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Del silencio al cuidado: acompañar el duelo gestacional y perinatal

Visibilizar el duelo gestacional y perinatal es clave, escucha, contención y derechos. Dejar el silencio atrás, para acompañar la pérdida de un embarazo.

Es un dolor doble: por la vida que no fue y por los proyectos que no se concretarán.

Es un dolor doble: por la vida que no fue y por los proyectos que no se concretarán.

Archivo MDZ

El duelo no siempre se reconoce. A veces se esconde, se niega o se minimiza. Sin embargo, late con fuerza en quienes lo atraviesan. Entre los más invisibles están los duelos que llegan con la pérdida de un embarazo (gestacional) o poco después del nacimiento (perinatal): dolor que queda en silencio, como si fuera demasiado pequeños para merecer atención.

Se los llama pérdidas menores, aunque nada tienen de menor

Porque el dolor de perder un hijo no se mide por el tamaño de un ataúd, ni el amor por los kilos que marcaba la balanza. El amor comienza desde el instante en que se lo sueña, y su ausencia deja una huella real aunque nunca haya sido visto, sostenido o abrazado.

En ese vacío, muchas madres sienten culpa o fracaso. Se preguntan si hicieron algo mal, si su cuerpo “falló”. Y los padres también sufren, aunque a menudo se los empuje al rol de los fuertes. Ellos también lloran al hijo que no fue. Negar este duelo es doblemente injusto: priva del hijo y priva de la posibilidad de compartir el dolor.

duelo perinatal
Negar este duelo es doblemente injusto: priva del hijo y priva de la posibilidad de compartir el dolor.

Negar este duelo es doblemente injusto: priva del hijo y priva de la posibilidad de compartir el dolor.

Lo más reparador suele ser lo más sencillo: validar, escuchar, dar lugar a la palabra y a las lágrimas. Frente a la culpa, el perdón de uno mismo es esencial: comprender que no hay culpa en la fragilidad de la vida, que la pérdida no borra el amor, y que integrar la ausencia es el camino para sanar

El duelo silencioso, el del futuro soñado

Cuando no es posible volver a concebir, se enlaza la pérdida con la frustración de no poder ejercer el rol de madre o padre. Es un dolor doble: por la vida que no fue y por los proyectos que no se concretarán. No se trata solo de llorar una ausencia, sino también de despedirse de una identidad imaginada.

Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿qué da sentido a mi vida ahora? Resignificar no es olvidar ni sustituir; es aprender a habitar el vacío sin negarlo, integrarlo en la historia personal y transformar ese amor interrumpido en gestos de ternura, solidaridad o creación.

Pero este dolor no interpela únicamente a la intimidad de quien lo atraviesa. También nos llama a reflexionar como comunidad: ¿qué hacemos, como entorno cercano, como instituciones, como espacios de trabajo, frente a alguien que atraviesa una pérdida así? ¿Lo consideramos un asunto menor, un motivo “insuficiente” para una licencia, o reconocemos que detrás de ese empleado o colega hay una persona en vulnerabilidad extrema?

duelo
Aparece la pregunta inevitable: ¿qué da sentido a mi vida ahora?

Aparece la pregunta inevitable: ¿qué da sentido a mi vida ahora?

Con frecuencia, las políticas laborales lo ignoran

No hay licencias específicas ni protocolos. Así, madres y padres quedan forzados a retomar tareas como si nada hubiera pasado, silenciando un dolor real. ¿Cómo puede alguien rendir cuando lleva dentro una herida abierta?

El capital humano no se mide solo en productividad. También en cómo una institución mira a sus miembros en la fragilidad. Acompañar no es un costo: es una inversión en humanidad. Fortalece la confianza, la pertenencia y la lealtad. Una organización que acoge a sus colaboradores en el dolor siembra compromiso y construye cultura de cuidado.

La empatía, la escucha y la gestión emocional -a veces llamadas “habilidades blandas”- no son un adorno ni un plus. Son gestos concretos de humanidad que marcan la diferencia en los momentos más difíciles. Un líder que acompaña a un colaborador en duelo no solo cuida su motivación y su lugar en el equipo: también transmite que, aun en la fragilidad, nadie está solo.

El duelo es crisis: no hay fórmulas ni respuestas suficientes. Aunque también es oportunidad de desplegar recursos internos, alojar el dolor y, poco a poco, transformarlo. Todos necesitamos ser acompañados en los duelos; todos, alguna vez, somos alcanzados por la pérdida. Crear conciencia es un acto de humanidad y de cuidado colectivo.

Mirar de frente estos dolores invisibles es una forma de reconocer la vida, aunque haya sido breve, y de honrar el amor que deja. Darles un lugar en la palabra pública es tender un puente: entre lo íntimo y lo social, entre el silencio y la presencia. Validarlos es acompañar. Y acompañar es la forma más humana -y más sabia- de amar.

* Marta Caviglia. Profesora de la Maestría en Intervención en Poblaciones Vulnerables de la Universidad Austral.