La heladería de mi barrio
Todas las personas tenemos sabores que nos recuerdan a la infancia, que pueden no ser los de los demás, pero que para nosotros son irremplazables
Lo mismo le pasó a don Anton Ego, el crítico culinario de la película Ratatouille, que descubre sobre el final del film el sabor de su infancia.
Archivo.Cada tanto, cuando vuelvo a mi barrio, en esa ciudad que se levanta y crece a un par de cientos de kilómetros de mi ventana, paso por la heladería de la vuelta. El comercio especializado en esos riquísimos postres, que no son solo postres sino también vicios maravillosos (de esos que no hay que dejar) no siempre estuvo ahí, pero más o menos sí; varias décadas ya lleva en ese sitio, por lo cual podríamos decir que sí, que siempre estuvo allí, para qué generar confusiones entre gentes que ya no recuerdan otras locaciones. Su nombre también ha variado, pero desde el milenio pasado ya tiene éste, mágico, y en el tope de los nombres, pero no voy a escribirlo, para que no anden diciendo por ahí que le hago publicidad. La heladería está ahí, en la avenida, en donde topa la otra calle, la que le viene de frente, para qué más aclaraciones.
Ahí venden, entre tantos helados, al único para mí: el de chocolate blanco, que supo tener un nombre especial en el pasado, pero en fin, esa denominación era la de unos chocolatines muy pero muy ricos, que venían en una barrita con más leche que los de otras marcas, y por esas cosas de derecho de autor el actual helado no utiliza ya el nombre; aunque la fórmula sí es “aquella”, la de siempre, la especial, y única. Si nos vamos a poner en explicativos, es eso ya declarado: chocolate blanco con más leche de la habitual, en una relación mágica y perfecta que solo conocen los dueños de la heladería y los dioses del olimpo, aunque no estoy tan seguro de esto último. Más allá de su origen, lo realmente importante es que para mí es el helado más rico jamás creado, y esto no tiene discusión, sobre todo por esas dos palabritas que puse recién: para mí.
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Y es que más allá de su sabor especial y mágico, top de los topes, tiene para mí el recuerdo de la infancia y de la adolescencia, que incluye a padre, madre, abuelos y abuelas, a los amigos del barrio (incluido el hijo del dueño de la heladería) y tantas personas y cosas que ya no están, y que convierten a ciertos sabores del pasado en disparadores de recuerdos, en dueños de momentos únicos de la vida propia, lo que hace que quizá lo que para otra persona pueda ser un helado de chocolate blanco más rico que los demás, es para mí el único e incomparable, el de mis recuerdos. Algo parecido a lo que declaran esos tipos que equivocadamente le dicen a sus parejas que “mi mamá cocina mejor”: ella no cocina necesariamente mejor que esa pobre mujer que lo sufre, pero las madres y abuelas cocinaban con el sabor de nuestra infancia, lo cual no es culpa de nuestras parejas, así que, varones, callémonos por favor de seguir declarando eso.
Lo mismo le pasó a don Anton Ego, el crítico culinario de la película Ratatouille, que descubre sobre el final del film el sabor de su infancia: así somos Anton y yo, con la sutil diferencia de que yo lo encuentro en ese helado de chocolate blanco, a la vuelta de mi barrio. Puede ocurrir, quizá, que mi sabor les sirva también a otras personas, de esa ciudad que se levanta y crece a un par de cientos de kilómetros de mi ventana; así que se los recomiendo, al helado de chocolate blanco, ahicito nomás, en la heladería de la avenida, en donde topa la otra calle, la que le viene de frente. Para qué más aclaraciones.
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
IG: @prgmez



