá hubo nacimientos, defunciones. Se ejercía el control en nombre, en ese momento, de la provincia de Buenos Aires. Y el sello de Vernet tenía el escudo nacional.
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Entonces, un poco lo que busca esta maqueta es eso, es mostrarle al público y a todos los chicos que vienen que Puerto Luis era toda una organización. Y nosotros ejercíamos nuestra soberanía de tal manera que a los buques que no se detenían los íbamos a buscar, por eso tenía cañones y tenía un comandante militar.
La casita malvinera
Acá estamos donde yo llamo la casita malvinera. Cuando decidimos darle un cambio al museo y demás, yo pensaba en quién podía comunicar a los chicos, que es el verdadero objetivo nuestro, los valores de aquellos soldados que fueron a Malvinas. Entonces qué mejor que vengan veteranos de guerra a contar eso. Y esta es la casita malvinera del grupo Malvinas, Educación y Valores, que es un grupo de veteranos de Malvinas que visitan escuelas, jardines. Son incansables promotores. Y yo lo que buscaba era un mensaje de valores a los chicos, no reivindicar la guerra o sus horrores, sino reivindicar los valores argentinos y ciudadanos de aquellos que fueron a Malvinas por amor a la patria.
Y la verdad que el grupo Malvinas, Educación y Valores lo hace muy bien, la verdad que es excelente, le ponen un amor tremendo. Les enseñan a los chicos respeto. Ahí tenés la flama que les donaron de Tromen para para encenderla cuando vienen los chicos de las escuelas y vean el respeto por aquellos que dieron la vida por la patria, pero también que ellos enseñan ese respeto a los valores argentinos que los tiene un trabajador, un peón rural, un maestro. Cualquier ciudadano puede ser un buen ciudadano y ellos lo dan desde el ejemplo de haber ido a dar su vida por la patria.
La sala de los Héroes
Uno de los sectores que con las chicas de museología empezamos a trabajar en esta gestión es lo que antes se llamaba la sala de los caídos, que tenía unas tablets donde iban intercambiándose las fotos de los caídos y un fondo con proyector donde se mostraba el cementerio de Darwin. Nosotros decidimos llamarlo la sala de los héroes en honor a estos héroes de la patria, que son nuestros caídos en combate. Y un poco lo que estamos mostrando es, si vos ves en las columnas están los nombres de cada uno para que el público mientras estamos en obra sepa quiénes son.
Cada nombre va a ser reemplazado por la foto en 20x20 que estamos trabajándola digitalmente para que sea la mejor versión y en color, para que haya una base de datos nacional de la foto de nuestros caídos con una pequeña biografía. Y eso que se ve ahí, que es el cementerio de Darwin, lo que buscamos es toda una gigantografía con un buen juego de luces donde quien venga va a ver una cruz acá adelante, vea el cementerio sin necesidad de poner tablets y electrónica que es muy difícil de reemplazar. Y con las luces hacer un juego que parezca que el espacio continúa adentro. Acá a la derecha están cubiertos unos ventiladores gigantes que por la ubicación hacen que circule aire acá adentro. Van a hacer que circule aire y el sonido del viento. Entonces quien venga a saludar a nuestros héroes va a tener un banco para sentarse, la imagen del cementerio, las fotos y solamente el sonido del viento para poder recordarlos y honrarlos. Y el piso blando para sentir que pisamos turba. Esa es la idea del sector de los héroes de la patria del museo.
La historia del perro Tom
En una guerra marcada por el frío, el hambre, el miedo y la muerte (como todas las guerras), la historia de Tom irrumpe con una fuerza singular. No se trata de un general, de un estratega ni de un soldado condecorado. Se trata de un perro callejero que, casi sin proponérselo, terminó en Malvinas y quedó para siempre ligado a uno de los relatos más conmovedores del conflicto. Su nombre todavía emociona porque resume algo difícil de explicar: incluso en medio del horror más extremo, también hubo lugar para la compañía, la lealtad y el sacrificio silencioso.
Hoy esa historia ocupa un lugar especial en el museo y se transformó en uno de los relatos que más impactan a los chicos que lo visitan. Cada año, unas 100.000 alumnas y alumnos pasan por ese espacio y se encuentran con la figura de Tom, un perro que no solo acompañó a soldados argentinos en las islas, sino que además terminó salvando vidas. En medio de tantos objetos cargados de memoria, su presencia genera una identificación inmediata. Tal vez porque vuelve más cercana una guerra lejana en el tiempo. Tal vez porque recuerda que el heroísmo también puede aparecer en los gestos más inesperados.
Del cuartel al frente de batalla
Tom era un perro callejero, de esos que suelen merodear por los cuarteles y se vuelven parte de la rutina sin que nadie los invite formalmente. Compartía el día a día con los soldados, dormía cerca de ellos, seguía movimientos y se integraba con naturalidad a la vida militar. No tenía entrenamiento ni función asignada. Era, como lo describen, un perro “atorrante”, bien criollo, acostumbrado a vivir entre hombres, vehículos y guardias. Su historia parecía destinada a ser una más entre tantas presencias anónimas de los cuarteles argentinos.
Pero el destino lo empujó mucho más lejos. Un soldado, identificado como Gonza, lo subió a un camión que partía hacia Malvinas y Tom terminó viajando como un polizón rumbo a las islas. Así llegó al teatro de operaciones sin saber, claro, que estaba entrando en una guerra. Ya en el frente, se convirtió en mascota de las trincheras de su sector. Allí, entre posiciones de combate y jornadas atravesadas por la tensión permanente, el perro empezó a ser mucho más que una simple compañía. En un escenario deshumanizado por la violencia, su presencia ofrecía un pequeño anclaje afectivo para quienes resistían bajo fuego.
El instinto que se volvió salvación
Con el paso de los días, los soldados empezaron a notar que Tom reaccionaba de una manera particular cada vez que se acercaba un bombardeo de la artillería naval o terrestre británica. Antes de que comenzaran a caer del cielo los proyectiles, el perro se alteraba, ladraba de forma insistente y recorría las trincheras como si intentara avisar que algo estaba por ocurrir. Nadie podía explicar con exactitud cómo detectaba ese peligro, pero sí sabían que su comportamiento no fallaba. Cada vez que Tom empezaba con esa secuencia de ladridos, el estruendo llegaba poco después.
Ese instinto se volvió una señal de alarma en medio del combate. Los soldados comenzaron a prestar atención a sus movimientos y a tomar sus ladridos como una advertencia concreta. En una guerra donde el margen de reacción era mínimo, esos segundos de anticipación podían marcar una diferencia decisiva. Tom dejó entonces de ser solo la mascota del grupo para convertirse en una especie de centinela involuntario. No llevaba uniforme, no obedecía órdenes ni respondía a una estrategia militar, pero cumplía una función vital: alertaba cuando el peligro estaba por caer sobre ellos.
El día que no corrió para salvarse
La escena más dolorosa ocurrió el 11 de junio, durante uno de los bombardeos más duros. Según el relato que hoy reconstruye el museo, en Malvinas hubo 16 perros y dos murieron en combate. Tom fue uno de ellos. Aquella jornada volvió a hacer lo que ya había hecho otras veces: empezó a ladrar y a moverse por el sector para advertir a los soldados que buscaran refugio. Los hombres que estaban con él alcanzaron a esconderse entre las rocas mientras la artillería británica golpeaba con fuerza la zona.
Eran 16 soldados, y todos lograron salvarse. Cuando el fuego cesó y pudieron salir de sus escondites, descubrieron que Tom había muerto. Podría haberse refugiado con ellos. Podría haber escapado apenas percibió el ataque. Pero, según el relato, eligió quedarse alertando hasta el final. Esa imagen es la que convirtió su historia en una de las más conmovedoras de Malvinas. No por su espectacularidad, sino por la dimensión íntima del gesto: un perro que, en lugar de ponerse a salvo, se expuso para que otros tuvieran tiempo de hacerlo.
Un héroe inesperado que sigue conmoviendo
Desde entonces, Tom quedó incorporado a la memoria de Malvinas como un héroe inesperado. Su nombre, cuentan, surge de Teatro de Operaciones Malvinas, una sigla que terminó convertida en identidad. Pero más allá de esa explicación, lo que vuelve inolvidable su historia es el modo en que condensa una verdad profunda sobre la guerra: no todo pasa por las armas, las órdenes o las estrategias. También hay historias atravesadas por la lealtad, el afecto y la entrega.
Por eso su figura conmueve tanto a quienes visitan el museo. Para los más chicos, Tom es una puerta de entrada sensible a una historia compleja y dolorosa. Para los adultos, es una prueba de que incluso en los escenarios más crueles existen gestos capaces de iluminar la memoria. En medio de una guerra feroz, Tom no fue un combatiente más, pero sí alguien que cuidó a otros hasta perder la vida. Y esa sola imagen alcanza para entender por qué, todavía hoy, su nombre sigue siendo recordado como parte de los héroes de Malvinas.