La maravilla de la música clásica sonando en las prisiones

Dos conciertos de Música Clásica por los Caminos del Vino se concretaron en las cárceles Unidad Tres de Mujeres y Boulogne Sur Mer. Aquí, te contamos un poco de lo que se oyó intramuros en un penal de mujeres y, en otro, de hombres.

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Fachada del penal Boulogne Sur Mer.

Ulises Naranjo

Es Semana Santa y, tal vez, por cuestiones de blancas ausencias y duros encierros, estos son los días de mayor recogimiento en el año en las cárceles de Mendoza. Las fiestas de fin de año -Navidad y Año Nuevo- son, más bien, jodidas: hace calores de la hostia en los calabozos y los patios y los presos tienen ganas de estar tomando sidra y cerveza con sus familias y, como no pueden, se frustran y putean bajito y transpiran mucho; en cambio, en Semana Santa, hay un silencio lacerante en los pabellones: están más solos que nunca los condenados y cualquier escriba que constate ese recogimiento deberá no caer en la tentación de trabar relaciones con la Pasión de un tal Jesucristo, si no quiere ser vulgar y afecto a los lugares comunes.

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Hay dos conciertos e instrumentos y objetos extraños para un penal, que son abusados por manos ciegas, en requisas minuciosas: flautas traversas, trombón, corno, partituras, atriles y platillos, soportan sin melodías. Hay también músicos clásicos, quienes, como odian los deportes, aman vestir de negro (sí, es una generalización, pero qué importa, las definiciones, las leyes y las promesas de amor también lo son), pero, ahora, bueno, los músicos "cultos" tienen tatuajes, como antes sólo tenían los marineros, las putas y los presos.

Trabajar en cárceles y en diarios, sabrán ustedes, me da esta ocasión de matar dos pájaros con una sola cínica pedrada: organizar conciertos y escribir sobre lo hermoso que salió todo; por eso, no deben tomarme mayormente en serio, porque soy arte y parte. Así las cosas, dejaremos que los laureles, debidamente, se los lleven los artistas, los complacidos internos, los atentos guardiacárceles y las autoridades de la Secretaría de Cultura y la Dirección General del Servicio Penitenciario, pues todos ellos lo hicieron posible.

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Estamso ahora en la cárcel de mujeres: hermoso sol lasherino, señoras con mates, niños, uñas despintadas y cigarrillos. Suena una cumbia, por supuesto, pero es llamada a callarse, porque, bajo esta mañana imposible, serán flautas traversas las que delineen los dolores: cuatro chicas venezolanas (Irais Mariana Martínez, Sabrina Sala, María Laura Jiménez y Mirley Sánchez), formadas en el estupendo Sistema Nacional de Coros y Orquestas Juveniles e Infantiles de ese país, dejarán un concierto lleno de anécdotas y bonitas páginas de tipos como Georg Fiedrich Händel, Claude Debussy, Johann Strauss, Eugène Bozza, el venezolano Nicolás Real y el argentino Astor Piazzolla.

El concierto en El Borbollón.

Debo dar cuenta de que allí, entre flautas, a un costado, una madre enseña a sus hijos a hacer los más ricos churros amasados a manos que en este fucking planeta puedan existir. Algún día, cuando esté triste, recordaré a esa mujer oficiando de madre a pesar de todo y a esos niños, compartiendo, a pesar de todo, lo poco que tienen conmigo.

Al día siguiente, cárcel de hombres y de algunas valientes chicas trans: Boulogne Sur Mer, se llama y fue construida en 1906 para alojar hasta 600 personas, mucho más que toda la población penitenciaria de entonces: hoy hay alrededor de 1500 en la famosa Casa de Piedra.

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La mañana es hermosa como los hijos, los cuadernos, las palomas o los horarios de visita. El patio de la cárcel, estilo castrense, claro, es muy cuidado y las sillas, han sido vestidas con telas blancas, como niñas en Comunión. 

El escenario, está frente a la capilla, aquella en la que el cura Jorge Contreras, mi querido e inolvidable amigo, volvía divina por el sólo hecho de pisarla y tornaba devoto al más pintado de los ateos, sólo por mirarlo mirar a sus hermanos y por ver las miradas que sus ovejas le devolvían. Cuánta falta nos hace el Jorge. 

El grupo Brasstor prepara sus cosas. Son ellos Leandro Riolobo, Leonardo Altavilla, Franco Prósperi, Abel Manzotti y David Tchrikishvili. Con presos y autoridades ya aposentados, harán lo suyo: interpretar a Astor Piazzolla, con páginas como “Triunfal”, “Bandó”, “Libertango”, “Tango apasionado”, “A fuego lento”, el siempre conmovedor “Fuga y misterio”, “Oblivion” y “Zita”.

El concierto en Boulogne Sur Mer.

El concierto fue un éxito y los músicos, ante los aplausos, hasta un bis debieron dejar para, luego, sí, recibir el agradecimiento de decenas de presos que, en algunos casos, jamás habían oído al tal Piazzolla.

En fin, eso fue todo. Después, bueno, después todos y cada uno retornamos a lo de siempre, aunque probablemente, quién te dice, el mundo es ahora un sitio mejor, luego de esos conciertos.

Ulises Naranjo

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