Usamos inteligencia artificial, pero ¿sabemos para qué?
La inteligencia artificial promete transformar el trabajo, pero su verdadero valor aparece cuando responde a problemas concretos y no a una moda.
La inteligencia artificial nos regaló la entrada gratis, y en ese regalo perdimos la costumbre de preguntarnos para qué.
Archivo.Hace un tiempo les conté de mi primera PC en los 80: Un cursor titilando que me exigía el enorme esfuerzo de aprender a hablarle. Aprender a usarla costaba, y mucho. Hoy quiero contarles qué pasó unos años después, cuando esa misma computadora empezó a servir para algo concreto. Porque ahí hay una pista para entender lo que está ocurriendo, ahora mismo, con la inteligencia artificial.
Cómo adoptamos Excel
Ahora pensemos en una herramienta que casi todos usamos alguna vez: la planilla de cálculo, el famoso Excel. ¿Cómo llegó a nuestras vidas? Yo no conozco a nadie que haya abierto Excel por curiosidad, para ver qué onda. Lo abrimos porque teníamos un problema: una lista de gastos que no cerraba, un presupuesto hecho a mano que había que rehacer cada vez, una cuenta que se repetía mil veces.
Teníamos el problema primero, y por eso estábamos dispuestos a hacer el esfuerzo de aprender. Y aprender Excel costaba. Las celdas, las fórmulas, esa manía de poner el signo igual antes de todo. Pero ese esfuerzo tenía sentido, porque sabíamos exactamente para qué lo hacíamos. El objetivo venía antes que el esfuerzo, y lo justificaba. Nadie aprendía Excel en abstracto: lo aprendía para resolver algo que ya le dolía.
Nuevos tiempos
Con la inteligencia artificial, el orden se dio vuelta. Acá está el cambio, y es más profundo de lo que parece. Usar una IA conversacional no cuesta ningún esfuerzo. Uno entra, escribe una pregunta en un lenguaje de todos los días y recibe una respuesta. No hay que aprender fórmulas, no hay que instalar nada, y encima hay versiones gratuitas.
La puerta de entrada, que en Excel exigía esfuerzo, acá está abierta de par en par y nos invita a entrar. Esa invitación parece una gran noticia. Y en parte lo es. Pero tiene una trampa: al desaparecer el esfuerzo de entrada, desapareció también el objetivo.
Con Excel, el esfuerzo nos obligaba a tener claro para qué lo queríamos. Con la IA entramos sin esa claridad, porque entrar es gratis. Y la facilidad, que parecía nuestra aliada, termina siendo el propio enemigo: nos ahorra el trabajo, pero también nos ahorra la pregunta de para qué.
Usos y desusos
El uso más pobre es el que más se repite. ¿Y qué hace la mayoría cuando entra sin un objetivo claro? Lo más parecido a algo que ya conoce. Le pregunta a la IA lo mismo que le preguntaría a Google. La usa como un buscador que, en lugar de darle una lista de enlaces, le contesta directamente.
Que quede claro: eso no está mal, y muchas veces sirve. Pero es apenas la punta del iceberg, el uso más pobre de una herramienta capaz de muchísimo más. Es como haber aprendido Excel solamente para sumar dos números. La IA puede ayudarnos a repensar cómo trabajamos, no solo a responder lo de siempre un poco más rápido. Solo que ese uso, el que de verdad vale, sigue exigiendo lo que la facilidad nos hizo saltear: detenernos a pensar para qué la queremos.
Por ejemplo esa tarea aburrida y repetitiva que te lleva toda la tarde. Tomar 50 facturas, abrirlas de a una y extraer la fecha, el importe, el proveedor y cargar la información a mano, la IA la resuelve en un minuto, solo tenés que saber pedírselo. Y cinco minutos después, podés tachar una tarea ineficiente de tu descripción de puesto. Y agregar una nueva, súper eficiente.
Empresas entran en juego
Y entonces llega la presión de las empresas. Hasta acá hablé de las personas. Pero lo mismo, exactamente lo mismo, está pasando a otra escala dentro de las organizaciones, y ahí sale más caro. En muchas empresas la inteligencia artificial no entró por una necesidad detectada, sino por presión: porque el competidor anunció que la estaba usando, porque el directorio preguntó, porque había que mostrarse moderno.
Así, de un día para el otro, se compran licencias para todo el mundo y se empuja a la gente a usar una herramienta para la que nadie definió un objetivo. Entra entonces una multitud sin rumbo, todavía con menos claridad que quien la adoptó por su propia iniciativa. Empieza el gasto, empieza el uso, pero no aparece el impacto.
Se adoptó, otra vez, sin saber para qué. Y no me malinterpreten: estoy a favor de la adopción en todos los niveles. Pero estoy en contra de adoptarla sin un caso de uso claro. La empresa que primero encuentra el problema a resolver y después despliega la herramienta hace exactamente lo mismo que quien abrió Excel con una planilla en la cabeza. No es una cuestión de tamaño ni de tecnología. Es una cuestión de orden.
Usar una herramienta no es lo mismo que cambiar la forma de trabajar. Y esta es la distinción que se pierde en el medio de todo el entusiasmo. Usar la herramienta es hacer más rápido el mismo informe de siempre. Cambiar la forma de trabajar es preguntarse si ese informe todavía tiene que existir. Lo primero se compra en una tarde. Lo segundo hay que pensarlo, y cuesta más coraje que dinero.
Hay una prueba sencilla para saber, en una empresa, cuál de las dos cosas pasó. Si la persona que hoy hace maravillas con la IA se fuera mañana, ¿qué quedaría? Si con ella se va la mejora, entonces nunca cambiamos la forma de trabajar: solo teníamos a alguien hábil usando una herramienta nueva. Si la mejora se queda, porque ya está incorporada a cómo se hacen las cosas, entonces sí hubo una transformación de verdad.
La velocidad no es la buena noticia que parece. Vivimos una carrera por adoptar inteligencia artificial, y esa velocidad se celebra como si fuera, en sí misma, una señal de éxito. Yo no estoy tan seguro. Se adopta rápido, justamente, porque se adopta sin pensar para qué. La velocidad no es el mérito: es el síntoma.
Con aquella computadora de los años 80, el esfuerzo nos obligaba a tener un objetivo antes de empezar. Con la IA también. La inteligencia artificial nos regaló la entrada gratis, y en ese regalo perdimos la costumbre de preguntarnos para qué. Recuperar esa pregunta —primero el problema, después la herramienta— es, probablemente, lo único que separa a quienes de verdad van a aprovechar esta tecnología de quienes solo van a usarla.



