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El Maestro de Benito Quinquela Martín: Alfredo Lazzari, pinturas pequeñas de un alma grande

El barrio de La Boca tiene, entre sus características, ser motivo de inspiración de grandes maestros del arte. Esto no fue la excepción para Alfredo Lazzari.


En un rincón del barrio de La Boca, en los márgenes del Riachuelo y muy lejos ya de su Toscana natal, un hombre silencioso, de andar pausado y ojos atentos, pintaba paisajes y enseñaba arte con espíritu de cepa renacentista. Su nombre quedó inscripto en la historia del arte argentino como el maestro de Benito Quinquela Martín.

Se llamaba Alfredo Lazzari y llegó a Buenos Aires en 1897, sin sospechar que iba a echar raíces definitivas en una tierra que adoptaría como propia. Pintor sensible, maestro generoso.

Desde Lucca al sur porteño

Lazzari nació el 25 de mayo de 1871 en Diecimo, Lucca, en el corazón de la Toscana italiana en el seno de una familia acomodada. Su infancia transcurrió entre colinas suaves, talleres artesanales y una rica tradición pictórica que él mismo cultivaría con pasión. Estudió en el Real Instituto de Bellas Artes de Lucca y luego en la Real Academia de Florencia, donde perfeccionó su técnica y se familiarizó con la influencia de los macchiaioli, ese grupo de pintores que anticiparon el impresionismo con su atención a la luz y al color antes que al contorno.

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Olavarría e Irala, año 1940

En marzo de 1897, con apenas 26 años, Lazzari desembarcó en Buenos Aires para realizar unos vitrales religiosos en La Plata. El encargo no se concretó, pero el destino le tenía preparada otra tarea. Nunca regresó a Italia. Primero se instaló en Barracas, y más tarde, hacia 1903, se mudó a Lanús, donde viviría por décadas. El sur del Gran Buenos Aires sería su nuevo paisaje emocional.

Un maestro con alma de artista

Nuestro artista pronto encontró un lugar donde desarrollar su vocación docente. En la Boca comenzó a dar clases en la Academia Pezzini-Stiatessi de la Sociedad Unión de origen socialista y en su propio taller de la calle Pavón. Allí formó a decenas de jóvenes que buscaban en el arte un camino de expresión y de vida.

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La mecedora , año 1914

Entre sus discípulos más recordados figuran nombres fundamentales: Fortunato Lacámera, Luis Ferrini, Arturo Maresca, Santiago Stagnaro y hasta el músico Juan de Dios Filiberto. También orientó a figuras como Miguel Carlos Victorica y Thibon de Libian. Pero sin duda su más dilecto heredero fue Benito Quinquela Martín a quien quedó unido en una de las páginas más gloriosas del arte de los argentinos.

El paisaje ribereño del Riachuelo y la Isla Maciel fue escenario de largas jornadas de pintura al aire libre. Maestro y alumnos partían con sus cajones de madera, lienzos y pigmentos, buscando la luz del mediodía o los reflejos del atardecer sobre el agua turbia. Pintaban barcos, fábricas, muelles, pero también interiores, patios, mujeres en sus quehaceres. Lazzari no necesitaba grandes formatos para decir cosas hondas. Sus pinturas, a menudo pequeñas, condensan una emoción callada, un instante detenido.

Impresión

Impresión.

Una vida entre el arte y la vida

En 1911, Lazzari se casó con Ana Zaino, sobrina del pintor Salvador Zaino. Se mudaron a un departamento en Piedras y San Juan, desde cuyo balcón el artista pintó más de una escena urbana. Uno de sus cuadros más íntimos y conmovedores es La mecedora (1914), donde retrata a su esposa en una atmósfera de paz doméstica. Allí conviven el rigor académico con la ternura de lo cotidiano.

Lazzari obtuvo la ciudadanía argentina en 1929, pero ya era parte del alma del barrio. Participaba en tertulias de café, en exposiciones modestas y en encuentros culturales en espacios no siempre convencionales, como la legendaria peluquería de Nuncio Nucíforo, en la calle Olavarría, donde se cruzaban artistas, poetas y bohemios.

Patio (Barracas) 1898

Patio (Barracas)1898

Durante años, su obra circuló solo entre alumnos, amigos y vecinos. La gran crítica oficial lo ignoró en vida, tal vez porque no frecuentaba salones ni buscaba prestigio. Fue recién en 1935 cuando sus discípulos Quinquela y Lacámera lograron organizar su primera muestra individual en la Galería Witcomb, abriendo las puertas a un reconocimiento más amplio.

Alfredo Lazzari falleció en Buenos Aires en 1949, sin alardes, como había vivido. Pero su huella sigue presente en cada pintura que se detiene a mirar con ternura el paisaje que la rodea. Fue, como alguien dijo una vez, un “pintor de cosas simples”, pero no por eso menor. Todo lo contrario: en la humildad de sus temas, en la suavidad de su trazo, en la vibración contenida de sus colores, hay una grandeza sin estridencias.

Primavera en la sierra 145

Primavera en la sierra.

Exposiciones y rescates

Después de aquella primera muestra, su obra comenzó a ser más visible: expuso en el Museo Municipal de Bellas Artes (1937), en la Agrupación Impulso (1943), en la Galería Argentina (1951), en Peuser (1953), Van Riel (1960), y en el Museo Nacional de Bellas Artes (1964). En los años siguientes, su nombre estuvo presente en muchas otras galerías, como Riobbó y Cassará, y en 1968, el Museo Municipal de Artes Plásticas le dedicó una muestra.

A lo largo de las últimas cuatro décadas presentamos sus obras en distintas oportunidades en diversos ámbitos. Pronto lo haremos nuevamente, esta vez asociándolo a Quinquela en una exposición en que el diálogo de alumno y maestro darán cátedra de buena pintura.

Carlosmpinasco@gmail.com