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Femicidio de Agostina Vega: qué rol cumplen la crianza y los vínculos familiares frente a los entornos dañinos

El caso Agostina Vega reabre el debate sobre el rol de la familia en la protección de los adolescentes. Las claves para prevenir situaciones de riesgo.

Agostina Vega tenía 14 años.

Agostina Vega tenía 14 años.

NA

El asesinato de Agostina Vega, la adolescente de 14 años hallada sin vida en Córdoba, volvió a poner en primer plano una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Qué factores pueden ayudar a proteger a niños y adolescentes frente a entornos dañinos?

Dos especialistas en crianza coinciden en que la respuesta no pasa únicamente por el control, sino por la construcción de vínculos de confianza, escucha y contención emocional desde los primeros años de vida.

AGOSTINA
El caso de Agostina Vega volvió a conmover a la sociedad argentina.

El caso de Agostina Vega volvió a conmover a la sociedad argentina.

La psicóloga y psicoanalista Déborah Bellota, especialista en maternidad, crianza y familia, y la coach ontológica y puericultora Brenda Tróccoli sostienen que la prevención comienza mucho antes de que aparezcan situaciones de riesgo.

Ambas remarcan que la familia cumple un papel central en la formación de la autoestima, la capacidad de pedir ayuda y el desarrollo de herramientas para reconocer relaciones perjudiciales.

Las alertas que marcan comportamientos

Según Bellota, uno de los principales desafíos es identificar señales que muchas veces pasan desapercibidas. Explica que el aislamiento, el miedo excesivo, los cambios bruscos de conducta, la pérdida de espontaneidad o la necesidad constante de aprobación pueden ser indicadores de que un niño o adolescente está atravesando situaciones complejas.

“Muchas veces el sufrimiento aparece disfrazado de sobreadaptación. Hay chicos que no generan conflictos, pero viven permanentemente intentando sobrevivir emocionalmente al entorno que los rodea”, señala.

Tróccoli coincide en que no existe una única señal que permita detectar un entorno perjudicial, pero advierte que determinados comportamientos deben ser observados con atención. Entre ellos menciona la hipervigilancia, las dificultades para confiar en los adultos, la baja autoestima o la tendencia a agradar constantemente para evitar conflictos.

“Muchas veces el sufrimiento infantil no aparece en forma de llanto, sino en forma de adaptación excesiva. Son niños que aprenden a sobrevivir leyendo permanentemente el clima emocional de los adultos que los rodean”, explica.

La importancia de los adultos como modelo a seguir

Las especialistas destacan que los primeros vínculos tienen una influencia decisiva en la construcción emocional de las personas. Bellota sostiene que los adultos que ejercen funciones de cuidado constituyen la primera red de seguridad emocional. Según explica, un niño desarrolla autoestima cuando siente que sus emociones son escuchadas, respetadas y validadas.

“La capacidad de pedir ayuda nace de experiencias repetidas donde el niño descubre que cuando siente miedo, angustia o confusión, hay un adulto disponible que responde”, afirma. Tróccoli plantea una mirada similar, ya que considera que el autoestima no surge de manera espontánea, sino que se construye a partir de cómo los niños son mirados y acompañados por quienes los cuidan.

Cuando las emociones son minimizadas o ridiculizadas, agrega, muchos chicos aprenden a callar incluso cuando atraviesan situaciones difíciles. Por el contrario, cuando encuentran adultos disponibles, incorporan la idea de que pedir ayuda es una estrategia saludable y posible.

Familias que protegen

Las expertas coinciden en que las familias protectoras no son necesariamente aquellas que ejercen un control permanente sobre la vida de sus hijos. Bellota sostiene que los principales factores de protección son el pensamiento crítico, el diálogo y la confianza. En ese sentido, considera fundamental enseñar que el respeto no implica obediencia ciega y que cualquier situación que genere incomodidad merece ser escuchada.

También remarca la importancia de que niños y adolescentes puedan expresar desacuerdos sin temor a ser castigados emocionalmente. “Cuando un niño aprende que puede decir ‘no’, desarrolla una herramienta fundamental para cuidarse en otros espacios”, explica.

Para Tróccoli, el vínculo es la principal herramienta preventiva. Destaca el valor de los espacios cotidianos de conversación, la educación emocional, el respeto por los límites corporales y el diálogo sobre consentimiento. “Muchos chicos callan por miedo al castigo o al juicio de sus padres”, advierte.

Escuchar antes que controlar

Otro de los puntos que resaltan ambas especialistas es la necesidad de construir relaciones basadas en la confianza. Bellota asegura que los hijos suelen compartir aquello que sienten que será escuchado. Por eso, advierte que las reacciones impulsivas, los sermones constantes o las descalificaciones pueden generar silencio en lugar de acercamiento.

“Con el tiempo dejamos de hablarles a quienes identificamos que no nos escuchan”, señala.

En la misma línea, Tróccoli sostiene que la confianza no aparece de manera automática cuando surge un problema, sino que se construye todos los días. “Muchas veces los adultos decimos que queremos que nuestros hijos nos cuenten todo, pero reaccionamos con enojo cuando finalmente hablan. Eso les enseña silencio, no confianza”, afirma.

Las especialistas recomiendan mantener conversaciones frecuentes sobre amistades, emociones, redes sociales y relaciones afectivas, incluso cuando no existan conflictos aparentes.

Qué señales no deberían minimizarse

Respecto de los errores más frecuentes de los adultos, ambas coinciden en que suele subestimarse el significado de determinados cambios de conducta. Bellota cuestiona frases habituales como “son cosas de chicos” y plantea la necesidad de preguntarse qué está ocurriendo detrás de determinadas actitudes.

Por su parte, Tróccoli advierte sobre la tendencia a atribuir todo a una etapa evolutiva. Expresiones como “ya se le va a pasar” o “está llamando la atención” pueden impedir detectar situaciones que requieren acompañamiento.

Las dos especialistas insisten en que muchas veces los niños comunican su malestar a través de conductas, cambios emocionales o transformaciones en sus relaciones, antes de poder expresarlo con palabras.

Una prevención que involucra a toda la sociedad

Entre las recomendaciones concretas, Bellota propone enseñar desde temprano que los límites personales son valiosos, priorizar la confianza por encima del control y prestar atención a los cambios emocionales y vinculares.

Tróccoli suma la importancia de construir vínculos donde hablar sea más importante que obedecer, ejercer una autoridad basada en el respeto y participar activamente de la vida cotidiana de los hijos.

Ambas coinciden en una idea central: la prevención no comienza cuando aparece el peligro, sino mucho antes, en la calidad de los vínculos que rodean a niños y adolescentes.

Sin embargo, Tróccoli agrega una reflexión que amplía el foco del debate. Considera que la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre las familias y que la protección de niñas, niños y adolescentes requiere también de instituciones y sistemas capaces de acompañar.

En medio de la conmoción generada por el caso de Agostina Vega, las especialistas plantean que fortalecer la crianza basada en la escucha, el respeto y la confianza sigue siendo una de las herramientas más importantes para reducir la vulnerabilidad frente a entornos dañinos y situaciones de riesgo.