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Confesiones de invierno en medio del mundial

En Argentina, quienes han pretendido abstraerse del campeonato mundial de fútbol , si acaso lo lograron, ya no podrán.

Borges y Maradona en otro mundial. Imagen creada con I.A. Grok

Borges y Maradona en otro mundial. Imagen creada con I.A. Grok

Mientras abundan las especulaciones sobre el futuro de la Argentina y demasiados siguen discutiendo conceptos vencidos de izquierdas y derechas, la Selección en el mundial, tanto los diestros como los zurdos, capturan todas las miradas y las emociones. Para evitar el uso del concepto suerte, prefiero decir que, quienes han tenido la oportunidad de recorrer la geografía argentina de sur a norte y viceversa, aunque no lo confiesen, lo saben.

Una nación en el Mundial

Resulta imposible sintetizar a la República Argentina como una sola nación, excepto acudamos a "el mundial". Y aquellos que quieran escindirse del fenómeno, no lo lograrán.

Las guerras fratricidas, los terremotos, las disidencias culturales, los desprecios étnicos, las batallas políticas no son patrimonio sui géneris de Argentina, pero que las hay -tanto como las brujas- las hubo y las hay. El único momento en el que todas las diferencias confluyen sobre un mismo tema es, precisamente, en el Mundial. Claro, con una abrumadora mayoría que sólo admite como fin de esta historia, ganar.

Decir "mundial" en Argentina nos exime de explicar que se trata del campeonato de fútbol profesional masculino de mayores, en el que compiten selecciones de los países afiliados a la FIFA. Bah, qué tanta explicación, el único y lo único mundial que acontece en el concierto de la Argentina es este, en el que Kempes, Maradona y Messi son portadores inequívocos de la camiseta con el número estrella del sistema decimal. Y sobre sus espaldas deben exhibir los dos símbolos numéricos del universo actual, cada vez más binario: uno y cero.

Una locura

Con razón habrá quien juzgue este concepto como una locura, pero solamente el mundial logra consagrar una identidad que contempla las muchas peculiaridades y excepciones reunidas en nuestro país. Cada cuatro años, desde hace al menos 40, las banderas se multiplican y flamean con los insoportables vientos de la Patagonia y se destiñen frente al impiadoso sol del norte argentino. Danzan a pesar de la asfixiante humedad litoraleña y se agitan en la quietud desértica, al pie de la Cordillera. No es el 25 de mayo, el 9 de julio, tampoco el 20 de junio ni el 17 de agosto, es cuando la Selección vence a su adversario ocasional.

Singularidades

Que congéneres diversos puedan condensar ideas y consensuar propósitos idénticos exige condiciones de igualdad que Argentina no tiene. Y no las posee por su vastedad geográfica, su riqueza artística, su heterogeneidad étnica. Es más que difícil, casi imposible. Las demandas de alguien que vive en Ushuaia, donde las noches de invierno superan las 17 horas continuas son inevitablemente diferentes a las de los wichis y los tobas en el Gran Chaco con temperaturas de 46° a la sombra. Tampoco el diseño político de hoy se esmera para morigerar las diferencias y compensar con acciones humanas lo que la naturaleza niega. Esas brechas, según podemos observar en los festejos en varias ciudades, se achican, como en la famosa canción "Fiesta" de Serrat por un instante todos participan, algunos más alegres, otros más reflexivos, pero ni los agoreros quedan afuera

Del bar al VAR, esto ya no es fútbol, pero hacé el gol ¡por Dios!

Del encuentro litúrgico de los sábados a estos partidos jugados en México, Canadá y Estados Unidos, no queda nada. Mientras con amigos trampeamos hasta en la cantidad de goles y somos celosos en cada lateral inexistente, este campeonato mundial se transformó en un shopping tecnológico. Cada jugador tiene un gemelo idéntico (digital). La pelota tiene un dispositivo que detecta hasta la temperatura del aire. Hay más cámaras y artefactos visuales, satélites y mediciones que en el Millenium Day.

Un espectáculo con tantas garantías de precisión que antes de gritar un gol estamos tentados en llamar a nuestro abogado. Sólo la devoción que destaca a la hinchada argentina, los disturbios en París, los desatinos de personajes insufribles como Feinmann y las burlas a las que se somete a los que van quedando en el camino, ofrecen algo parecido a lo que entendemos como "fútbol"; fulbito; pelota.

Indiferentes

Todo el pretendido desdén y la displicencia autoimpuesta se agotaron. El próximo miércoles, no habrá lexotanil ni clonazepan suficientes para impedir la tensión. Es fútbol, y esa esfera es muy parecida al Planeta. Ni los terraplanistas podrán evitar la emoción. Es fútbol, ese entretenimiento que concita la atención de más de cuatro mil millones de aficionados. Sí, esa disciplina regida por la FIFA, que cuenta con 211 Estados, o sea, la ONG que supera a Naciones Unidas en cantidad de países afiliados. Un juego que se ha mercantilizado hasta el hartazgo pero también, sigue siendo la práctica universal más popular.

Una semi con sabor a final mundial

El miércoles se volverán a medir las selecciones de Argentina y de Inglaterra. Habrán transcurrido 40 años y 23 días del mejor gol de la historia de los mundiales. Catorce mil seiscientos veintitrés días de "la mano de Dios". Dos fenómenos que, aunque se presuma de ateo futbolístico incurable, nadie ignora. Obtener una victoria no deparará ni recuperar las Malvinas ni resucitar a nuestros Héroes; tampoco se puede cargar al plantel de la Selección con una obligación de ese calibre, pero convergen tantos elementos que erradicar esa ambición será inútil.

Confieso mi estupidez

Así como Maradona y Messi han errado penales, Borges marró uno en instancias definitorias. El anglófilo y según las buenas y las malas lenguas, el mejor escritor que ha parido este suelo (a pesar de él mismo) dejó algunas sentencias que desnudan su otra ceguera. Decía Borges que le resultaba extraño que no se criticara a Inglaterra por el peor de sus pecados: el fútbol. Deporte innoble, agresivo, desagradable. El fútbol, según Borges, fue uno de los mayores crímenes cometidos por Inglaterra -no quisiera estar en la piel de familiares y amigos de alguno de las 323 víctimas del ARA General Belgrano-

Para completar sus categóricas sentencias, dijo el prócer de la literatura fantástica y de la otra: "El fútbol es popular porque la estupidez es popular" Todo un concepto. Bien podríamos invertir los términos: el fútbol es etúpido porque es popular ¿puede haber una lectura más política que esa?. No. Pero sí pueden (podemos) los estúpidos tomar revancha. Esta vez, a 40 años de la muerte del autor de "La Muerte y la Brújula" (admítaseme la redundancia) y a 40 años de la canonización hereje de Maradona, como cada vez que juega la Selección, demostrarle a Jorge Luis Borges que estaba equivocado, que nos une el amor y no el espanto.