Aquí están: católicos mendocinos que embellecen el mundo

Sábado en Iglesia de San Nicolás, en la Peatonal, la Virgen María acaricia la espalda de Jesús. El muchacho toma un mate amargo, junta valor y cuenta cómo fue pasar veinte años en cana. Más de uno de nosotros bajará la cabeza y dejará caer una lágrima y el distinto se sentirá entre iguales y el mundo, por un instante, será un lugar digno de ser vivido. 

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La Virgen María y Jesús, en la Peatonal de Mendoza.

Ulises Naranjo

No pretenden estas palabras cambiar el mundo, porque el mundo cambia todo el tiempo. Apenas vienen al caso, porque son portadoras de un asombro que debiera -en realidad- ser obviedad: la constancia de la maravilla que supone -en algunos pocos casos- la encarnación de eso que llaman fe.

No debiera, además, ser particularmente sorprendente, pero, ya ven: estamos tan cagados de onda los humanos de este mundo, que es preferible que no aparezcan otros mundos, porque nuestro sino constitutivo es contagioso, estúpido, absurdo hasta el bochorno y muy contagioso. Cambiemos de ángulo.

El cristianismo -que, en el mundo, pareciera incluir a más iglesias que a cristianos- jamás ha dado posibilidad a dobles lecturas respecto de ciertas cuestiones -éticas, al menos, dogmáticas, al fin y al cabo- que han sido olímpicamente gambeteadas por los cristianos, que saben hacerse los zonzos, cuando de compromisos o de ropa sucia se trata. 

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En modo especial, consideremos la posesión de bienes: ningún cristiano que se preciare de tal debería poseer más de dos túnicas o, actualizando la idea, más de dos mudas de ropa; ponele, tres o cuatro. Y ahí paramos: todo lo demás no vendría a ser cristiano; sin embargo, ahí lo tenés a los opulentos con los roperos, las heladeras, los garages y las cuentas bancarias bien nutridas: se visten bien los domingos, desayunan como reyes, suben a sus estupendos vehículos y marchan a misa a expiar pecados, mientras, a su alrededor, muchedumbres de zombies marrones abren las bocas como peces que agonizan y nada, ellos siguen su rumbo, porque la fe les ha garantizado una eternidad en un paraíso con vista al mar y daikiri de frutilla. 

Tal vez, esta permisividad con las conductas sea lo que ha permitido al cristianismo sostener su fe, sus templos, sus riquezas, sus sarasas discursivas y esa verticalidad que no se quiebra ni ante, por ejemplo, los miles y miles de casos de violaciones de niñas y niños. Tal vez el secreto de la eternidad no sea otro que la tolerancia excesiva: una exageración apañada por otra. 

A ver, disculpen. La intención de esta crónica -precisamente- es hablar bien de algunos cristianos, una irrisoria minoría, pero contundente. Volvamos, entonces, a cambiar el ángulo, si es que acaso saben perdonar a este pecador consuetudinario sus excesos e imprecisiones.

El sábado pasado, a la tarde, el otoño mendocino se lucía precioso hasta el descaro y lo último que un huevón como yo quería hacer era meterse en una iglesia. Encima, jugaba la Lepra su posible acceso a la final por el ascenso. Sin embargo, tenía un compromiso: había arreglado con Lorena Maure -una hermosa chica que se tomó en serio su religión- ver el documental sobre la vida en las cárceles de Mendoza -“No llegués hasta acá”, se llama- y luego debatir con un grupo de católicos sencillos y comprometidos socialmente, que están formándose para ser parte de la Pastoral Carcelaria: o sea, cristianos parecidos a Cristo. 

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Sabrán ustedes que la Pastoral en los penales está integrada por gente de distintos credos y que van regularmente a compartir su fe con los condenados. Y, como se trata de gente responsable, el asunto no empieza ni termina en la Biblia: va a hacer compañía, a construir compañerismo con los distintos, a demostrarles, como pueden, que en el mundo hay algo más que cabrones como ellos.

Yo no creo en Dios, hace unos treinta años dejé de creer en entidades antropomórficas omnipotentes, omniscientes y omnipresentes: es más me parece francamente absurdo, casi cobarde, convencerse de que algo semejante pudiera tener vida y pretender negocias con nosotros. Me asumí como ateo y fue una de las decisiones más saludables de mi vida. No tengo deidad alguna a la que pedir nada y, menos aún, espero nada de alguna. Abandoné a los dioses porque, en realidad, creo en demasiadas cosas bellas que tengo a mano, como, por ejemplo, la posibilidad de reconocer al distinto como un igual y la seguridad de que es posible levantar altas torres con los diferentes, para relojear el porvenir y repasar la memoria. 

Por eso, el sábado pasado fui a San Nicolás, en la Peatonal, ese templo católicos adonde van los chetos adolescentes a hacer su confirmación, mientras toman clases de ukelele (bueno, dicen que hay otros templos chetos: las viejas cogotudas van a Jesuitas, los caretas de la Quinta van a Corazón de María, los chetos que se casan tienen que hacerlo en la Señora del Perpetuo Socorro, en Chacras de Coria, y también están los chetos del Bombal que van a San Agustín, qué sé yo). 

Oh, disculpen otra vez, volví a irme del tema.

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Estaba contando que hay católicos muy copados: los de la Pastoral Carcelaria. A ellos no les importa que yo no crea en Dios. Tampoco le importaba a mi querido e inolvidable amigo, el cura Jorge Contreras, con quien trabajamos muchos años en las cárceles, junto a otro incrédulo hermano, el Pablo Flores: creamos allí, junto a presas y presos, 37 obras teatrales y hasta, alguna vez, hicimos actuar al cura, ese santo padre de los desposeídos, ese cura parecido a un Cristo, ese hombre que, para mí, fue un dios.  

Una vez, a mediados de los ‘90, hicimos una obra para fin de año en la rotonda central de Boulogne Sur Mer: había unos 500 presos sueltos, rodeando a ministros, jueces, legisladores y a 14 de las 18 candidatas a Reina Nacional de la Vendimia. Y fue una fiesta hermosa y ninguno de los 500 presos, ni uno solito, osó decir algo fuera de lugar a las muchachas, que al principio temblaban como pajaritos y, al final, se fueron sonriendo, ovacionadas.

De estas cosas, luego de ver el documental, charlamos con los aspirantes a la Pastoral Penitenciaria. Hay jóvenes y hay viejos, son todos muy entusiastas, disfrutan del buen humor, manifiestan sus ansias de conocer cómo son las prisiones y, además, son todas personas humildes. Ninguno de ellos parece vivir una gran vida en términos económicos. Sin embargo, brillan sus ojos, como si tuvieran un tesoro en el pecho. Y es que lo tienen: su fe, su Dios, su Iglesia, sus hermanos, también los distintos. 

Hay una religiosa también, joven, atenta, activa: va y viene llevando mates amargos a la gente y una sonrisa por vez y, cada tanto, se sienta y, con su mano, acaricia la espalda de Jesús, que está a su lado, recién bajado de su cruz: lo acaricia como si fuera su madre, como si lo protegiera: lo está haciendo, de hecho. Podríamos, entonces, creer que se llama María, aunque se llame Eliana. Elegimos creer, esta vez, que la virginal muchacha se llama María. 

De pronto, brotará el milagro: Jesús -sí, decidimos llamarle Jesús- se pondrá de pie y, valiente, íntegro, modesto, delante de la audiencia, y contará parte de lo suyo: estuvo preso durante 20 años y el primer gran dolor, fue quitar deliberadamente de su tarjeta de visitas a sus hijos, porque el asunto venía para largo y no quería que crecieran yendo una vez por semana o dos a una cárcel. Renunció a ellos por amor y todavía le duele y, ahora, en libertad, busca el modo de cerrar semejantes heridas, pero no habrá caso, compadre: no se puede suturar con espinas.

Jesús.

En la cárcel, Jesús se puso a estudiar y terminó la secundaria, luego, se especializó en electricidad y en la industria textil y aprendió a jugar al ajedrez y comenzó a recorrer pabellones, para enseñar a los pibes a jugar ese entramado de misterios con torres, caballos, obreros y majestades. Además, conoció a Dios y se entregó a él como se entrega al amor una gitana virgen. 

Ahora, fuera de los muros, alquiló una piecita y pidió un préstamo y se compró dos máquinas de coser y trata de salir adelante: “Aprendí a pedir ayuda”, dirá Jesús, en algún momento, y más de uno de nosotros bajará la cabeza y dejará caer una lágrima y el distinto se sentirá entre iguales y el mundo, por un instante, será un lugar digno de ser vivido. 

Atardece y camino hacia mi auto como no queriendo llegar nunca. La Lepra perdió y ni me calienta; estoy acostumbrado. Todo aquello en lo que creía se ha fortalecido gracias a mis distintos: un puñado de católicos que son iguales a Jesús, al Jorge y también a mí. En la radio, alguien menciona el asunto ese de la grieta y yo me convenzo que la única grieta real es la que divide a los que tienen demasiado de aquellos que tienen poco o no tienen nada, en bolsillos y corazones. Amén.

Ulises Naranjo

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