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Dónde duele más el dolor: desigualdades invisibles en Argentina

En el Día Mundial de la Concientización sobre el Dolor, que se celebra el 17 de octubre, especialistas advierten que en Argentina el alivio del dolor sigue siendo desigual.


El dolor no distingue edades ni profesiones, pero sí contextos. En Argentina, una persona que vive con dolor -ya sea por una enfermedad crónica, un cáncer avanzado, una migraña persistente o un dolor lumbar- en la Ciudad de Buenos Aires puede recibir atención médica en pocos días; otra, en un pueblo del Norte, con menos recursos sanitarios, servicios médicos lejanos o menos medios económicos, debe recorrer kilómetros para ser atendida.

En ese contraste se revela una injusticia silenciosa: el alivio no llega para todos del mismo modo. Así lo confirma un estudio publicado en la revista Pain, que analizó cómo las desigualdades sociales y territoriales también atraviesan el tratamiento del dolor.

En la Argentina hay pocos estudios sistemáticos sobre el tema, pero los datos que existen son contundentes: más del 80% de los pacientes con cáncer avanzado sufre dolor, aunque solo uno de cada diez accede efectivamente a cuidados paliativos. En las enfermedades no oncológicas, esa cifra se reduce aún más: apenas alrededor del 5% de quienes los necesitan recibe este tipo de atención. Factores sociales y de género, además, influyen de manera determinante en las posibilidades de acceder al sistema de salud.

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Más del 80% de los pacientes con cáncer avanzado sufre dolor.

Las desigualdades se expresan de muchas formas: la falta de especialistas en zonas rurales o provincias menos pobladas y la escasa infraestructura médica prolongan los tiempos de diagnóstico y retrasan los tratamientos. A eso se suman los medicamentos costosos, los traslados y la necesidad de seguir trabajando aun cuando el dolor impide hacerlo, una carga que pesa el doble para quienes tienen menos recursos. En muchos casos, el dolor aparece cuando la enfermedad ya está muy avanzada, lo que vuelve más difícil aliviarlo de manera integral. También persisten prejuicios hacia los analgésicos fuertes y una preocupante falta de formación y conocimiento sobre el manejo del dolor entre los profesionales de la salud.

El tema es crucial, porque el dolor no es solo un síntoma

El dolor erosiona la vida: limita la posibilidad de trabajar, dormir, relacionarse, disfrutar de las actividades cotidianas. Además, genera gastos directos -medicamentos, tratamientos- y costos indirectos, como la imposibilidad de trabajar, de moverse o de cuidar a otros. Y tiene también impactos psicológicos, sociales y emocionales que se acumulan, especialmente cuando no se alivia a tiempo. En un país atravesado por desigualdades (de ingresos, de género, de territorio, entre otros), el dolor se convierte en otro reflejo de esa inequidad.

A partir de la evidencia internacional y de los primeros datos nacionales que emergen, se identifican varias urgencias. Entre ellas, garantizar el acceso a medicamentos esenciales, como los analgésicos básicos y los opioides necesarios que, cuando sean indicados, estén disponibles, sin trabas burocráticas, y que los pacientes conozcan su derecho a recibirlos. También, avanzar en la prevención y el tratamiento temprano del dolor crónico, con un abordaje interdisciplinario que integre rehabilitación, fisioterapia y salud mental.

Al mismo tiempo, es necesaria una investigación más profunda sobre las desigualdades locales. No se trata solo de medir cuánto duele en promedio, sino de entender cómo varía ese dolor según la provincia, el barrio, el género o la situación socioeconómica. Saber dónde duele más puede orientar mejor los recursos.

Resulta clave, además, mejorar la formación y sensibilización del personal de salud, para que médicos, enfermeros y otros profesionales no solo aprendan a reconocer el dolor, sino también los sesgos que pueden influir en su evaluación -como subestimar el dolor de las mujeres, de los pacientes pobres o de quienes viven en zonas rurales-, y estén preparados para abordarlo desde un enfoque biopsicosocial.

Finalmente, se requieren políticas públicas con mirada territorial, que impulsen la inversión en servicios de salud comunitarios, en telemedicina para regiones aisladas y en redes de apoyo que acerquen la atención al lugar donde vive la gente. El dolor no debería depender del lugar donde uno nace, de cuánto gana o del género al que pertenece. En la Argentina existen avances, pero aún falta cerrar la brecha entre lo que establece la ley y lo que efectivamente vive la gente.

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El dolor erosiona la vida: limita la posibilidad de trabajar, dormir, relacionarse, disfrutar de las actividades cotidianas.

Aliviar el dolor no es solo una cuestión de salud

Es también un acto de dignidad, de derechos humanos y de justicia social. Que cada política, cada servicio y cada consulta médica tengan presente que tratar el dolor no es un lujo, sino una urgencia para quienes lo sufren.

* Dra. Florencia Coronel, investigadora independiente del CONICET e integrante del Grupo de Dolor del IIMT (CONICET–Universidad Austral).

* Dr. Pablo Brumovsky, Investigador Independiente del CONICET y miembro del Grupo de Dolor del IIMT (CONICET–Universidad Austral).