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Esteban Vilgré Lamadrid: "Prepárense que ahora vienen por nosotros"

El Veterano de Malvinas, Esteban Vilgré Lamadrid, evocó el combate, el vínculo con sus soldados y la lección de liderazgo que marcó su vida.


Con 21 años, recién egresado anticipadamente del Colegio Militar y al frente de una sección de tiradores, Esteban Vilgré Lamadrid llegó a Malvinas casi sin transición entre la formación y la guerra. La experiencia, atravesada por el combate y la responsabilidad de conducir a sus hombres, lo marcaría para siempre.

En diálogo con Alejandro Signorelli en Entrevistas MDZ, el coronel retirado repasó su llegada a las islas, el aprendizaje junto a sus soldados, la batalla en Tumbledown, y las enseñanzas que todavía hoy proyecta sobre la vida, el liderazgo y la Argentina.

Mira le entrevista completa a Esteban Vilgré Lamadrid

Entrevista Esteban Vilgre Lamadrid

- ¿Cómo fue el momento en que les dijeron que iban a egresar antes de tiempo del Colegio Militar para incorporarse al conflicto?

- Fue un proceso que, visto con el tiempo, tuvo muchas causalidades previas. Cuando la clase 62 se incorporó al Regimiento 6 en marzo de 1981, yo era cadete de tercer año y me enviaron junto a otros cadetes a darles instrucción a esos soldados que, un año después, iban a ir a la guerra conmigo. Es decir, mis primeras armas como oficial, sin saberlo, las hice con quienes después me acompañaron en Malvinas. Ahí aprendí muchísimo. Además, en ese año en el Colegio Militar tuvimos mucha actividad de campaña, muchas salidas al terreno, mucha instrucción, preparación de equipo y estudio. Por eso siempre digo que la vida me fue preparando sin que yo lo supiera. Cuando llegó el 2 de abril y nos enteramos de la recuperación de las islas, a los pocos días nos comunicaron que íbamos a egresar el 7 de abril y que iríamos a cubrir destinos por la movilización. En ese momento yo pensaba que me tocaría quedar dentro del continente, cubriendo a otras unidades.

“La mejor manera de honrar a los caídos es recordarlos con orgullo y construir un país mejor.”

- ¿En qué momento supiste que no ibas a quedarte en el continente, sino que ibas directo a Malvinas?

- Lo supe el 13 de abril. Hasta ese momento yo seguía imaginando que mi destino iba a estar en alguna ciudad del sur, porque la información que teníamos era que íbamos a cumplir tareas de reserva dentro del país. Incluso me lamentaba por no haber entrado un año antes al Ejército, y después me lamentaba porque me tocaba el Regimiento 6, pensando que quizá otras unidades irían a las islas. Pero cuando aterrizamos, el piloto dijo que había sido un honor trasladar soldados que iban a defender las Islas Malvinas. Ahí cambió todo: fue emoción, alegría y también la conciencia de que íbamos directo a la guerra. Al bajar, en el aeropuerto, todavía estaba el cartel de Stanley y esa mañana lo cambiaron por Puerto Argentino. Eso tuvo algo bueno y algo malo. Lo bueno fue que evitó una ansiedad terrible; lo malo fue que, al no saberlo antes, no pudimos preparar mejor el equipo para una guerra real. Yo llevé cosas que no servían para combatir: ropa de gimnasia, tizas, marcadores, papeles, libretas, reglamentos. Algunas terminaron sirviendo para prender fuego o armar cigarrillos, pero no para sobrevivir al combate.

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El Subteniente en Comisión Esteban Vilgré Lamadrid (a la derecha) en el aeropuerto de Puerto Argentino.

- ¿Qué significó para vos, con apenas 21 años, quedar al mando de una sección de infantería?

- Fue un golpe muy fuerte de realidad. Una sección de infantería son 47 hombres: un oficial, cinco suboficiales y 41 soldados. Y ese oficial era yo, un chico de 21 años, recién egresado, con uniforme nuevo, lampiño, con cara de nene. Yo sabía perfectamente que esa no era la imagen clásica que uno tiene del jefe de combate. Entonces mi preocupación no era solamente mandar: era ganarme a mis soldados y también a mis suboficiales, que tenían mucha más experiencia que yo. Esa etapa me enseñó algo que me sirvió para toda la vida: la transparencia. La gente te acepta cuando sos transparente, cuando tratás de ser justo, cuando mostrás tus defectos y también tus virtudes. Yo era un chiquilín, sí, pero también mostraba el amor por mi profesión, el orgullo de ser jefe de una sección de infantería y de estar cumpliendo un sueño. Malvinas fue, para mí, el paso del adolescente al adulto y del idealista romántico al soldado real.

El orgullo que siento

El orgullo que siento

- ¿Por qué decís que era clave “ganarte” a tus soldados antes del combate?

- Porque un soldado no sigue de verdad a un jefe solamente por una orden. Lo sigue cuando cree en él. Yo me acuerdo que cuando me presentaron a la sección, el 9 de abril, en Mercedes, saludé uno por uno a los suboficiales y a los soldados, y lo primero que pensé fue: “Qué difícil va a ser ganarme a estos tipos”. Cuando uno conoce su oficio, mira a otro y enseguida percibe si sabe o no sabe. En el Ejército pasa lo mismo: cómo se para un soldado, cómo mira, cómo habla, cómo sostiene el fusil. Y ellos también me miraban a mí. Yo sabía que al verme podían pensar: “Justo a mí me tocó este jefe, un subteniente nuevo”. Por eso se me volvió casi una obsesión ganármelos. Y ahí comprendí algo esencial: nadie da la vida por un soberbio, ni por un abusador. En la guerra vos buscás que alguien cumpla una orden sabiendo que puede morir, y ese hombre tiene que sentir que vos también estás ahí, que compartís el sacrificio, que no le exigís algo que vos no harías. La única forma de ganar corazones es siendo justo, sincero, transparente y sintiendo amor por los soldados que la patria te da para cuidar.

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El entonces Suteniente Esteban Vilgré Lamadrid compartiendo algo caliente con su Jefe de Compañía Teniente 1ero Raúl Abella, oficiales, suboficiales y soldados en las inmediaciones del aeropuerto de Puerto Argentino, el 15 de abril de 1982.

- ¿Qué les dejó la etapa previa al combate en la zona de Dos Hermanas?

- Me dejó muchísimo. Primero, porque ahí pude conocer de verdad a mis soldados y ellos pudieron conocerme a mí en plenitud. Nosotros estábamos en una posición aislada, y eso a mí me gustaba porque me daba libertad para moverme con mi gente, para armar camaradería y para vivir más cerca de ellos que de los mandos superiores. En ese lugar armábamos covachas, cocinábamos, compartíamos mates improvisados en un casco de granada con una bombilla hecha con una birome con virulana. Todo eso parece pequeño, pero en realidad ahí se forma el espíritu de cuerpo. Ahí se construye ese vínculo que después, en la hora del combate, es lo que sostiene a un hombre dentro de una trinchera. Porque cuando empiezan los tiros y el enemigo te viene a buscar, ya no hay grandes consignas abstractas: lo que te retiene es el hombre que tenés al lado. En Dos Hermanas mis soldados me vieron con mis defectos, que a veces les causaban gracia, y con mis pocas virtudes, que les servían. Yo era naturalmente optimista y ellos interpretaban ese optimismo como seguridad, y eso les daba tranquilidad.

- ¿Cómo recordás el inicio del combate en Dos Hermanas?

- Yo estaba convencido de que el ataque iba a llegar por ahí. La noche del 11 de junio ya se sentía que venía algo grande. El fuego de ablandamiento británico era intensísimo. Dormíamos de día y de noche estábamos todos por parejas, porque en la guerra estar de a dos te da seguridad: uno duerme, el otro vigila; uno se abriga, el otro aguanta; uno sostiene al otro. Cuando empezó el ataque yo podía verlo casi como una película:

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En el Monte Dos Hermanas en los días previos al comienzo de los combates.

- Las trazadoras, el fuego en el valle, el desplazamiento enemigo, las bocas de fuego que iban apagándose. También se escuchaban gritos, artillería naval, morteros, bengalas. Era un infierno. En un momento comprendí que el combate ya no estaba solo en otro lado, que venía hacia nosotros. Después apareció la necesidad de replegarse, reorganizarse y prepararse para un nuevo enfrentamiento. Todo eso no fue improvisado: en una unidad de infantería esas cosas se practican. Teníamos lugares previstos de repliegue, munición escondida, raciones de combate, puntos de reunión. En medio de ese caos, cada cosa aprendida valía oro.

“La única forma de ganar corazones es siendo justo, sincero y transparente.”

- ¿Hubo una escena o un momento puntual que te haya marcado más que ningún otro?

- Sí, la noche del 13 de junio. Yo estaba agotado, con hambre, con mucho frío y con miedo. Había perdido mis guantes y varias cosas del equipo en el combate anterior, y sentía que ya no me tocaba solamente pelear: me tocaba asumir que probablemente iba a morir ahí. En un momento me senté sobre una piedra. A mi izquierda estaba el infierno del combate; a mi derecha, Puerto Argentino iluminado, con gente caminando, con el buque hospital Bahía Paraíso en la bahía.

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Recreación de Puerto Argentino de noche, como la veía Esteban Vilgré Lamadrid en su relato. Fuente: Imagen tratada con Gemini

Para mí eso era la paz, la vida normal, la familia, la casa. Yo estaba de novio, soñaba con formar una familia, y sentía que todo eso se terminaba esa noche. Entonces metí las manos en el bolsillo para calentarlas y encontré un telegrama de mi padre. Decía: “Querido hijo, se acercan momentos difíciles. Cuídate mucho. Cuida a tus soldados. Viva la patria. Te bendice tu padre”. Eso me ordenó por dentro. Entendí que no podía borrarme, que no podía volverme un cobarde. Entonces llamé a mis suboficiales, les conté lo que me había pasado y les dije que seguramente los soldados estarían sintiendo lo mismo. También les dije que era muy probable que mañana muchos de nosotros no veamos la luz del sol, así que rezamos juntos la oración del soldado y les pedí que fueran a darle aliento a los soldados. Rezamos esa oración del soldado tan linda y me quedé dormido. Me relajé de tal manera que me quedé dormido, dentro de lo que el estado de vigilia de un combatiente permite, pero me quedé dormido y de repente me despierta el soldado Di Sciullo y me dice que me buscaban, que tenía que ir al puesto comando. Yo estaba seguro que sería la orden de contraatacar.

Me fui a recibir la orden y les dije “tiren todo a la mierda que ahora sí, vamos a combatir”.

Fui y efectivamente, fue una orden de contraataque, fuimos a cubrir una penetración en el sector de la compañía Nácar. Yo creía que todavía quedaba primera línea, no había hecho reconocimientos, así que me adelanté en la oscuridad porque era muy confuso el combate. Yo no sabía quién era quién. Me adelanté con el soldado Arrúa y otro soldado, Velez, un cordobés de la compañía Nácar del BIM 5 (Batallón de Infantería de Marina 5) y fuimos juntos.

El sí tenía visor nocturno en su fusil. Yo, como conté, me había olvidado el mío en la posición. Y cuando yo creí que estaba llegando a las posiciones argentinas, con toda mi tropa a retaguardia, a unos 700 metros, él me dice, “parece que son ingleses”. Sí, me da a el fusil y me dice fíjese que tienen boina. Y ahí ya más alerta, percibí que alguien daba órdenes en inglés.

Habíamos llegado al lugar donde estaba el jefe de la compañía flanco izquierdo haciendo el relevo con la compañía flanco derecho.

Entonces la compañía flanco derecho lo sobrepasaba, y el mayor Price le pregunta ¿Quiénes son esos argentinos de abajo? Éramos nosotros tres. Y él le dice que tire cuatro tiros que se van a la mierda en inglés.

En ese momento que yo me doy cuenta, tiro una granada de fusil, porque mi desesperación era volver con mis hombres, porque mi miedo no era tanto que me maten a mí, sino que ellos estaban solos en las piedras creyendo que adelante había argentinos, y de repente no volvía el jefe.

Entonces pensé que verían a tipos venir caminando, y pensarían que eran argentinos, los iban a agarrar. Entonces yo estaba desesperado por volver, tiré la granada de fusil, se armó ese tiroteo donde casi tengo la suerte de matar al jefe británico, de hecho, recibe un tiro en su brújula de alguno de nosotros. En medio de eso repliego con mi gente, llego y digo que se preparen, que estaban viniendo.

La idea era que ellos salgan al claro y ahí tirarles nosotros. No ir a buscarlos, sino tirarles, hacer un combate de encuentro. Alguno de nosotros se apuró en la ansiedad, les abrió el fuego antes de que terminen de salir y empieza un combate muy duro que terminó casi al mediodía del 14 de junio. Toda la operación empezó, ponele, a la 01:00 de la mañana, y el combate propiamente dicho habrá empezado a las 07:00 y habrá terminado a las 08:15. Para mí fueron tres días, pero claro, no duró más de eso que es lo lógico, porque la munición te dura eso.

En ese lugar vi como mis soldados iban cayendo.

Yo me quedé con Horisberger, al cual le refería los blancos que venían por la dorsal, que eran para mí lo más importante.

Ahí conseguimos herir a varios de ellos. Y ya en un momento casi amaneciendo, me doy cuenta que estoy aferrado.

Aferrado en un combate de infantería es cuando es mejor quedarte atrás de la piedra que atacar o replegar. Es tal la superioridad de fuego del enemigo, que ya no te queda otra que quedarte en la trinchera.

Yo ya tenía varios muertos, varios heridos, varios que ya no tenían munición, se habían quedado sin munición, así que ordené replegar como se pudiese. Había que replegar 500 metros hacia la retaguardia. Nos juntábamos a retaguardia. Ahora, ¿Cómo hacés en la oscuridad de la noche y con bengalas para saber cuál es la retaguardia?

Ese día caen siete soldados en total de mi sección entre el Negrito Guanes y los que caen, más el doble de heridos. Hay un montón de anécdotas de mis soldados cuando los británicos toman prisioneros o de combate cuerpo a cuerpo, como el soldado Montoya, que empieza a revolcarse con un inglés hasta que se dan cuenta que ninguno iba a doblegar al otro y se miran, bueno basta ya está, ya terminó y se paran y el británico le invita una taza de té. Esas cosas que tiene la camaradería del combate, porque los soldados, la diferencia que tienen con un terrorista es que el soldado tiene código de honor, tiene normas de conducta. Y vos cuando vas al combate sabes que si el que está del otro lado está bien instruido, posiblemente sea el que te salve la vida.

Ese mismo tipo que te pegó el tiro, es muy loco entenderlo como civil, pero vos como soldado lo sabés. Y muchos de mis soldados prisioneros fueron curados por los británicos. Algunos, como el Negro Ramos, fueron subidos al helicóptero antes que heridos británicos, porque esa es la norma entre soldados, porque su herida era más grave.

"No le esquivas al sacrificio, haces lo mismo que vos vas a exigir"

"No le esquivas al sacrificio, haces lo mismo que vos vas a exigir"

- Después de todo lo vivido, ¿qué enseñanza te dejó Malvinas y qué mensaje te gustaría transmitir hoy?

- Malvinas me marcó para toda la vida. Me marcó como militar, como jefe, como padre y como persona. Cuando terminé el combate y entré a Puerto Argentino con apenas 13 hombres, entre muertos, heridos y prisioneros, yo sentía que había fracasado, que era el peor de los jefes y que no iba a saber cómo mirar a mi padre ni cómo enfrentar a las familias de mis soldados. Sin embargo, mis propios hombres me dieron una lección enorme.

El soldado Britos se me acercó y me pidió sacarnos una foto y yo me enojé con él, entonces él me dijo que algún día vamos a estar orgullosos de lo que hicimos, y que vamos a estar orgulloso de lo que les costó a los “Johnnies” ganarnos. Calculá que en un momento dado del combate eran cinco pelotones británicos contra un solo pelotón que era el mío, y así y todo les costó y nos alcanzó el día. Yo en ese momento no lo entendí, pero me dieron la primera lección de mi vida personal.

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Puerto Argentino, 14 de junio de 1982. El soldado Daniel Britos sonriente con un Vilgré Lamadrid frustrado por el cese del fuego. El tiempo le daría otra perspectiva sobre lo ocurrido.

Al otro día, en una barraca, yo estaba escondido en la sombra, lleno de vergüenza y dolor, y vi que un grupo de soldados se acercaba. Pensé que venían a reprocharme algo. Pero me dijeron: “Feliz cumpleaños, mi subteniente”. Ahí entendí que había cosechado ese amor entre hombres que es la camaradería, que se forja compartiendo el sacrificio. Por eso creo que Malvinas debería ser un ejemplo para la Argentina. Es una historia de amor a la patria, de ciudadanos comunes que se vistieron con el uniforme de San Martín y fueron a pelear por la bandera de Belgrano. La mejor manera de honrar a los caídos es recordarlos con orgullo, con honor, y construir un país mejor, más unido, más digno de ellos.