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Entre palabras y escena: la transformación de la literatura al teatro

Adaptar una obra no es reproducirla: cada transposición es una creación nueva que transforma la narrativa original en experiencias escénicas únicas, cargadas de emoción y sentido propio.


Conversando con mi amigo Walter Romero acerca de las transposiciones de un texto al cine o al teatro, surgió una pregunta tan sencilla como profunda: ¿qué ocurre con una obra cuando abandona el lenguaje en el que fue concebida para habitar otro completamente diferente?

La cuestión no es menor

Basta observar la cartelera teatral porteña actual, donde conviven adaptaciones tan diversas como Secreto en la montaña, Charlie y la fábrica de chocolate, Billy Elliot, Rocky, Anastasia o Desde el jardín, para advertir que la relación entre literatura, cine y teatro constituye una de las formas más fértiles de creación artística contemporánea. La creciente presencia de adaptaciones invita a reflexionar sobre un fenómeno tan frecuente como complejo. Novelas, cuentos e incluso películas llegan a los escenarios con la promesa de reencontrarse con nuevos públicos y de ofrecer una experiencia diferente sobre materiales ya conocidos. Sin embargo, toda transposición implica mucho más que un traslado. Se trata de una verdadera operación de transformación.

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Rocky.

La literatura y el teatro trabajan con materiales distintos

Mientras la primera se apoya en la palabra escrita, la descripción y la construcción imaginaria que realiza cada lector, el segundo se sostiene en cuerpos, voces, espacios, silencios y presencias concretas. Aquello que en una novela puede ocupar páginas enteras de reflexión interior debe encontrar, en la escena, una forma visible o audible. Por esta razón, la adaptación nunca es una reproducción. Es, necesariamente, una interpretación. Quizás uno de los errores más frecuentes sea evaluar estas obras únicamente en términos de fidelidad. La pregunta acerca de si una adaptación es fiel al original suele ocultar una cuestión más importante: si ha logrado encontrar una forma teatral capaz de transmitir la potencia dramática, emocional o conceptual de la obra de partida. La fidelidad absoluta no sólo resulta imposible, sino también indeseable. Cuando una puesta intenta reproducir literalmente un texto literario, corre el riesgo de convertirse en una ilustración escénica, correcta pero carente de vida propia.

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Billy Elliot.

Por el contrario, las adaptaciones más logradas suelen ser aquellas que aceptan la transformación como condición de existencia. Comprenden que algo se perderá en el proceso, pero también que algo nuevo podrá surgir. La voz narrativa, las descripciones o ciertos matices psicológicos pueden quedar en el camino; a cambio aparecen la presencia física de los actores, la intensidad del encuentro en vivo con el espectador, la fuerza de una imagen escénica o la capacidad de una música para condensar emociones que la literatura desarrolla a través de páginas enteras. Charlie y la fábrica de chocolate enfrenta el desafío de materializar un universo fantástico que originalmente habita en la imaginación del lector. Billy Elliot, Rocky y Anastasia muestran cómo historias nacidas en el cine pueden adquirir una nueva dimensión a través del lenguaje musical, donde el canto y la danza no ilustran la acción sino que se convierten en parte esencial de ella. Obras como Secreto en la montaña o Desde el jardín evidencian, por su parte, la compleja tarea de condensar temporalidades extensas y mundos subjetivos en el espacio necesariamente acotado de una representación teatral.

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Charlie y la fábrica de chocolate.

Lo interesante es que estas experiencias ponen en cuestión una idea muy arraigada: la de que existe una versión original y otra derivada, una obra auténtica y una copia. En realidad, toda adaptación es una nueva obra. Mantiene un vínculo con su fuente, pero construye su propio sentido. Como ocurre con las traducciones entre lenguas, nunca se trata de una equivalencia perfecta. Siempre hay desplazamientos y decisiones creativas que modifican el resultado. Desde una perspectiva más amplia, podría afirmarse que toda transposición pone en escena una verdad fundamental de la cultura: ninguna obra permanece idéntica a sí misma a lo largo del tiempo. Cada lectura, cada representación y cada interpretación producen sentidos nuevos. El pasaje de un texto a la escena no es entonces una mera reproducción, sino una forma particularmente intensa de lectura y de creación.

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Desde el jardín.

Hay un interesante paralelo en el psicoanálisis

Del mismo modo que una novela no puede trasladarse al teatro sin transformarse, tampoco el relato que un sujeto lleva a análisis permanece idéntico a sí mismo a medida que es trabajado mediante la palabra. La interpretación analítica no consiste en descubrir un significado oculto y definitivo que estaba esperando ser revelado. Por el contrario, introduce nuevas asociaciones y lecturas inesperadas que modifican la relación del sujeto con su propia historia. Las adaptaciones artísticas y el trabajo analítico comparten una misma lógica. En ambos, se trata de una transformación antes que de una traducción perfecta. No hay una fidelidad absoluta al origen, porque el sentido nunca está definitivamente fijado. Cada lectura vuelve a producir la obra; cada interpretación vuelve a producir al sujeto.

Entre el texto y la escena, entre el relato y su interpretación, se abre entonces un espacio creativo donde lo conocido puede volverse extraño y donde lo ya dicho puede comenzar a decir algo nuevo. Es en ese movimiento, en esa distancia entre una forma y otra, donde acontece la auténtica metamorfosis: tanto de las obras como de quienes se atreven a leerlas o interpretarlas.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.