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El Rulo

En “Eso da para un cuento”, su nueva sección, publica historias nacidas de esas situaciones cotidianas, incómodas, graciosas o dolorosas que alguna vez le hicieron pensar justamente eso: esto da para un cuento.


Como todas las semanas de ese 1993, Mario lo agarraba a Luis, el Rulo, a la salida del colegio y en la parada de bondi, lejos del colegio para que no lo vieran, y siempre lo volvía loco. Su único pecado era tener cara de inteligente, anteojos culo de botella y unos rulos que a Mario lo volvían loco, incluso más que sus buenas notas.

Lo amenazaba constantemente con que se corte los rulos, que, si no, lo iba a rapar con una máquina de afeitar de su viejo que guardaba en su mochila.

Imaginate estar en sexto grado y ser el Rulo

Siempre lo amenazaba con lo mismo y el Rulo, cagado de miedo, desaparecía en los recreos escondido en algún rincón, en algún baño o merodeando por los pasillos bien cerca de la dirección. Pero sabía que, en la parada de bondi, tarde o temprano y algún día, Mario se le iba a aparecer.

Ah, me olvidaba, el pobre Rulo también tenía una mancha de nacimiento con pelos detrás de la pierna, entre la pantorrilla y el muslo. Los días que más odiaba de ese colegio que no era para él eran los de Educación Física, donde tenía que ir con pantalón corto. Para colmo, los directores no lo dejaban ir en jogging, ni siquiera en esos días helados de junio donde un pelotazo de un quemado te quemaba en serio. Por esa maldita mancha peluda de nacimiento, los compañeros liderados por Mario, más por miedo que por respeto, lo cargaban constantemente con frases diferentes que nunca se agotaban: “Eh Rulo, te cagaste encima…”, “Rulo, ¿sabías que tenés una gata peluda pegada en la gamba?”, “Rulo, te estás convirtiendo en el hombre lobo, ojo que hoy hay luna llena”. Y la amenaza de la máquina de afeitar para cortarle los rulos, en esos días, incluía raparle los pelos de su mancha de nacimiento. En fin, los anteojos y los rulos eran exclusividad de Mario, pero la mancha con pelos era del pueblo.

Todos los fines de semana, Rulo le pedía de rodillas a sus padres que lo cambiaran de colegio, explicando que iba todos los días con miedo y que estaba harto de las burlas. Y ellos, cegados como todos los padres de esa época, le respondían que tenía que aguantar, que no les de bola, que ya iba a pasar y el padre siempre cerraba diciendo que, si hubiese aguantado las clases de judo, hoy se podría defender. También le decían que piense en el futuro ya que ese gran colegio, por la cantidad de contactos, le daría un pase directo a la mejor salida laboral. Y, por último, le remarcaban lo que les costaba la cuota mensual suya y de sus hermanos, como si el pobre Rulo tuviese que amortizar la cuota con el bullying. “Por favor, Luisito, tenés que entender y aguantar, yo sí querés hablo con los papás de Mario, que son compañeros de tenis del club y pueden hablar con él”.

Todos los fines de semana, Rulo le pedía de rodillas a sus padres que lo cambiaran de colegio.

Rulo le rogaba a sus padres que lo cambiaran de colegio

Porque Rulo se llamaba Luis, pero nadie lo llamaba por su nombre, salvo su familia y los vecinos del barrio. Para todo el colegio, era el Rulo, un apodo que obviamente él no eligió, sino que le tocó.

Así pasó Luis el final de la primaria, hablando lo menos posible para que Mario no se percate de su presencia, respondiendo algunas preguntas de las pruebas mal a propósito para aprobar, pero con 6, para que Mario no le haga chistes en voz alta en medio de la clase. O pidiendo ir a Enfermería después de un acto digno de los Oscars que incluía dolores de panza, oído o muelas, evitando así comerse algún pelotazo en la cara o en la mancha de nacimiento, con el chiste de siempre de Mario, quien, después del pelotazo, le pedía disculpas argumentando que su intención era matar la sanguijuela que se le había pegado en la pierna. Que lo había “salvado”.

Un día, Rulo agradeció a algún dios (a esta altura, era ateo y no creía ni en su papá), pero sucedió algo que cambió su vida. A Mario lo echaron del colegio. No fue por algo puntual, habrá sido por un cúmulo de situaciones que el director venía aguantando desde hace años. Más allá de la relación que había con su padre (un exalumno brillante y amigo de las autoridades, en una reunión con un whisky de testigo), les juró a los padres que no les quedaba otra, los maestros ya no lo soportaban más, los alumnos de años inferiores se quejaban todas las semanas y, si no lo echaban, el mismo director corría peligro de que lo saquen de su puesto.

La secundaria sin Mario para Rulo fue más tranquila. Ni fu ni fa, pero al menos ya no tuvo acosos, los compañeros lo evitaban y él a ellos. Ya era tarde para hacerse amigos, el daño estaba hecho.

Rulo agradeció a algún dios

Treinta años más tarde, Mario llegaba tarde a la entrevista de trabajo. No era su culpa, él salió a tiempo, pero una marcha cerca del Congreso provocó un embotellamiento donde los colectivos tuvieron que hacer otro recorrido a paso de hombre, mientras los pasajeros insultaban al chófer y varios comenzaban a bajar, prefiriendo avanzar caminando que llegar tarde a donde fueran.

Mario fue uno de ellos

Faltaban diez minutos para las cuatro de la tarde y estaba a más de veinte cuadras. Esa semana iba a cumplir un año sin trabajar y la plata ya se le había acabado hace tiempo. A sus 45 años, contaba con dos fracasos matrimoniales que lo habían dejado sin un peso, una estadía de dos años en una Clínica de Alcohólicos Anónimos, tres hijos con los cuales su relación era casi nula, con una mujer del primer matrimonio y dos varones del segundo.

Y sus padres ya estaban viejitos. Y si bien estaban salvados económicamente con departamentos en Arelauquen y Punta del Este, no le soltaban un mango.

Mario, muy en el fondo, sabía que se merecía todo su presente. Desde que tenía uso de razón, había hecho las cosas mal. Lo que de chico y de adolescente pensaba que estaba haciendo bien, como aparentar ser el más macho en clase, ser el mejor deportista, tratar de acostarse con la mayor cantidad de chicas, comenzar a fumar, a beber y a drogarse, ya de grande se dio cuenta de que no era por ahí y esas malas decisiones le estaban pasando factura.

Volviendo a la entrevista

Mario comenzó a caminar rápido y, durante las últimas diez cuadras, viendo que ya eran las cuatro y diez, comenzó a correr bajo el sol del centro pensando en que no iba a llegar, en que una vez más le iban a decir que no, en por qué mierda tuvo que ser así toda su vida, en por qué no pudo terminar la carrera de Administración de Empresas, en cómo se había gastado la poca plata de sus padres en joda cuando era para estudiar afuera, en cómo había cagado infinidad de veces a sus dos mujeres, o en cómo se había perdido la infancia de sus hijos por culpa del alcohol, faltando a todos los partidos de fútbol y hockey, cumpleaños y actos escolares.

La lista era interminable y podía correr una maratón con todas las cosas malas que había hecho, pero una baldosa floja con agua lo hizo cambiar de foco y de repente, muy agotado, y al ver su zapato empapado, paró de correr como Forrest Gump cuando se puso a correr hasta dejarse crecer la barba. La lista maldita se le puso en blanco y su cabeza también. Ya estaba a media cuadra de la empresa llamada Power Empathy, donde lo esperaban para entrevistarlo. Mario entró al hall jadeando y transpirado, y antes de encarar la sala de Recepción atendida por seis mujeres, se paró debajo del aire acondicionado y, mirando hacia él, como si fuera el mismo cielo, prometió que, si le iba bien en la entrevista, iba a cambiar su vida. Iba a ser bueno de verdad.

Sl ver su zapato empapado, paró de correr como Forrest Gump cuando se puso a correr hasta dejarse crecer la barba.

No importaba que ya fueran las cuatro y veinte, esa plegaria hacia el dios Split fue sincera y Mario estuvo a punto de romper a llorar como nunca lo había hecho en su vida. Al recuperar el aire y la dignidad, se acercó a la chica que estaba libre y le dijo: “Buenas tardes, mi nombre es Mario Petersen y vengo a ver a Lautaro Díaz del piso 22”. La chica, que se llamaba Florencia, o al menos eso decía el cartel, después de mirarlo de arriba abajo y detenerse en el gran círculo de transpiración de cada uno de sus antebrazos, llamó, preguntó y luego de un seco listo le dijo como si fuera un contestador automático que el señor Lautaro había tenido que salir y que le había pedido que vaya al mismo piso y pregunte por el señor Luis Beloqui, también director de Recursos Humanos.

Cuando iba por el piso 14, de repente, se le cortó la respiración y sintió que iba a tener su segundo infarto. Beloqui le sonaba y le sonaba en el inconsciente, pero no sabía de dónde hasta que, en el piso 9, cuando vio a una señora de unos sesenta años que lo miraba incómoda, se dio cuenta. En realidad, cuando vio los rulos de la señora se dio cuenta. Luis Beloqui, un nombre que solo era válido para los maestros de la secundaria, su familia y Power Empathy.

Era Rulo. “La puta madre”, pensó. El mismísimo Rulo de la gata peluda en la pierna, de la sanguijuela, del sorete con pelos. No podía tener tanta mala suerte. Se acordó de una frase vista en una publicidad que le había impactado: “No te metas con un nerd, mañana podría llegar a ser tu jefe”.

No podía tener tanta mala suerte.

Cuando llegó al piso 22, se acercó a la Recepción

La motricidad automática de su cuerpo le ganó –nadie sabe cómo– a su mente, que le pedía desesperadamente que no salga, que siga de largo hasta el último piso del ascensor para volver a bajar e irse disparando de ahí. Pero llegó y, tartamudeando, preguntó por “el Ru, perdón, por el señor Beloqui”. Le pidieron que se sentara a esperar, pero Mario no podía reaccionar, se quedó parado y asustado mirando a la puerta de vidrio que daba inicio a una enorme oficina, donde al menos quince personas estaban en sus puestos de trabajo. De repente, apareció él. Mucho más alto de lo que se lo imaginaba, un cuerpo muy laburado en el gimnasio, traje y zapatos comprados en alguna ciudad de los Estados Unidos y una cabeza perfectamente redonda y brillante, sin un solo pelo. “No tiene un puto rulo”, pensaba Mario mientras lo veía acercarse en slow motion y sonriendo. “¿Se habrá quedado pelado o se habrá rapado por mi culpa? Rulo de mierda”, pensó mientras su corazón galopaba como un potro salvaje.

Finalmente, Luis se acercó, lo saludó de manera amable y, como si no lo conociera, le dijo mirándolo fijamente a los ojos: “Gracias por venir, señor Petersen, lo estaba esperando ansiosamente. Acompáñeme a la oficina si es tan amable y evaluaremos si está capacitado para este puesto”.

* Diego Villanueva es escritor y columnista de MDZ. Autor de Casi 30 artistas para antes de dormir. De El renacer del pádel y otros cuentos. Además, coordina el taller de escritura “Eso da para un cuento”, para quienes quieren animarse a escribir, encontrar su propia voz y acercarse a grandes cuentistas y autores. Podés anotarte acá en Instagram