Fundación Varkey y MDZ reconocen a grandes docentes
Por tercer año consecutivo, cinco docentes fueron destacados por la sociedad y sus rostros formarán parte de una campaña en vía pública que busca reconocerlos.
Cinco docentes fueron destacados por la sociedad y sus rostros formarán parte de una campaña en vía pública.
Cada día más de 12 millones de estudiantes argentinos llegan a su escuela para encontrarse con sus docentes. Sucede en las grandes ciudades y en los parajes más remotos del país. Allí, un gran docente va reconociendo lo que cada estudiante es capaz de ser y termina transformando su vida. Es una hazaña silenciosa que marcará su vida.
Por eso, Fundación Varkey junto con MDZ y otras organizaciones aliadas llevan adelante la tercera campaña nacional de vía pública que busca concientizar sobre la importancia de la tarea docente con historias y rostros reales. Cada año la campaña alcanza a más de 20 millones de personas. El objetivo de la iniciativa es que la sociedad reconozca a los grandes docentes.
Gracias a una convocatoria donde la sociedad puede “nominar” a un gran docente, más de 200 personas escribieron nombres de maestros y maestras que marcaron sus vidas. Un comité de Fundación Varkey eligió a cinco finalistas cuyos rostros pasaron a formar parte de miles de espacios en vía pública, en septiembre, durante el mes de la educación. Ellos son:
- Jackeline Hernández de Capital Federal (oriunda de Venezuela)
- Julieta Moreno de Mendoza
- Jonatan Emanuel Fernández de Santa Fe
- Olga Patricia Amaya de Tucumán
- Julieta Verónica Ursagaste de Jujuy
Agustín Porres, director regional de Fundación Varkey, expresó: “Tenemos que poner a los grandes docentes en nuestra conversación cotidiana. Muchas veces, cuando queremos hablar de educación, terminamos hablando de sus problemas. No quiero decir que haya que negarlos, claramente, pero tenemos que dejar la oda al fracaso y reconocer a ese gran docente que tenemos cerca. Si queremos transformar la sociedad, empecemos por la educación: escuchemos la voz de los docentes, acompañemos su trabajo y reconozcamos su tarea”.
Ganadores de ediciones pasadas
En 2023: Martín Vera, de la provincia de Buenos Aires; Marianela Colantuono, de CABA; Marina Zamora, de Mendoza; María Cecilia Sas, de Santa Fe; y Miguel Ángel Quevedo, de Córdoba.
En 2024: Analía Verónica Mujica, de Santiago del Estero; Domingo Suárez, de Buenos Aires; Gloria Cisneros, de Chaco; Sabrina Agüero, de Mendoza; y Víctor Daniel Vallejo, de Salta.
Los ganadores del reconocimiento de este año fueron nominados por estudiantes, exalumnos, colegas, familiares y vecinos.
Mirá el video del resumen de la campaña 2023
Las cinco historias de los docentes destacados en el 2025
Jackeline Hernández, docente de CABA
“La educación es un lugar y un momento donde todos vivimos, pero nadie lo hace tangible; existe y no se viraliza”, dice Jackeline Hernández, maestra venezolana que convirtió su vida en un viaje pedagógico lleno de desafíos.
Desde niña soñaba con enseñar. En la finca de sus abuelos, transformaba un quincho en aula improvisada y jugaba con sus primos a ser la maestra. A los 15 años empezó a enseñar de verdad, dando catequesis en la iglesia. A los 18 eligió estudiar Educación, convencida de que esa vocación infantil podía convertirse en una carrera de vida. A los 20 ya enseñaba en escuelas privadas de Venezuela.
En 2017, en medio de la crisis más dura en Venezuela, decidió emigrar a la Argentina. El país le ofrecía cercanía cultural, un acceso migratorio más sencillo y, sobre todo, la posibilidad de seguir creciendo profesionalmente. “Me decían que aquí hacer carrera en educación sería accesible —aunque en realidad me costó muchísimo—. Pero era la oportunidad de seguir adelante”, recuerda.
Lo que más le costó fue dedicar tres años a otros trabajos muy lejanos al aula. Recién en 2020, gracias a un programa de Enseñá por Argentina, pudo volver a las escuelas. Allí se formó, aunque la convalidación de su título quedó en pausa. Hoy cursa la acreditación de saberes en la UNICABA: le restan solo cuatro materias para terminar.
Su carrera dio un vuelco cuando ganó una convocatoria para enseñar en comunidades rurales del Chaco, junto a la Fundación Monte Adentro. Aprendió a manejar moto para recorrer hasta 140 kilómetros diarios y llegar a los parajes más lejanos. “No había bajado de la moto que los chicos ya me abrazaban. Fue un antes y un después en mi vida profesional. Un sueño. Algunos me dijeron que no fuera, pero me animé”, recuerda sobre esa experiencia durante la pandemia.
Cuando terminó el programa, volvió a Buenos Aires, encadenando trabajos temporales hasta entrar en Escuela Abierta, una iniciativa del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que abre las puertas de las escuelas fuera del horario escolar para ofrecer actividades artísticas, culturales, deportivas y recreativas. Allí, Jackeline encontró un espacio para desplegar su pasión por las ciencias: coordina proyectos en tres escuelas públicas donde volvió a abrir laboratorios que estaban cerrados, armó ferias científicas y enseñó a sus alumnos a perder el miedo a experimentar con materiales de vidrio. “Nos preparamos con orden, autonomía y trabajo en equipo. Así los chicos se animan a trabajar en el laboratorio con confianza”, cuenta.
En una de esas escuelas, impulsó junto a sus alumnos un proyecto de reciclaje y reutilización que derivó en una campaña solidaria: recolectaron útiles y juguetes para enviarlos al Chaco, sumando seis cajas de donaciones que ella misma llevó en diciembre de 2021.
A sus 40 años, Jackeline piensa la docencia como un trabajo en equipo, en el que hay que valerse de la comunidad, de la que ella tanto aprende. “En Venezuela y en Argentina, lo que más se parece son los chicos: la honestidad, la cara de felicidad cuando aprenden algo nuevo, los ojos que se les iluminan. Eso no cambia nunca y es lo que más me gusta”.
Julieta Moreno, docente de Mendoza
Julieta Moreno tenía apenas 19 años cuando comenzó a dar clases como auxiliar en el colegio San Jorge de Mendoza. Con vocación desde chica y una fascinación por los niños que —según ella— “te renuevan y dan más vida”, fue recorriendo grados, haciendo reemplazos y aprendiendo el oficio de enseñar. A los 20 años y habiendo cursado dos años de carrera docente, ya estaba al frente de su propio primer grado, y pronto encontró el lugar que marcaría su destino: el Centro Educativo San Cayetano, en Colonia Molina, Guaymallén. Allí cumplió sus 30 años y ya lleva una década enseñando.
El Centro San Cayetano se ubica en una de las zonas más vulnerables del departamento, es gratuito para las familias y lo sostiene la Fundación del Colegio Nadino. Es un espacio principalmente cálido, donde se brinda apoyo escolar, contención, afecto y oportunidades, porque el equipo que allí trabaja se brinda a sí mismo. Julieta enseña en un plurigrado con niños que muchas veces llegan con enormes carencias y realidades complejas; tiene estudiantes que aún en quinto grado no saben leer. Pero ella insiste: “Primero hay que ganar la confianza, derribar la coraza que la vida les impuso y luego, recién allí, podemos acompañar el aprendizaje”.
Con paciencia y amor, junto a un equipo comprometido y al que ella se refiere como “familia”, Julieta ve cómo los resultados florecen año a año: chicos que aprenden a leer, a escribir, a expresarse; exalumnos que logran empleos formales en un contexto donde abundan las changas; familias que, gracias al espacio, creen otra vez en la escuela. Para ella, el secreto está en abrir el diálogo antes de llamarle a un niño la atención; entender el contexto y enseñar que con esfuerzo, estudio y trabajo es posible romper patrones y cambiar el destino. Ella educa en valores, desde el ejemplo.
“San Cayetano cumple con todas mis expectativas docentes: mi sueño más grande era poder ayudar no solo desde lo pedagógico, sino desde el corazón”, expresa. Julieta se reconoce feliz y agradecida: hace lo que ama desde el aula, sabiendo que trasciende mucho más allá de ella. Su historia reafirma que donde hay educación con amor, hay esperanza y futuro.
Jonatan Emanuel Fernández, docente de Rosario, Santa Fe
A los 32 años, Jonatan Fernández reparte sus días entre dos escuelas y una misma pasión: enseñar. “Cuando salí del secundario, sentí las ganas de volver al lugar donde fui feliz; y tenía ganas de devolver”. Primero estudió historia, y a los dos años, en simultáneo, comenzó geografía. Aunque ama las dos disciplinas que estudió, Jonatan hoy se dedica exclusivamente a la geografía, una materia donde casi no hay docentes en Rosario porque la mayoría, luego de estudiar allí, se vuelve a su ciudad o pueblo natal.
En el Colegio Marista de Rosario, donde trabaja desde 2019, dicta geografía de primero a quinto año y, con un entusiasmo especial, un taller de Lengua de Señas que él mismo ayudó a incorporar al plan de estudios. Para sus alumnos, aprender un nuevo lenguaje se transforma en un puente con el mundo real: muchos cuentan cómo en el colectivo o en el club logran comunicarse por primera vez con personas sordas gracias a lo aprendido en clase. “Eso es un ejemplo de aprendizaje significativo para mí”, expresa Jonatan. Por las tardes, Jonatan enseña en la Escuela N.º 556 “Bicentenario de la Revolución de Mayo”, en Villa Gobernador Gálvez.
En todas las aulas que recorre nota algo en común: la falta de cariño y acompañamiento deja huellas en sus alumnos. Por eso busca construir vínculos auténticos. “Lo importante es conocerlos y hacerles buenas preguntas, no solo cuál es la capital de Perú, sino partir desde cosas que los afectan y que nos permiten ir construyendo un vínculo”, dice convencido.
Por las noches, antes de que acabe el día, Jonatan da clases de geografía en una tecnicatura en turismo, y también se anotó en la licenciatura de turismo, pero como alumno, porque quiere seguir aprendiendo. A él le gusta estar en movimiento y se nota. En su tiempo libre, relee la historia del siglo XX, investiga y se actualiza. Pero también se suma a voluntariados que promueve el colegio marista. La última semana de agosto, junto a un grupo de docentes, viajó al impenetrable chaqueño, donde compartieron una semana con la comunidad wichí haciendo actividades recreativas con los tres niveles educativos.
Su mayor desafío, afirma, es generar aprendizajes significativos en un tiempo donde todo parece efímero. Sueña con que lo aprendido en sus aulas perdure, que cada estudiante recuerde no solo contenidos, sino también la experiencia de haber sido escuchado, valorado y acompañado. “Un buen profesor —dice— es el que deja una marca estando presente”.
Olga Patricia Amaya, docente de Ranchillos, Tucumán
Patricia Amaya cada mañana se sube al colectivo para llegar a la Escuela 142 “Armando Andrés López”, en la localidad de Árbol Solo, Ranchillos, una escuela rural a 35 km de la capital de Tucumán. Allí ya la señal se empieza a entrecortar; son pocas las casas cercanas, pero 205 niños asisten cada día al jardín y a primaria. La “Seño Patricia” —como la llaman sus estudiantes— enseña lengua y matemática a los chicos de quinto grado y lidera proyectos que transforman la alfabetización en un acto de vida.
Nacida en Ranchillos, Patricia estudió para ser docente pese a las dificultades económicas: comenzó la carrera a los 22 años y se recibió a los 26. Para poder acceder a concursos y oportunidades laborales, realizó cursos adicionales una vez recibida, lo que la llevó a trabajar en otras áreas para costearlos y hasta poder ejercer plenamente la docencia. “No me gusta faltar”, dice, y su compromiso con cada estudiante refleja esa constancia: para ella, alfabetizar no es solo enseñar a leer y escribir, sino lograr que los chicos puedan comunicarse, ser comprendidos y desenvolverse en todas las áreas de la vida.
Desde su llegada a la escuela el año pasado, Patricia trajo propuestas innovadoras de alfabetización que hicieron de la lengua una experiencia viva. Introdujo el trabajo con títeres y audiocuentos: primero los chicos escuchaban leyendas y cuentos como Casa Tomada o El almohadón de plumas; luego empezaron a grabar sus propias voces, adaptando los textos, acortándolos y poniendo voces a los personajes. A partir de estas historias y con la ayuda de los padres, confeccionaron títeres de dedos y de papel; luego sumaron a los profesores de educación física y tecnología para armar la puesta en escena del teatro.
En su escuela, muchos chicos enfrentan trayectorias interrumpidas que tienen una consecuencia directa en la alfabetización. “Ante las dificultades económicas y muchas veces padres analfabetos, el compromiso del docente es clave”, afirma Patricia. Por eso, desde que llegó, comenzó a trabajar con las familias para que los chicos no falten, y a fortalecer la tarea en equipo: “No solo alfabetiza el maestro de grado, sino también la directora, la secretaria, los docentes de áreas especiales como educación física, religión, tecnología”. Ese esfuerzo compartido empieza a dar frutos: los alumnos más callados ahora participan, leen y se animan a hablar.
Las obras de teatro no solo se presentaron en la feria de ciencias zonal, sino que también las llevaron a una escuela rural cercana y ahora están planificando alcanzar a otras de la región, llevando oportunidades y aprendizaje a más comunidades. Además, en la escuela, la creación de nuevas historias sigue creciendo, involucrando a más niños de los diferentes grados.
“Quiero que aquí encuentren un lugar donde pueden ser felices, que se lleven ese recuerdo de la escuela como un espacio de vida”, dice Patricia a sus 49 años, orgullosa de un trabajo que trasciende la alfabetización. Para ella, la educación rural es un esfuerzo colectivo: involucra docentes, familias, estudiantes. Por eso cada logro es un logro de toda la comunidad.
Julieta Verónica Ursagaste, docente de La Quiaca, Jujuy
Hace 25 años que Julieta Verónica Ursagaste es docente, pero su historia se mide más en huellas que en títulos. Su vida profesional empezó en Santa Catalina, el pueblo más al norte de la Argentina, donde no hay farmacia y donde los chicos caminan horas para llegar a la escuela. Allí fue directora durante diez años, constituyó una pareja con un hombre del lugar con el cual tuvo tres hijos y aprendió de la cosmovisión de la ruralidad que la marcaría para siempre.
Las historias que la formaron no son fáciles de olvidar: un alumno que caminaba veinte horas para llegar a clases, otro que enfermó al cruzar el río y a quien acompañó hasta sus últimos días en terapia intensiva. “Ahí entendí que ser maestra no es solo enseñar, es estar”, dice.
En 2013, en busca de mejores oportunidades laborales para su pareja, Julieta y su familia dejaron Santa Catalina y se trasladaron a La Quiaca, ciudad fronteriza con Bolivia. Y aunque tuvo que esperar, el destino volvió a abrirle camino: el 10 de abril de 2017 fue designada directora de la nueva sede de la Escuela de Minas Dr. Horacio Carrillo, una escuela preuniversitaria que comenzaba a abrir sus puertas en la Puna.
Hoy dirige allí a 157 estudiantes de secundaria. Los chicos ingresan tras rendir un examen, y al tratarse de una escuela técnica, cursan durante seis años. “Hay estudiantes que viajan 3 o 4 horas para elegir esta escuela”, cuenta orgullosa Julieta. La escuela no tiene edificio propio, funciona en tres aulas prestadas por la municipalidad, pero Julieta transformó la precariedad en excelencia. “Es la escuela que más contiene”, dicen en La Quiaca.
Este año egresa la cuarta promoción y, con esfuerzo en conjunto con los padres, lograron con ventas y trabajo en equipo que las cuatro promociones conozcan Buenos Aires y experimenten lo que significa viajar por primera vez en avión.
“La escuela es formadora de hábitos”, afirma la directora y explica: “Armé una cultura de trabajo con los colegas, y de acompañamiento y guía con los estudiantes”. Su fórmula combina exigencia y cercanía: uniforme impecable, respeto, horarios estrictos y, al mismo tiempo, un compromiso que va más allá del aula. Los alumnos se turnan para limpiar las aulas; será por eso que nadie escribe en las paredes. Si alguien falta, Julieta llama a la casa o va personalmente a buscarlo. Eso lo notan y destacan los padres de la escuela. Ella abre y cierra las puertas, y consigue donaciones para garantizar al menos un desayuno diario. “Mi alumno no es un número —afirma—. Es alguien a quien acompañar, guiar y sostener”. Ella cree y ejerce un liderazgo horizontal.
En un rincón de la Puna, Julieta construyó una escuela que no solo enseña: salva y abraza.






