Cuando la pelota también juega por la dignidad: la utopía de un Lionel Messi comprometido
Una ficción cuestiona la indiferencia de las grandes estrellas del fútbol frente a las injusticias y abre un debate sobre su influencia.
Messi no se erigió como líder en el sentido tradicional.
Archivo.Sabía que lo que estaba sintiendo era casi un anacronismo. Se trataba de una cuestión de otras épocas, tiempos en que el romanticismo era sincero. O era parte del “deber ser”. Algo más costumbrista. De uno u otro modo, daba igual, estaba esa “IDEA” merodeando.
Lionel Messi, el astro del futbol mundial, empezaba a decidirse a patear el tablero. A mover la ventana de un asunto aceptado y menospreciado, a uno inaceptable. Lo que no sabía y nunca va a saber, es de dónde vino esa nueva vocación. O quizás esa postura hacia ese tipo de cuestiones siempre estuvo, sólo que ahora, por H o por B, debía hacerla pública. ¿Para qué? ¿Quién o qué lo empujó a echar la pelota a rodar sobre un tema tan áspero? Eso sí, en un nuevo campo: lejos del verde césped. Desconocido para él. Porque la conversación pública es campo minado. Para cualquiera. Y Messi tampoco tenía conciencia que iba a dejar de ser un genio del futbol, amado por la mayoría, para ser también una figura tanto comprometida como cuestionada. ¿Estaba dispuesto a eso? ¿Era esta una causa justa que precisaba de una voz legítima y globalmente aceptada, aunque desconocida? Quien sabe…Lo que sí sabía era que no había vuelta atrás y que la historia lo iba a juzgar distinto. De aquí en adelante iba a animarse a ser quien siempre quiso: iba a alzar la voz. Y esa aparente comodidad o indiferencia por causas justas (?) no iba a gobernar más su día a día.
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La escena se cuela en la historia como una pregunta que el astro decidió no ignorar: ¿qué significa que el seleccionado de la República de Irán llegue agotado a cada partido, sin un centro de entrenamiento digno, en inferioridad de condiciones, mientras el mundo regodea en goles y contratos? La típica complicidad entre colegas se tornó en un tipo de complicidad acusatoria. El vestíbulo estaba lleno de voces que no alzaban la voz, de miradas que no miran. Messi escucha, no con el deseo de ser visto como líder, sino con la claridad de quien sabe que el fútbol, con ellos como protagonistas, puede ser (como ha sido) un idioma para sostener a alguien cuando el aire falta. Su silencio previo, cómodo como el silencio de una sala de prensa cuando la gloria tapa la verdad, se deshilacha en este instante: “La dignidad no es negociable: si esto continua propongo que nos unamos y que no continuemos con el mundial”. Estaba hecho. La bomba estaba por explotar.
La tensión comenzaba a hacerse carne. En la sombra, Haaland mantenía un silencio que parecía un muro de contención; Yamal irrumpió con la chispa de quien sabe que el fútbol es también una escuela de derechos; Mbappé, con la paciencia de quien ha visto demasiado, soltó una verdad desnuda: la trascendencia que vale no es solo anotar, sino sostener principios cuando todos miran para otro lado. Pero había un común denominador: ni ninguno de los tres habían escuchado jamás a alguien comprometido con algo que no sea su metro cuadrado o su realidad de corto plazo. Messi lo estaba haciendo mientras armaba su coalición: estaba conformando el eje de la resistencia. No ser ni cómplices ni indiferentes eran las banderas que levantaban. Ancelotti, con la mirada de un estratega, medía cada gesto como si toda decisión fuera una jugada maestra que podría cambiar la historia. Había temor. Ser considerados terroristas por el gobierno de la primera potencia mundial no es poca cosa. Pero, aquí estamos hablando de legitimidad, ¿no es así?
Apareció entonces un misterio
Una puerta entreabierta en un pasillo de servicio que olía a prensa y a incertidumbre. Tras esa puerta, una sala desnuda, un espejo de lo que podría ser una conspiración sin héroes visibles: maletas que no cierran, relojes que adelantan minutos sin permiso, una nota que cambia de color ante la sombra de la lámpara. Nadie dio la voz a quien podría guiar la jugada; todos se miraron entre sí, midiendo el costo de moverse. El tablero reveló una madeja de intereses, una runfla digna de la cultura del pedal: federaciones que temían perder poder, anunciantes que no querían perder cuota de pantalla, gobiernos que entendían el deporte como un tablero para sus mensajes. Y. sin embargo, alguien debía hablar.
La conversación clandestina llegó en forma de un coro cambiante. Ronaldo, Cucurella y Neuer aparecieron como figuras que no encajaban en el guion clásico: no eran villanos ni héroes, eran más bien señales de la complejidad en la que el deporte se debatía entre espectáculo y responsabilidad. “Si la pregunta es cómo mantener el espectáculo sin renunciar a la dignidad, la respuesta no está en la sala de prensa, sino en la gente que sostiene la tele y la taquilla”, señalaron, dejando caer un peso intangible sobre la mesa. Un periodista acercó un micrófono a Cristiano, quien con su displicencia característica soltó: “¿será que justo ahora que ya tiene su copa del mundo Messi quiere dedicarse a temas de justicia social?” y sigue, “¿para qué busca enemistarse con todo el mundo y empañar la fiesta?” Eran golpes bajos que una pretensión clara: oídos sordos al reclamo y que cada federación negociase lo que pueda y quiera. Parecía haber otra discusión de fondo: el eje de la resistencia bajo el slogan “nadie se salva sólo”, el eje de la continuidad bajo el mantra “sálvese quien pueda”.
En la trastienda, lo que antes parecía aceptado empieza a ser discutible; lo discutible se negocia; y lo negociable se vuelve inevitable si la voz de la conciencia no se apaga. La frontera entre lo que se considera aceptable y lo que no es tolerable desplaza. No hay cánticos de victoria, hay un acuerdo tácito de que la injusticia no puede quedarse quieta cuando la gente que empuja el balón al césped llega cansada, hambrienta de un descanso que nadie les da. Messi, vestido con su nuevo traje, escribió en X un mensaje que nadie quería leer en voz alta: no es una proclama política; es una pregunta que exige respuesta: ¿qué significa competir si la dignidad de quien juega está en jaque?
La historia se llenó de voces que ya no pueden ignorar la realidad. En el eje de los activistas, mientras Haaland sostuvo la bandera del correctismo político asociado a la equidad; Yamal ofreció una mirada que denuncia incluso la complicidad de todos en tiempos de genocidio, testimonio compartido por Mbappé. Ancelotti tradujo esa promesa en una estrategia que podría hacerse posible dentro y fuera del campo. Messi no se erigió como líder en el sentido tradicional. Era, más bien, el catalizador influyente y creíble de una conversación que apuntaba a un cambio real.
La historia también muestra zonas grises
Ronaldo, Cucurella y Neuer, los statuoquistas, cada uno desde su brújula moral, encararon una obstinación que no tuvo más remedio que declinar por la presión social. Messi pudo mover la ventana de lo aceptable a lo inaceptable. La pausa del mundial no nace de la derrota, sino de la necesidad de reimaginar un pacto social alrededor del deporte. La decisión de suspender, entonces, no fue un fin, sino un acto de apertura: una oportunidad para cuestionar, para repensar y para volver a jugar, si era justo hacerlo, con reglas que protejan a todos. Nada de todo esto ocurrió. El relato, utópico por cierto, choca con el ensordecedor silencio de los protagonistas e interpela a deportistas, políticos, turistas y televidentes. Lo concreto es que la pelota se manchó de injusticias ya no deportivas, sino humanas. ¿Cómo es posible que los protagonistas no alcen la voz? ¿Acaso no son colegas? En la era del ensimismamiento, la indiferencia hacia el otro es un patrón que agobia. Es la muerte del prójimo. La siguiente pregunta es: ¿debe seguir rodando la pelota? Y vos: ¿de qué lado estás?
* Víctor Mc Ambers.