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Felicidad: por qué aceptar lo que nos falta puede hacernos bien

La felicidad dejó de ser un deseo para convertirse en una exigencia, pero aceptar las faltas puede ser clave para construir una vida posible.


La felicidad se ha convertido en uno de los grandes imperativos de nuestro tiempo. Hay que ser feliz. Hay que sentirse bien, disfrutar, viajar, cuidarse, tener vínculos satisfactorios, trabajar en aquello que nos gusta y, sobre todo, demostrar que lo hemos conseguido. La felicidad dejó de ser solamente un anhelo para convertirse, también, en una exigencia. Pero ¿qué entendemos cuando decimos felicidad?

La felicidad como exigencia en tiempos de comparación

No es exactamente alegría. La alegría es un afecto y, como tal, pasajero. Tampoco es la ausencia de sufrimiento porque ninguna existencia humana puede quedar a salvo de pérdidas, frustraciones, enfermedades, separaciones o muerte. Quizás podamos definirla de una manera menos espectacular. La felicidad es la posibilidad de habitar la propia vida sin sentir permanentemente que deberíamos estar viviendo otra. Desde esta perspectiva, la felicidad no depende de una única condición. Está atravesada por variables que adquieren una particular significación en nuestro presente.

La felicidad se ha convertido en uno de los grandes imperativos de nuestro tiempo.

Una de ellas es el tiempo. Vivimos sometidos a la velocidad y a la obligación de aprovechar cada minuto. Pero la felicidad necesita una pausa. No solamente tiempo libre, sino tiempo que no esté colonizado por la exigencia de hacer. Otra variable es el vínculo. Podemos estar rodeados de personas y sentirnos profundamente solos. Las redes sociales multiplicaron las conexiones, pero no necesariamente la experiencia de sentirse acompañado. La felicidad conserva algo de esa antigua y elemental experiencia de tener un lugar para alguien y saber que alguien tiene un lugar para nosotros.

Está también el deseo. Deseamos objetos, experiencias, viajes, reconocimiento. El mercado parece saber siempre qué deberíamos querer. Sin embargo, consumir no equivale a desear. La pregunta verdaderamente difícil continúa siendo otra: ¿qué quiero yo? ¿o que quiere el otro de mi?

Otra variable decisiva es la falta

Nuestra época se empeña en eliminarla. Corregir el cuerpo, prolongar la juventud, evitar el dolor, alcanzar el éxito, conseguir la pareja ideal, controlar el futuro. Como si una vida feliz fuera aquella en la que finalmente nada faltara. Pero una vida sin falta no sería una vida humana. En este punto resulta particularmente interesante la formulación del psicoanalista Gabriel Rolón. En una entrevista en mayo de 2026, propone el neologismo “faltacidad”: “No existe la felicidad, existe la faltacidad, que es una felicidad que es capaz de abrazar todas las faltas, ausencias, dolores y heridas”. La expresión resulta potente porque modifica radicalmente la pregunta. Ya no se trata de cómo alcanzar una felicidad completa, sino qué hacer con aquello que inevitablemente nos falta. Rolón también cuestiona la idea contemporánea que ser feliz sería simplemente una decisión individual. En otra entrevista, en abril de 2026, sostiene directamente: “La felicidad no es una decisión”, señalando el peso de las circunstancias, del azar y de aquello que no depende enteramente de nosotros.

La felicidad dejó de ser solamente un anhelo para convertirse, también, en una exigencia.

Y ello introduce otra variable fundamental: el azar. No todo lo que ocurre en una vida es consecuencia de nuestras decisiones. Nacemos en determinadas circunstancias. Pretender que cada individuo es absolutamente responsable de su felicidad puede convertirse en un modo sutil de culpabilización porque si no soy feliz, entonces algo debo estar haciendo mal. Creo que existe una variable contemporánea: la comparación. Las redes sociales ofrecen una exposición permanente de vidas aparentemente exitosas. Casi nunca vemos pérdidas o noches de angustia que quedan fuera de la pantalla. Comparar nuestra vida íntima con la vida editada de los demás es una manera eficaz de sentir que siempre llegamos tarde. Por eso quizá la felicidad tenga menos que ver con conseguirlo todo que con dejar de medir nuestra existencia con una vara ajena. El psicoanálisis introduce aquí una diferencia fundamental porque no promete una existencia sin malestar. Freud ya había advertido que la felicidad absoluta no podía constituir el programa de una vida humana. Nadie puede estar feliz todo el tiempo y convertir la felicidad en una obligación.

Los vínculos y el tiempo que necesitamos recuperar

Quizás la felicidad sea otra cosa. Un instante en el que pasado y futuro dejan, por un momento, de disputar el presente. Una felicidad imperfecta que no niega heridas porque el interrogante posible no es cómo conseguir una vida en la que nada falte sino cómo hacer una vida posible con aquello que falta.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

IG @carlosgustavomotta