Descubrí el Bar Los Galgos: tradición y vanguardia en Buenos Aires
El Bar Los Galgos ensambla la cocina argentina con una propuesta que renueva clásicos porteños con técnica, producto y una mirada contemporánea.
El Bar Los Galgos es un ícono de Buenos Aires que se renueva sin traicionar la tradición de la comida clásica porteña.
Prensa Bar Los GalgosEl Bar Los Galgos ocupa un lugar singular dentro del mapa gastronómico porteño. No es solo un bar notable recuperado, sino un espacio donde la tradición se trabaja con criterio de autor. Su propuesta apuesta por una cocina argentina reconocible, afinada desde la mano de quien cocina, la elección del producto y decisiones que esquivan las huellas del pasado para quedarse en el presente.
Los Galgos es parte del ADN gastronómico de la ciudad. Supo ser punto de encuentro durante décadas del circuito cotidiano de artistas, periodistas y habitués del centro porteño, por sus mesas pasaron; Discépolo, Pugliese, de Caro y Troilo. Así como Luca Prodan y Arturo Frondizi, de esta forma se convirtió en leyenda. En la actualidad su cercanía con el Teatro El Picadero y la calle Corrientes, lo convierte en una extensión natural de la escena teatral: actores, directores y técnicos lo elegían antes o después de una función. Ese cruce entre lo artístico y lo urbano persiste, aunque con nuevas dinámicas. El nombre del bar tiene su origen en la afición de su fundador por las carreras de galgos. En aquellos años, esta práctica estaba asociada a los sectores más acomodados de la sociedad porteña, lo que le daba al lugar un aire ligado a ese universo social. Tras décadas de actividad, el bar cerró sus puertas, hasta que en 2015 volvió a abrir, iniciando una nueva etapa sin perder su peso simbólico. La reapertura estuvo a cargo de Julián Díaz y Flor Capella, también responsables del bar 878, Florería el Atlántico, La Fuerza y la pizzería Roma, en el Abasto. Su enfoque fue claro: recuperar el espacio con materiales originales, boiserie, carpintería, mosaicos y al mismo tiempo incorporar una mirada fresca desde la gastronomía. Lo primero que aparece al entrar es la tensión bien resuelta entre pasado y presente. La boiserie, los mosaicos y la barra se mantienen como anclaje visual, pero no funcionan como escenografía vacía. Hay una decisión concreta de que el contenido, lo que se come y se toma, esté a la altura de ese contexto
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En cocina, Florencia Dragovetsky sintetiza esa idea con claridad. Su recorrido le permitió incorporar técnicas, trabajar con distintos productores y construir una identidad propia. En Los Galgos, esa experiencia se traduce en una cocina que busca sumar valor a la propuesta porteña sin biri biri, priorizando calidad, trazabilidad y procesos cuidados, evitando reversiones forzadas, entendiendo que la gastronomía evoluciona con el tiempo. La propuesta gastronómica se apoya en productos de temporada y en una lógica de cocina consciente. No hay ingredientes fuera de su mejor momento: no aparecen tomates en invierno ni atajos que comprometan el resultado. A la vez, se recuperan productos que se han perdido con el tiempo como el alcaucil y se impulsa el aprovechamiento integral del animal, incorporando cortes como lengua o rabo.
La actualización de recetas tradicionales es uno de los puntos más interesantes. Dragovetsky plantea una revisión de la cocina clásica, como la de Doña Petrona, reduciendo excesos de manteca o crema sin resignar sabor. La milanesa funciona como ejemplo: corte propio ni muy fino ni muy grueso, marinada en seco, rebozado con grisines molidos que logran un dorado preciso y sin grasa excesiva. Se acompaña con papas fritas de triple cocción y huevos de gallinas libres. A la vez, aparecen variantes que amplían el repertorio sin romperlo. El revuelto gramajo clásico convive con una versión vegetariana a base de hongos portobello que es una delicia. También se pueden encontrar opciones como “El copetín Los Galgos” que trae queso Lincol, queso Campeche y charcutería artesanal. Otras entradas como Buñuelos de acelga y queso gouda con alioli picante, 3 empanadas cuatro quesos y nuez con confitura de tomate (tamaño copetín), tortilla de papas y Paté rustico de aves entre otras cosas.
Bar Los Galgos: tradición porteña y vanguardia culinaria
Para los principales hay un exquisito ojo de bife de pastura con salsa bearnesa, papas fritas triple cocción y variedad de tomates reliquia, como también Trucha Patagónica con manteca de cítricos acompañado de ensalada de hojas amargas, palta y relish de pepinos, también esta una tremenda milanesa de peceto a caballo con huevos de campo y papas fritas triple cocción entre otras opciones. Para cerrar los postres, en ellos esta una interesante versión de la sopa inglesa, que se destaca. Luego se puede encontrar una torta de queso con arándanos en cocción lenta y un postre de la casa llamado Postrecito Los galgos de vainilla con corazón de frambuesas, entre otros. La lógica es clara: actualizar sin perder simpleza, entendiendo que la cocina es parte de una cultura en movimiento.
Las mesas son atendidas por mozas como Antonella Ríos Marza, que hacen que uno se sienta en casa. Y la toda la propuesta se puede acompañar con una buena variedad de vinos y cocteles que prepara un barman llamado Emmanuel Rivero. Para recomendar el Naranjo en Flor que lleva Hesperidina, Licor Apricot y jugo de limón, muy refrescante y dulce. Más allá de la comida, hay decisiones que marcan una posición. Los Galgos fue uno de los primeros bares notables en ofrecer café de calidad, anticipando una transformación en el consumo. La idea es sencilla pero contundente: el valor histórico no puede ser excusa para una mala experiencia.
La puesta en valor del bar demandó varios meses de trabajo, durante los cuales fue necesario rehacer por completo las instalaciones. Al mismo tiempo, el equipo se propuso recuperar el mobiliario original que había sido dispersado tras el cierre. Empezando por rastrear a quienes habían comprado las piezas en los remates. De a poco apareció un primer contacto y ese les permitió seguir el rastro hasta dar con el resto. Fue reconstruir el lugar pieza por pieza, volviendo a instalar elementos originales, incluso las maderas de las ventanas. La remodelación también contempló la ampliación del área de producción en el subsuelo, una decisión clave para aumentar la capacidad operativa sin alterar la estructura original del salón. En ese espacio, invisible para el público, funciona el corazón del bar: cámara frigorífica, áreas de preparación y toda la infraestructura necesaria.
A lo largo del día, desde el trato en el salón hasta los tiempos de cocina, el funcionamiento del lugar, el ritmo del bar, cambian sin perder coherencia: puede ser un café al paso, un almuerzo de trabajo o una cena sin pretensiones, pero siempre con una lógica clara; hacer bien las cosas sin sobreexplicarlas. No hay grandilocuencia ni búsqueda de impacto, sino una confianza sostenida en el producto y en el oficio. Desde su reapertura en 2015 y ya con 95 años de vida, el bar construye un equilibrio poco frecuente. Respeta su historia sin quedar detenido en ella y propone una experiencia honesta, donde el producto está en el centro. En un contexto donde muchos espacios apelan a la nostalgia como estrategia, Los Galgos elige algo más difícil: sostenerse en el presente. Para aquellos que quieran conocerlo se encuentra en la esquina de Lavalle y Callao. En su página web podrán encontrar toda la información.