Canción de amor a 'The Big Bang Theory”

Canción de amor a 'The Big Bang Theory”

Por última vez, con Eliseo nos sentamos frente al televisor para ver una comedia que ha atravesado nuestra última docena de años. Y, claro, lloramos con el adiós y nos dimos un abrazo, como corresponde a caballeros agradecidos. 

A ver: es lunes, entonces, no pidan tanto; apenas, nos descolgaremos de la hamaca con una improbable epistemología de los recuerdos.

Uno anda como puede por la vida, mientras sueña lo que quiere y el transcurso del tiempo -que no es otra cosa que traslado de un sitio a otro- nos va activando la memoria, que es olvidadiza, y apenas nos deja un puñado de recuerdos.

Los segundos y las horas, los años y las décadas, se marchan rápido, como escupida de trompetista y, por eso, aquello que recordamos es una construcción intencionada de algunos momentos vividos.

Nos empecinamos en juntar recuerdos, es verdad, pero el olvido es la única ley.

Dicen que Borges dijo: “Todos caminamos hacia el anonimato, sólo que los mediocres llegan un poco antes”. No sé, puede que la frase le pertenezca y puede que sostenga razón, porque -como también escribió- “la meta es el olvido” y los recuerdos no son más que piadosos malabares entre vómitos en la cubierta del Titanic.

¿Qué recordaremos? Una breve selección bien premeditada de nuestro soso paso por los días; una colección que guardará mayor sentido de lo auténtico, en tanto, más vano sea el recuerdo recobrado. En esos vestigios sin mayor trascendencia, posiblemente se luzca aquello de genuino que tuvimos y en los grandes recuerdos, posiblemente no debamos ver más que un intento de resguardarnos de la muerte, ese olvido a rajatablas.

Vamos a un ejemplo legítimo e inocente, antes de que se me olvide.

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Anoche, terminó “The Big Bang Theory”, una divertida sitcom que marcó parte de mi pulso y de mi humor, durante doce años, nada menos.

No se trata ni se tratará, en sí misma y en apariencia, de un gran recuerdo de mi vida, sin embargo, anoche, el momento fue conmovedor y, lo confieso, entrañable. Y les revelaré por qué.

“The Big Bang Theory” fue el primer producto cultural sostenido y elevado que compartí en un todo con mi hijo Eliseo: el niño que se empezaba a hacer hombre, encontró espacio de encuentro allí, con este hombre que se empezaba a hacer niño.

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Resulta que, cuando nos separamos con su madre, hace poco más de 8 años, nos fuimos a vivir a casa de un amigo -mi compadre, mi hermano, Diego Carbonell- quien nos acogió en su hogar, hasta que levantáramos cabeza y pudiéramos alquilar algo, cuestión que nos llevó un año. Pues, entonces, comenzó esa complicidad con mi hijo, eso de sentarnos a disfrutar “nuestra” serie en televisión y reírnos juntos. 

Por supuesto, grabamos todas las temporadas y, en ocasiones, nos veíamos varios capítulos juntos: carcajeándonos con los graciosos nerds y alabando las bondades a la vista de Penny, ya saben esas cosas que suelen hacer los padres con los hijos. Y así fueron pasando los años. 

Anoche, por última vez, nos sentamos frente al tevé con Eliseo, quien ya tiene quince. Él no quería tener que despedirse de esos adorables personajes y yo tampoco, aunque, tal vez, no queríamos despedirnos de esas ceremonias nuestras en torno a “The Big Bang Theory”.

Fue una hora mágica, que transitamos abrazados, uno de esos momentos en los que sabés que la vida está latiendo y que los recuerdos hallarán pastos tiernos para mantenerse erectos.

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Lloramos al final, como corresponde, nos dimos un abrazo, como corresponde, en los finales y dejé salir una frase estúpida, como corresponde: “Cuando se cierra una puerta, se abren otras catorce”.

Quién sabe qué decidirá hacer la memoria con ese momento conmovedor entre nosotros. Qué se convertirá recuerdo y qué, en olvido, es justamente un dilema que, por ahora, resulta cegado por el poder de la despedida. Por eso mismo, lo escribo en el agua de los días. 

Ulises Naranjo.

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