El desafío de transformar un veneno en medicina

Investigadores y becarios del CONICET estudian las sustancias tóxicas de Lonomia spp., una de las orugas más peligrosas de Misiones, y evalúan sus potenciales usos para el desarrollo de antídotos y fármacos antitrombóticos nacionales.

CTyS

El contacto con orugas del género Lonomia provoca inflamación, dolor quemante, cefaleas, vómitos y, en casos graves, insuficiencia renal y hemorragias severas.

De un tiempo a esta parte, la provincia de Misiones comenzó a registrar accidentes por contacto con algunas especies de orugas venenosas. Las del género Lonomia pueden llegar a ser mortales: el contacto con sus cerdas color verde musgo, con forma de pino en miniatura, provoca inflamación, dolor quemante, cefaleas, vómitos y, en casos graves, insuficiencia renal y hemorragias severas.

Cuando ocurren estos accidentes, cada vez con mayor frecuencia en la población rural de Misiones, el sistema de salud debe recurrir al pedido de donación del antiveneno de Brasil ya que no hay producción local de antídoto para este tipo de envenenamiento.

Frente a eso, un equipo del Instituto Nacional de Medicina Tropical (INMeT), dirigido por la Doctora María Elisa Peichoto, estudia los principios activos del veneno para entender mejor el mecanismo del envenenamiento y, así, proyectar no solo un antídoto local sino buscar, a partir de sus cualidades anticoagulantes, nuevas moléculas con potencial para el desarrollo de medicamentos.

“Estamos estudiando en los venenos aquellos componentes que puedan tener una potencial aplicación farmacológica. En el caso de las orugas, buscamos principios activos que puedan ser utilizados como agentes antitrombóticos”, explica la investigadora a Agencia CTyS-UNLaM.

El veneno de Lonomia se aloja en una glándula ubicada en el extremo de sus cerdas. Basta con un pequeño roce para que sus cutículas se quiebren y las toxinas se inoculen en la piel a través de microlesiones, comenzando su acción inflamatoria e inductora de dolor, y posteriormente actúan sobre el sistema de coagulación de la víctima.

“Algunas de las toxinas -desarrolla Peichoto- tienen la capacidad de degradar el fibrinógeno (principal proteína del sistema de la coagulación presente en el plasma sanguíneo humano), y/o actuar sobre las plaquetas que también son componentes importantes para la coagulación de la sangre. A partir de esto, estamos trabajando arduamente para poder llegar a obtener componentes purificados con acción desfibrinogenante y/o antiplaquetaria, que puedan prevenir la formación de trombos (coágulos sanguíneos) en el sistema circulatorio”.

Mientras tanto, el estudio comprobó que el antiveneno brasileño funciona correctamente pese a las ligeras diferencias con las orugas autóctonas. No obstante, un mayor conocimiento de la biología y toxicología de estas orugas permitirá que, en un futuro, se produzca un antídoto local tal como los que actualmente provee el Instituto Nacional de Producción de Biológicos del ANLIS-Malbrán para venenos de serpientes, arañas y escorpiones.

“No solamente tratamos de entender la cuestión toxicológica y farmacológica, sino también estudiamos a las orugas desde el punto de vista biológico y ecológico, porque tratamos de tener una visión global de los accidentes con animales venenosos en la provincia, para contribuir en aspectos claves como educación ambiental y prevención de estos accidentes”, concluyó la investigadora.Informe de la Agencia CTyS.

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