ver más

La frustración también educa: por qué hacerles la vida fácil puede perjudicar a los chicos

La sobreprotección y la búsqueda de soluciones inmediatas limitan el desarrollo de la autonomía. El valor del esfuerzo, el error y la espera.


Con la intención de protegerlos y evitarles una frustración, muchos adultos intervienen antes de que los chicos enfrenten dificultades por sí mismos. Resuelven problemas, anticipan obstáculos y evitan malas experiencias. Sin embargo, esa práctica, cada vez más extendida, puede generar una fragilidad que limita el desarrollo de recursos fundamentales para la vida.

Aprender a tolerar el error, atravesar desafíos y enfrentar situaciones incómodas forma parte del crecimiento. Cuando esas experiencias desaparecen, también se reducen las oportunidades de construir autonomía, confianza y resiliencia.

Con la intención de protegerlos y evitarles una frustración, muchos adultos intervienen antes de que los chicos enfrenten dificultades por sí mismos.

Lo que dice la neurociencia sobre el esfuerzo

Las investigaciones en neurociencia muestran que el cerebro necesita desafíos para desarrollarse plenamente. No crece en la comodidad permanente ni en la gratificación inmediata, sino a través del esfuerzo, la práctica, la repetición y la corrección de errores. La investigadora Maryanne Wolf ha advertido sobre la pérdida de habilidades profundas, como la lectura comprensiva y el pensamiento complejo, en una cultura cada vez más dominada por la velocidad y la inmediatez. El problema excede a la tecnología: se trata de una tendencia social que busca eliminar todo aquello que requiere paciencia, dedicación y tiempo. La crianza tampoco puede acelerarse. Como señala el especialista Miguel Hoffman en su libro Los árboles no crecen tirando de las hojas, cada proceso tiene su ritmo. Intentar apurarlo puede resultar tan perjudicial como descuidarlo.

Acompañar no es resolver

Cada vez son más frecuentes los casos de niños y adolescentes que abandonan ante la primera dificultad o que necesitan ayuda constante para avanzar. No necesariamente porque carezcan de capacidad, sino porque no han tenido suficientes oportunidades para descubrirla por sí mismos. La confianza no se construye únicamente a través de palabras de aliento. Se fortalece en la experiencia concreta de intentar, equivocarse, corregir y volver a intentar. Por eso, el rol de los adultos no consiste en eliminar el malestar, sino en acompañarlo. Estar presentes cuando algo no sale como se esperaba, ayudar a ajustar expectativas y sostener emocionalmente el proceso es una tarea fundamental de padres, docentes y cuidadores. En la escuela, esta función se vuelve especialmente visible. Cada vez que un docente sostiene un límite, habilita el error como parte del aprendizaje o evita dar respuestas automáticas, está formando algo más que conocimientos: está ayudando a construir personas capaces de tolerar la frustración, sostener esfuerzos y enfrentar desafíos.

Cada vez son más frecuentes los casos de niños y adolescentes que abandonan ante la primera dificultad o que necesitan ayuda constante para avanzar.

El riesgo de allanarles siempre el camino

Porque la vida no está exenta de dificultades. Quizás el verdadero desafío para los adultos no sea hacerles la vida más fácil a los chicos, sino prepararlos mejor para vivirla. Y eso implica, muchas veces, correrse un poco. Dejar que intenten. Dejar que se equivoquen. Dejar que se frustren, sabiendo que habrá alguien cerca para acompañarlos. Es precisamente en esos desafíos atravesados donde los niños descubren algo esencial: de qué son capaces. Y allí comienza la verdadera fortaleza.

* Lic. Erica Miretti. Psicóloga , docente Neuropsicoeducadora. Espacio Consciente Pediátrico.

* Lic. Fabiana D’Acunto. Psicóloga , docente.