La epidemia silenciosa: hablamos cada vez más, nos comunicamos cada vez menos
La hiperconectividad multiplicó las conversaciones, pero no evitó que los malentendidos sean una epidemia, comprender y tolerar sigue siendo un desafío.
Comunicarnos mejor también exige autoconocimiento.
ArchivoVivimos en una época en la que la comunicación parece más sencillo que nunca. Podemos enviar mensajes, hacer videollamadas y compartir opiniones de manera instantánea. Sin embargo, los malentendidos, los conflictos cotidianos y la sensación de no ser escuchados parecen multiplicarse. Decir lo que pensamos está al alcance de la mano, pero comunicarnos verdaderamente continúa siendo una tarea compleja.
La paradoja de la hiperconectividad
La comunicación no consiste únicamente en transmitir un mensaje. En cada conversación intervienen historias personales, expectativas, emociones y experiencias previas que condicionan tanto lo que decimos como aquello que escuchamos. Por eso, muchas veces el malentendido no pertenece exclusivamente a uno de los interlocutores: se construye en el encuentro, allí donde dos mundos internos intentan comprenderse.
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Lo que ocurre entre quien habla y quien escucha
Conversar implica mucho más que hablar. También supone alojar la presencia del otro, aceptar que puede tener una mirada diferente y revisar aquello que considerábamos evidente. Escuchar no significa simplemente esperar nuestro turno para responder, sino mantener cierta curiosidad por aquello que la otra persona intenta transmitir, incluso cuando no lo expresa como esperábamos. Las palabras tampoco tienen un significado universal. Una misma frase puede despertar recuerdos, temores, deseos o interpretaciones completamente diferentes. Además, la comunicación comienza mucho antes de la vida adulta: desde los primeros vínculos aprendemos cómo pedir ayuda, cómo esperar una respuesta y qué podemos esperar de quienes nos rodean. Esas experiencias quedan inscriptas y luego participan, muchas veces sin que lo sepamos, en nuestras conversaciones.
El desafío de volver a escuchar
El cuerpo también forma parte de cada encuentro. Un tono de voz, una pausa, una mirada, un gesto de impaciencia o un silencio pueden comunicar tanto como las palabras. Cuando nos sentimos amenazados, incluso sin que exista un peligro objetivo, nuestra capacidad para escuchar y comprender la perspectiva ajena puede reducirse. Entonces interpretamos rápidamente, suponemos intenciones y respondemos desde la defensa.
Por eso, comunicarnos mejor también exige autoconocimiento. No alcanza con aprender técnicas para hablar o escuchar: necesitamos reconocer qué nos sucede cuando el otro no coincide con nosotros, qué palabras despiertan nuestras defensas y qué historias personales aparecen en determinados encuentros. Tal vez recuperar el valor de la conversación implique hacer lugar a la pausa, a la pregunta y a la posibilidad de no tener razón inmediatamente.
Tres preguntas pueden ayudar:
¿Qué estoy intentando decir realmente?
¿Qué está escuchando el otro de aquello que digo?
¿Qué está sucediendo entre nosotros mientras hablamos?
Porque hablar mucho no significa necesariamente comunicarnos más: quizás comunicarnos mejor empiece por detenernos y escuchar.
* Lic. Erica Miretti. Psicóloga , docente Neuropsicoeducadora y Espacio Conciente Pediatrico.