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El nuevo FOBO: el miedo a quedar obsoletos en la era de la inteligencia artificial

Crece la preocupación por mantenerse vigente en un entorno que cambia a gran velocidad y exige aprendizaje continuo.


La irrupción de la inteligencia artificial está generando una transformación sin precedentes en la forma en que trabajamos, aprendemos y tomamos decisiones. Herramientas que hace apenas unos años parecían ciencia ficción hoy redactan textos, analizan datos, crean imágenes, programan software y automatizan tareas que antes requerían horas de trabajo humano y mucho más.

Frente a este escenario, una emoción comienza a hacerse cada vez más visible en organizaciones, universidades y conversaciones cotidianas: el miedo a quedar obsoletos. Se manifiesta en frases como "siento que voy atrasado", "hay demasiado para aprender", "no sé si mis conocimientos siguen siendo suficientes" o "me preocupa no poder adaptarme a lo que viene". Es una sensación silenciosa que atraviesa generaciones, profesiones y niveles jerárquicos. Curiosamente, este fenómeno guarda cierta relación con un concepto que ya conocíamos: el FOBO, sigla de Fear of Better Options. El término fue popularizado por Patrick McGinnis para describir la dificultad de tomar decisiones cuando existe el temor de que aparezca una alternativa mejor. Hoy pareciera estar surgiendo una nueva interpretación social del FOBO: el miedo a quedar fuera de juego mientras el mundo sigue avanzando.

El miedo a quedar obsoletos

La velocidad del cambio tecnológico está generando una sensación permanente de actualización pendiente. Apenas aprendemos una herramienta, aparece una nueva. Apenas comprendemos una tendencia, surge otra. El resultado es una presión constante por mantenernos vigentes. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre quedar obsoleto y sentirnos obsoletos. La tecnología puede transformar procesos, automatizar tareas o modificar roles, pero eso no significa que las personas pierdan valor. Lo que cambia son las herramientas y las formas de trabajar. El valor humano continúa estando en nuestra capacidad de interpretar, conectar, crear, colaborar y encontrar sentido.

La velocidad del cambio tecnológico está generando una sensación permanente de actualización pendiente.

La historia demuestra que cada revolución tecnológica generó incertidumbre. Ocurrió con la mecanización industrial, con la llegada de las computadoras y con la expansión de Internet. Algunas ocupaciones desaparecieron, otras se transformaron y muchas nuevas surgieron como consecuencia de esos cambios. La pregunta no es si el entorno seguirá cambiando. La pregunta es qué tan preparados estamos para adaptarnos. En este contexto comienza a cobrar relevancia un concepto cada vez más mencionado por especialistas en liderazgo, educación y futuro del trabajo: el AQ o Coeficiente de Adaptabilidad. Si el coeficiente intelectual nos habla de la capacidad cognitiva y la inteligencia emocional nos permite comprender y gestionar nuestras emociones, el AQ hace referencia a la capacidad de adaptarse, aprender, desaprender y evolucionar frente a escenarios inciertos.

Amin Toufani, uno de los impulsores de este concepto, sostiene que la adaptabilidad se ha convertido en una de las ventajas competitivas más importantes del siglo XXI. La razón es simple: el conocimiento sigue siendo valioso, pero la velocidad con la que ese conocimiento queda desactualizado es cada vez mayor. Por su parte, diversos informes del Foro Económico Mundial vienen señalando que las habilidades más demandadas para los próximos años incluyen la resiliencia, la flexibilidad, la curiosidad, el aprendizaje continuo y la capacidad de responder eficazmente a contextos cambiantes. Todas ellas tienen algo en común: son manifestaciones concretas de la adaptabilidad. Aquí es donde la inteligencia emocional adquiere un papel central. Cuando percibimos una amenaza, nuestro cerebro activa mecanismos de protección. Aparecen el miedo, la ansiedad, la resistencia o la negación. Son respuestas humanas normales. El problema surge cuando esas emociones nos paralizan y nos impiden aprender. Muchas personas no le temen realmente a la inteligencia artificial. Lo que temen es no sentirse capaces de convivir con ella.

La inteligencia emocional permite gestionar esa incertidumbre. Nos ayuda a reconocer lo que sentimos sin quedar atrapados en ello. Nos permite transformar el miedo en curiosidad, la inseguridad en aprendizaje y la resistencia en apertura. En lugar de preguntarnos si la inteligencia artificial va a reemplazarnos, quizás la pregunta más útil sea: ¿qué capacidades necesito desarrollar para seguir siendo relevante en este nuevo contexto? La buena noticia es que la adaptabilidad puede entrenarse. Cada vez que incorporamos una nueva herramienta, exploramos una tecnología desconocida, cuestionamos una práctica que ya no funciona o aprendemos una habilidad diferente, fortalecemos nuestra capacidad para navegar la incertidumbre.

Muchas personas no le temen realmente a la inteligencia artificial.

Muchos no le temen a la inteligencia artificial

También la fortalecemos cuando aceptamos que no necesitamos saberlo todo de inmediato. En un entorno donde el conocimiento cambia constantemente, la ventaja no está en tener todas las respuestas, sino en mantener la disposición para seguir aprendiendo. La inteligencia artificial está redefiniendo muchas reglas del trabajo, pero también está poniendo en evidencia algo profundamente humano: nuestra capacidad de evolucionar. Las habilidades técnicas seguirán siendo importantes. Sin embargo, las competencias que probablemente marcarán la diferencia serán aquellas que las máquinas tienen más dificultades para replicar: la empatía, el criterio, la creatividad, la comunicación, la colaboración, el pensamiento crítico y la inteligencia emocional.

Quizás el desafío de esta época no sea evitar la obsolescencia tecnológica, tal vez el desafío real sea evitar la obsolescencia emocional. Porque en un mundo donde la tecnología cambia todos los días, la capacidad más valiosa seguirá siendo la de aprender, adaptarnos y reinventarnos sin perder nuestra esencia.

* Verónica Dobronich, autora de “Desconéctame por favor”. Cómo escapar de la presión de las redes sociales y la hiperconectividad.