Crónica de una remontada épica: de la angustia al festejo por la clasificación de Argentina
El partido de Argentina con Egipto se vivió de manera dramática. Así lo sufrieron y disfrutaron los mendocinos.
Calle Arístides Villanueva, pleno centro recreativo de Mendoza. Todo pintado de celeste y blanco. Todo listo para ver Argentina - Egipto, un partido de fútbol que sería épico por el desarrollo, histórico por el resultado e inolvidable para todos.
El himno se hace sentir entre los presentes, en la mesa del bar. Hay humo de bengalas y mucha ansiedad. En la previa, también hay predicciones de los hinchas que soñaban una victoria: “Para mí va a estar más fácil, más tranquilo que la otra vez”. No duró mucho esa ilusión.
Idas y vueltas en la cancha. Miradas atentas y nervios en el bar. El relator grita el primer gol del partido antes de los veinte minutos del inicio- Egipto le gana 1-0 a Argentina y nadie entiende nada. “Nacido para sufrir”, comenta uno de los hinchas, una frase que atraviesa la historia del fútbol argentino y que se hace presente entre los hinchas que desde Mendoza siguen el partido. Nadie baja los brazos. Al instante, las voces se alzan para alentar a la Selección, porque si hay una sola cosa de la que los argentinos no somos capaces es dejar de creer.
Penal para Argentina y las cosas comienzan a ponerse en su lugar. Pero ocurre lo inesperado: penal errado de Messi. Con cada jugada de peligro de la Scaloneta la gente se levanta del asiento, se desvive en insultos que salen del pecho y se agarra la cabeza. Atajadas, goles errados y final del primer tiempo.
El segundo gol contra la Scaloneta quiso apagar la chispa. “No puede ser”, fue lo único que se escuchó decir sobre algunas lágrimas derramadas en un 2 a 0 que volvía desprolija la pintura celeste y blanca sobre los rostros y que trajo el silencio que opacó la expectativa que había hasta ese momento.
Cuando todo parecía perdido, con un centro de Messi, el Cuti Romero trajo el primer alivio para los argentinos con un cabezazo que hizo explotar a la hinchada en gritos, abrazos y banderas flameando. A miles de kilómetros de distancia, todos empujan. Faltan solo diez minutos para terminar el partido. La Selección se levanta una vez más, a la par de todos los presentes en la cancha, en casa, en la Arístides, entre amigos y desconocidos que se encuentran para vivirlo juntos. Intensidad renovada que contagia.
Entonces, remontada histórica. Messi mete un golazo tras una jugada que mantuvo a todos al borde del asiento. Un agónico 2-0 se convierte en un empate que reavivó el ambiente de la previa. “Para ser campeón, hoy hay que ganar”, se escuchaba en la calle. Las manos se alzaron en el aire al ritmo del canto y los rostros se volvieron a iluminar.
El equipo albiceleste juega el tiempo de descuento. “Dale, Toro, dale Toro”, se escucha al relator. Lautaro Martínez se adelanta y mete un centro para Enzo que da vuelta un partido agónico. La gente se alza en una ovación a todo pulmón. Un grupo de amigos se agarra de los hombros y, eufórico, se grita el festejo en la cara. Mientras, un pibe se persigna y se cubre la cara enrojecida para secarse las lágrimas. Desde la calle, la multitud se mueve de un lado a otro, al canto de “el que no salta es un inglés”. Pasó el milagro. Ocurrió lo impensado. Argentina sigue en el mundial.




