Día del autismo: Sofía cambió de repente y una consulta a tiempo hizo la diferencia
Su historia refleja cómo detectar señales tempranas del autismo. Actuar a tiempo puede mejorar el desarrollo y la calidad de vida entre padres e hijos.
Según estadísticas internacionales, al menos 1 de cada 36 niños presenta Trastorno del Espectro Autista.
Archivo MDZSofía tenía 20 meses y era una niña muy alegre, la mimada de sus padres y abuelos. Había nacido a término sin ninguna dificultad, caminó a tiempo y a los 15 meses empezó a decir sus primeras palabras. Sonreía, jugaba y sabía compartir con otros niños cuando la llevaban a la plaza.
Sofía, una niña muy alegre
Una tarde de verano, su mamá observó, extrañada, cómo Sofía se quedaba absorta mirando el ventilador de la habitación. Pasó allí más de diez minutos hasta que tuvo que sacarla del lugar. Al día siguiente ocurrió algo similar frente al lavarropas en funcionamiento: la niña quedó fascinada con el movimiento. Cuando su mamá intentó interrumpirla, reaccionó con un berrinche intenso. Con el paso de los días, algo empezó a cambiar. Sofía dejó de sonreír con la misma frecuencia, comenzó a aislarse y perdió interés por interactuar con otros chicos. En la plaza ya no quería jugar, evitaba el arenero, parecía molestarle la textura y tampoco toleraba los ruidos en lugares cerrados.
También dejó de decir las palabras que había incorporado y desarrolló una fuerte atracción por los objetos que giraban: daba vuelta los autitos de su hermano para hacer rodar sus ruedas de manera repetitiva. No respondía a su nombre y cualquier situación podía desencadenar llanto, sin que su familia lograra entender qué le pasaba. Frente a estos cambios, sus padres tomaron una decisión clave: consultar. El pediatra los derivó a un neurólogo infantil, quien planteó una “sospecha de autismo”, una categoría inicial frecuente a edades tan tempranas. A partir de allí, Sofía comenzó un abordaje terapéutico integral: psicología para favorecer la conexión, terapia ocupacional para trabajar la sensibilidad a estímulos y fonoaudiología para recuperar la comunicación.
Sus padres tomaron una decisión clave: consultar
Hoy Sofía tiene 5 años. Su diagnóstico es autismo. Después de muchas horas de terapia, logró avances significativos: está más conectada, volvió a jugar al arenero y disfruta hacer figuras con masa. Aunque aún no desarrolla lenguaje oral, se comunica a través de pictogramas que le permiten expresar necesidades y deseos. Ese aprendizaje llevó tiempo, porque implicó volver a construir algo tan básico como la intención de comunicar. En el plano social, ya no rechaza a otros niños, aunque todavía necesita ayuda para sostener el juego compartido. Asiste al colegio con acompañante, con adaptaciones que le permiten transitar la rutina con menor ansiedad. En paralelo, su familia y sus docentes también aprendieron a leer sus tiempos, anticipar situaciones y construir entornos más accesibles.
La historia de Sofía no es excepcional
Según estadísticas internacionales, al menos uno de cada 36 niños presenta Trastorno del Espectro Autista. Pero lo que sí marca una diferencia profunda es el recorrido: la atención temprana de su familia, la consulta oportuna y el acceso a terapias adecuadas. Detectar a tiempo no cambia quién es un niño, pero sí puede cambiar de manera significativa sus oportunidades de desarrollo y su calidad de vida. Y del mismo modo, la inclusión no depende solo de intervenciones clínicas, sino también de una sociedad capaz de comprender, acompañar y adaptarse.
Porque, en definitiva, todo empieza por algo tan simple -y tan decisivo- como animarse a mirar.
* Verónica Maggio. Directora de la Diplomatura en Trastornos del Lenguaje Infantil de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral



