Dalia Gutmann: "Todo lo que opaca tu vida brilla en el escenario"
Dalia Gutmann, pionera del stand up argentino, reflexiona sobre el humor, los cambios culturales y el aprendizaje de más de dos décadas sobre los escenarios.
Cuando Dalia Gutmann comenzó a hacer stand up en la Argentina, el género todavía era una rareza que necesitaba explicaciones. Más de veinte años después, se convirtió en una de sus principales referentes y en una de las voces que ayudaron a abrir camino para las mujeres dentro de la comedia.
Actriz, humorista y observadora aguda de la vida cotidiana, construyó una carrera basada en transformar experiencias personales en material humorístico. Desde los vínculos familiares hasta la relación con el cuerpo, su mirada siempre encontró en la risa una forma de procesar aquello que incomoda.
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En esta entrevista con MDZ, repasa la evolución del stand up, habla sobre las nuevas generaciones de comediantes, la cultura de la cancelación, los límites del humor y las lecciones que le dejaron más de dos décadas sobre los escenarios.
El nacimiento del stand up en Argentina
—Cuando arrancaste a hacer stand up, hace ya más de veinte años, ¿cuál es la diferencia más grande que sentís entre aquella época y la actualidad?
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Innovar no alcanza: el desafío de darle un rumbo al progreso
—Un montón. Primero que, vos sos muy joven, pero es un género nuevo. Empezó a instalarse en la Argentina a principios de los 2000. Cuando yo empecé, incluso había que explicar de qué se trataba, porque hasta entonces se conocían otros géneros teatrales, donde uno se ponía en personaje o hacía clown. Esto de hablar desde uno mismo, de los propios mambos y hacer comedia con eso, al principio no se entendía bien.
Por eso algunos comediantes explicaban que era un monólogo sin cuarta pared. Es un género que se instaló. Durante mucho tiempo se dijo que era una moda, pero las modas se van y esto se quedó, por suerte.
También es cierto que al principio éramos pocas mujeres, aunque también eran pocos hombres. Había ocho hombres y cuatro mujeres. Siempre fue un género donde hubo mujeres desde el comienzo, y eso está buenísimo. Por ejemplo, el rock nacional era muy masculino durante mucho tiempo. Acá no pasó eso.
Sí éramos muy pocas al principio. Después, con la revolución feminista de 2015 en la Argentina, cambiaron muchas cosas. Antes te decían: “No hagan un monólogo de mujeres, no interesa, aburre”. Había toda una lógica de estar en un terreno dominado por hombres, que te marcaban cómo se suponía que había que hacerlo.
Pero también tenía algo bueno: todo era nuevo, la vara estaba baja. No es que había figuras que la rompían. Éramos todos medio malos y no pasaba nada.
—¿Y cómo fueron esos primeros shows? ¿Cómo se te ocurrió empezar a hacer humor o incluso hacer catarsis a través del humor?
—Hay una frase del stand up que dice que “todo lo que opaca tu vida brilla en el escenario”. Esas pequeñas miserias, eso que te hace sufrir, cualquier trauma. Todos tenemos algún talón de Aquiles dando vueltas: que te dejen afuera de una salida, que tu vieja no te dé bola, los pequeños y grandes temas de la vida.
Cuando podés escribir sobre eso y reírte, es muy terapéutico. No solo porque uno procesa sus propios mambos, sino porque también el público procesa los suyos.
Yo hablo mucho del vínculo con el cuerpo que tenemos las mujeres, que es muy distinto al de los hombres porque el nuestro va cambiando permanentemente. Hay cosas que son difíciles de transmitir cuando no les pasan a ellos, y está bueno aprovechar el humor para contarlas.
Al principio hice un curso, como hacíamos todos en esa época. Nos daban ejercicios que se llamaban “las seis actitudes básicas del stand up”: yo amo, yo odio, no entiendo, es difícil, me da miedo. A partir de eso fueron saliendo los primeros monólogos.
Del humor para agradar al humor propio
—¿Sentís que algunos temas de los que hablabas hace 15 o 20 años hoy podrían generar polémica?
—Está pasando algo muy curioso. Cuando yo empecé, en 2004 o 2005, muchos comediantes remataban con “¡eh, puto!” y la gente se moría de risa. Después llegó un momento en que nadie se reía de eso. Y ahora tengo la sensación de que cierto humor volvió a estar habilitado.
También hay una sociedad y un gobierno que habilitan determinadas cosas. Pero sí, en ciertos contextos hay materiales que hoy quedan raros.
A mí me pasó que, como el stand up era un terreno de hombres y yo quería que me aceptaran y les gustara, hacía humor que hoy me da mucha vergüenza. Ponía a las mujeres en el lugar de las hinchapelotas. Creo que buscaba aprobación masculina.
Después me fui liberando y empecé a hablar desde un lugar más empoderado sobre el mundo de las mujeres. Pero sí, muchos materiales me dan vergüenza. Y eso también es interesante para reflexionar, porque funcionaban: la gente se moría de risa y hoy me incomoda haber hecho humor con ciertas cosas.
TikTok, redes sociales y nuevas formas de hacer comedia
—¿Qué diferencias encontrás entre los humoristas que surgieron del stand up y los que aparecen hoy desde TikTok o Instagram?
—Los que somos de la vieja escuela reescribíamos mucho. Nos sentábamos, escribíamos y memorizábamos. Igual no soy de pensar que antes era mejor, para nada.
Antes, para promocionar nuestros shows, teníamos que ir hasta una redacción, pagar un aviso o repartir volantes en la calle. Hoy las redes son el nuevo volanteo.
Y me siento una señora de 104 años diciendo esto, pero las redes están buenísimas. Las celebro. Hay muchísimo talento.
Cuando yo era chica había cuatro canales. Si no te contrataban esos cuatro canales, se terminaba tu destino artístico. Hoy cualquier persona creativa puede asociarse con un buen editor o aprender a editar y encontrar maneras de vivir de su arte. Eso me parece espectacular.
Lo que sí veo es que muchos chicos que hacen humor ahora interactúan mucho con el público. Hay gente joven a la que le encanta participar y sentirse parte del show. Yo no hago ese tipo de humor porque no me sale y no va conmigo, pero me parece fantástico que existan distintas formas de hacer comedia.
Hay algunos humoristas que trabajan muy al límite, pero al final el público tiene la última palabra. Si el público va, eso va a seguir creciendo.
—¿Hay una renovación del humor, del público o de ambas cosas?
—Somos todos parte de lo mismo. Además, este género tiene una particularidad: los comediantes nos parecemos mucho más al público que a una figura inalcanzable.
Al standapero lo sacás de la platea y lo subís al escenario. No hay tanta diferencia como con una gran estrella o una diva. Es un género de antidivos.
Obviamente puede existir una diva que haga humor, porque puede pasar cualquier cosa, pero en general los comediantes nos parecemos más a la vecina del tercero A que a una gran celebridad.
¿Se puede hacer humor con todo?
—¿Se puede hacer humor con absolutamente todo?
—A esta altura te digo que sí, aunque fui respondiendo distintas cosas a lo largo de los años. Ayer mismo se me ocurrió un chiste que solo diría entre amigos de confianza. No lo diría arriba de un escenario ni en una entrevista.
Creo que uno puede hacer humor con todo, pero no en cualquier lado.
Nunca sabés quién está del otro lado ni cómo le puede pegar lo que decís. A mí me gustan los humoristas que se la juegan, los que van con todo. Pero yo, que además necesito que me quieran, tengo chistes que solo hago entre amigos.
—¿Te preocupa más que un chiste ofenda a alguien o que no haga reír?
—Hay que separar varias cosas. Está la gente que se ofende muy fácil, que la descarto. Están los haters, cuyo único objetivo es bajarle el precio al que se expone. Con ellos trato de no engancharme.
—¿No respondés comentarios en redes?
—No. No respondo puteadas. Si alguien me dice algo concreto, escucho. Pero si me dicen “eh, pelotuda”, para mí no existen.
A mí lo que más me importa en la vida es que la gente se ría. Eso es riesgoso, porque a veces podés hacer cosas que no están buenas.
Yo sé que soy buena persona. Me conozco desde que nací. Entonces, si ofendo a alguien, es sin querer. El otro no tiene por qué saberlo, claro.
Pero si me parece un buen chiste y estoy de acuerdo con lo que digo, me la banco. Si hago un chiste sobre alguien y a quienes lo admiran no les gusta, bueno, me hago cargo.
Igual tampoco soy una persona muy odiadora. No odio mucho. Pero si pienso algo genuinamente, me banco que se ofendan. Ahora, lo que más me importa es que se rían.
—¿Creés que los comediantes se autocensuran más hoy?
—Hay de todo. Está quien se autocensura y está quien disfruta provocar. A mí no me gusta provocar. No estoy buscando ser picante.
Pero hay comediantes que hacen humor justamente para que la gente se enoje.
Existe una frase muy famosa con la que no estoy para nada de acuerdo: “Que hablen mal, pero que hablen”. Yo no. Si van a hablar mal, prefiero que no hablen de mí.
Pero hay gente que cree profundamente en esa idea y la respeto. Entonces hacen un chiste para generar rechazo.
También está el tema del clip para redes. Hay personas que necesitan que se sienta algo por ellas. No les importa si es amor u odio. A mí sí: yo quiero que sientan amor. Soy así de débil.
El oficio de hacer reír
—¿Qué aprendiste en todos estos años haciendo humor?
—Aprendí muchísimas cosas. Pero si tengo que sintetizarlo, diría que aprendí a ir con todo.
No hay categorías. Si voy a actuar para 30 personas, lo hago igual que si fueran 3.000.
No pienso: “Esto es importante y esto es un trámite”. Para mí todo es importante.
Y creo que es un buen consejo para quien está empezando. Mucha gente cree que va a demostrar lo que vale cuando llegue una gran oportunidad. Yo creo que la oportunidad es todos los días, aunque sea en un medio pequeño o en uno enorme.
Tomarme muy en serio cada oportunidad fue algo que me ayudó muchísimo en mi carrera.
—¿Qué le dirías hoy a aquella Dalia que se subió por primera vez a un escenario en 2004 o 2005?
—Le diría algo que sigo haciendo: seguir, seguir y seguir.
Como en la vida misma, va a haber días buenísimos, días horribles, días en los que te vas a sentir un desastre y otros en los que vas a estar agrandada.
Pero cuando te gusta mucho algo, es muy importante alentarte a vos misma. Eso le diría.
Y también le diría que venga la gente al teatro. Porque esta profesión tiene algo tremendo: dependemos de que la gente saque una entrada para ir a vernos.
A mí me gustaría trabajar de esto hasta el último día de mi vida, así que dependo mucho de ustedes.
—Ahora te vas a Mendoza. Contanos qué se viene.
—El sábado 13 de junio voy a estar en el Teatro Selectro, un teatro al que me gusta mucho ir cuando voy a Mendoza. En realidad, me gusta mucho Mendoza en general.
Y en Buenos Aires voy a hacer un ciclo de dos meses con el show que estoy haciendo ahora, que se llama No me calmo nada, los jueves de junio y julio en el Teatro Astros.
Todas las fechas están en mi página web. Ahí también van a encontrar las del resto del año.
Ojalá todos quieran venir. Es un espectáculo muy multigeneracional. Está bueno que vengan las chicas con sus madres o con sus abuelas.
Hay algo muy hermoso que me pasa cuando alguien me dice: “Me encantó porque vi reír a mi mamá”. El vínculo con la madre es un temón para la comedia, pero me encanta escuchar eso.
El comentario que le confirmó que iba por el camino correcto
—¿Cuál fue el comentario más lindo que recibiste de alguien del público?
—Justamente ese. Cuando alguien me cuenta que llevó a su abuela o a su mamá y que le hizo feliz verla reír.
Me parece un gesto de amor hermoso cuando una nieta le regala una entrada a su abuela o cuando alguien lleva a su mamá por su cumpleaños o por el Día de la Madre.
Mi humor tiene mucho de terapéutico. Las mujeres tenemos muchos mambos que los hombres probablemente nunca van a entender porque tenemos un vínculo muy inestable con nosotras mismas.
Entonces, cuando alguien me dice: “Qué bien me hizo venir”, o “Me voy aceptándome más”, para mí ya está. Ahí siento que llegué.
—Muchísimas gracias.
—A vos.