Historias de argentinos que nacieron en otro lado
Los argentinos nacen donde quieren, y acá se los acepta como tales, sin más miramientos, no cuentan sus historias.
No pudo menos que sentir un poco de solidaridad por tanto argentino desconocido, que estaba en ese mismo momento sufriendo algo similar a lo que habían vivido sus ancestros.
Archivo MDZUna lluviosa mañana de junio Fátima nacía en Bangladesh, casi junto con su país, que recién había logrado la independencia unos pocos años antes de que Argentina consiguiera la primera de las estrellas que lleva bordada en la camiseta de su selección de fútbol.
Cuando ella aún no llegaba a los diez años, escuchó de labios de su abuela que, esos mismos ingleses que se habían cargado a millones de personas en su patria durante la segunda guerra mundial, estaban ahora atacando a aquella lejana tierra, allá en el culo del mundo, a más de dieciséis mil kilómetros de su cama, al sur de Sudamérica. No pudo menos que sentir un poco de solidaridad por tanto argentino desconocido, que estaba en ese mismo momento sufriendo algo similar a lo que habían vivido sus ancestros: mil veces había escuchado las historias del hambre que mató a sus parientes hacía menos de medio siglo atrás, por decisión de aquellos ingleses que dejaron sin alimentos a su pueblo por una decisión “estratégica” de guerra. Así había sido en aquellos años en su tierra, y era uno de los tantos condimentos que conllevaba el haber sido colonia: millones de ciudadanos “de segunda”, como sus ancestros, murieron de hambre para que se alimentaran los habitantes de primera del imperio británico. Negocios son negocios.
Argentinos asiáticos, y argentinos europeos
Noah vivía, podría decirse, más cerca de Fátima de lo que le quedaba Argentina a ambos. Su casa en las tierras altas de Escocia estaba a alrededor de ocho mil kilómetros al noroeste de Bangladesh, y a diferencia del país asiático, su tierra (del doble del tamaño que la ex colonia inglesa) seguía siendo parte del imperio británico. El rencor de los escoceses contra sus “compañeros” de isla, era mucho más remoto que el de los asiáticos, pero incluía de todos modos puntos comunes: masacres, violaciones, expulsión de personas de sus tierras, y un sinfín de tropelías que los ingleses habían hecho en el pasado, desde el sur de la isla que cohabitaban, contra sus vecinos escoceses del norte. Y aunque nadie, ni ellos mismos, podrían haber dicho que los ciudadanos ingleses eran mala gente, sí existía un resentimiento de difícil cura contra todo lo que el imperio británico había hecho a lo largo de la historia con cualquiera que se le atravesara en el camino. En los últimos años, algunos de los artistas ingleses habían acercado su cultura al resto del mundo: la lucha por la paz mundial del ex Beatle John Lennon, el apoyo de Roger Waters (ex miembro de Pink Floyd) para ayudar a identificar los cuerpos de soldados argentinos enterrados en Malvinas, o el acompañamiento explícito a la lucha contra las dictaduras latinoamericanas de Sting, ex cantante de la banda “The Police”, fueron todas acciones que acercaron el reconocimiento del resto del planeta al pueblo inglés; pero nada logra, aún a la fecha, hacer olvidar las tropelías de la monarquía de Gran Bretaña.
La venganza casi nunca es buena
Así las cosas, y con el fútbol ocupando cada vez más el centro de los gustos de la humanidad, ganarle un partido a los ingleses bien puede convertirse en una pequeña venganza, un resarcimiento moral que lejos está de compensar las miserias generadas por esa nación al planeta… pero al menos algo es algo, pensaron Fátima desde el sur de Asia y Noah desde el norte de Europa, y se pusieron la celeste y blanca con las tres estrellas refulgentes en el costado izquierdo del pecho. “Los argentinos nacen donde quieren” gritan a quien quiera escuchar las casi cincuenta millones de almas que sí tienen documento de ese país, como si se hubieran aprendido de memoria el preámbulo de la Constitución que dice algo parecido; como que sí, si querés, venite a Argentina que te recibimos como uno más. Y la globalización amplió el precepto constitucional y ya ni se vienen, se hacen argentinos en todos los lugares del planeta, sin siquiera conocer a este bendito país, y por razones tan diversas como la buena onda de sus habitantes, la belleza de sus lugares y, por qué no: la chance explícita de gritar como propios los goles de la Selección de Fútbol Argentina; y si son goles hechos a los ingleses… mejor, mucho mejor.
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
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