Cuando los libros dicen más de lo que parece
De Garmus a Lowen: libros que cruzan feminismo, interioridad y cuerpo para cuestionar la hiperactividad y el éxito que vacía. Incorporar la buena literatura.
Al terminar de leer un libro siento que, el modo en que estamos viviendo nos está pasando la cuenta.
Archivo MDZSiempre he creído que los libros nos salen al encuentro cuando estamos listos para escuchar lo que traen. En la literatura se revela lo humano en toda su complejidad. Y como en este hemisferio hemos estado de vacaciones el último mes, tuve el raro privilegio de leer con calma y dejar que distintas voces dialogaran entre sí hasta formar un mensaje común.
El primer libro que cayó en mis manos fue Lecciones de química, de Bonnie Garmus. Narra la historia de Elizabeth Zott, una científica brillante en los años sesenta que desafía el machismo de su época. A través de un programa de cocina, convierte ese espacio aparentemente doméstico en una lección de ciencia, autonomía y dignidad femenina. Al leerlo me sentí profundamente agradecida de ser mujer en este tiempo y en mi realidad concreta. Hay algo reparador en ver cómo el talento femenino, históricamente relegado, encuentra su lugar. El genio de tantas mujeres se ha abierto paso a costa del dolor de generaciones enteras; por eso renunciar hoy, por comodidad o miedo, sería una forma de deshonrar ese camino.
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El libro Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, de Byung-Chul Han, me interpeló desde otro ángulo. El filósofo sostiene que la sociedad actual nos sumerge en la hiperactividad, en una avalancha constante de información y en un consumismo frenético que nos desconecta de lo esencial. Leyéndolo entendí mejor por qué tantas personas viven una sensación de vacío: saturadas de estímulos, sin silencio, sin espacio interior. Y sin interioridad, lo humano se empobrece; lo trascendente se vuelve imperceptible y lo cotidiano, asfixiante.
Los libros salen a nuestro encuentro
Aunque lo tenía hace años en mi repisa, nunca había logrado que me tocara el alma Mujeres que corren con lobos, de Clarissa Pinkola Estés. Su recorrido por mitos y relatos universales revela la naturaleza salvaje y profunda de la mujer, esa fuerza vital que muchas veces silenciamos para encajar. Tal vez la edad y los procesos vividos me permitieron ahora reconocerme en sus páginas. Sincrónicamente, su mensaje dialogaba con el de Han: sin silencio no hay alma. La atención, la escucha y la fidelidad a la voz interior se vuelven camino de realización.
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El último texto llegó casi como un regalo inesperado: La traición al cuerpo, de Alexander Lowen. Desde el análisis bioenergético muestra cómo las experiencias emocionales de la primera infancia pueden desconectarnos de nuestras necesidades corporales y marcar nuestra vida adulta. El cuerpo no es solo un vehículo funcional; es memoria, historia y lenguaje. Escucharlo, respirarlo, habitarlo conscientemente abre posibilidades reales de integración y sanación.
Al terminar estas lecturas sentí que todas, desde lugares muy distintos, apuntaban a lo mismo: el modo en que estamos viviendo nos está pasando la cuenta. Hemos naturalizado un ritmo que nos fragmenta, un éxito que nos vacía y una productividad que nos aleja de lo que realmente somos. El camino de retorno pasa por la conciencia, el silencio, la atención y una mirada amorosa y menos utilitaria hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia el mundo.
Quizás la literatura siga cumpliendo esa función silenciosa y poderosa
Recordarnos quiénes somos cuando dejamos de correr. Saber que somos muchos los que estamos buscando ese regreso a lo esencial, desde distintas trincheras y sensibilidades, me devuelve la esperanza.